sábado, 16 de enero de 2010

Una promesa y poco más

Estas crónicas están dedicadas a la memoria de mi padre, el doctor Jairo Muñoz Escobar, muerto el 14 de julio de 2009. Quiero creer que su afición por los toros corre por mis venas y que, de ser así, él continúa viviendo en mis palabras.

Es increíble. Con esto del calentamiento global, fruto de la depredación humana de la naturaleza, Bogotá lleva meses siendo una ciudad de clima caliente, sofocante, con cielos azules sin una sola nube y con temperaturas que llegan a los 25°C. Tanto es así que en diciembre pasado los cerros del Parque Nacional ardieron por cerca de una semana.

Aunque no sea afecto al sol ni al calor, esperaba que el sábado 16 de enero de 2010, al comenzar la temporada taurina en Bogotá con una novillada, continuara la regularidad climática nunca antes vista en la ciudad. Pero no. Resulta que esta mañana es como las de la Bogotá de antes: el cielo plomizo, un viento entre refrescante y frío, en fin, el augurio de lluvia en horas de la tarde. Es increíble.

Mi padre me llevaba poco a las novilladas, pues él no iba casi nunca (salvo cuando se desempeñó como médico de la plaza, por allá en los años 70 del siglo XX). Era de esos aficionados que las consideraba festejos de segunda categoría, casi provincianos, y de seguro prefería invertir el tiempo en asuntos menos arrebatados de lo que suelen ser estos eventos taurinos.

Recuerdo una de esas tardes de novillada en la que acompañé a mi padre a la plaza —debía tener yo unos ocho o diez años—. Toreaban ya no sé quiénes, con novillos de vaya usted a saber cuál ganadería. La tarde, bogotanísima: cielo gris, frío y el amago de lluvia; la plaza, deprimente: los sonidos que hacían eco en los tendidos íngrimos; la fiesta, al punto de la torpeza: trapazos, embarullamientos, carreritas para esconderse en el burladero, y el torete tras ellas, casi sin ganas de cornear, sólo para asustar.

En alguna de aquellas “faenas”, el novillo se encontró de pronto con el muslo derecho del torpe aprendiz de matador, a la salida de lo que quería ser un derechazo. Ahora veo de nuevo el pitón entrando por la taleguilla de color tabaco —porque desde el callejón la fiesta brava es como una película en tercera dimensión— y también al torete levantando la cabeza y en ella, como un adorno desmadejado, la pierna y el cuerpo entero del novillerito. No había terminado de caer a la arena el herido y ya alguien se levantaba en el palco de médicos. Era yo que, con mis un metro y cuarenta centímetros de estatura parados en el bloque de concreto que hace las veces de asiento en el palco, señalaba el ruedo donde los capotes de unos peones distraían al novillo y otros levantaban el cuerpo herido, mientras miraba a mi padre y le decía, gritando: “¿Sí ve? ¿Sí ve? ¡Por eso es que no quiero ser torero!”. Después ya no vi más, ni a mi padre, ni al ruedo: a él, porque se perdió en la oscuridad de la enfermería; al otro, porque yo estaba llorando.

Por lo que se vio esta tarde, puede decirse que, en estos 30 y algo de años transcurridos, las cosas sólo han cambiado en lo ornamental: novilleros pulcramente trajeados, con trastos poco usados, media plaza en los tendidos y ese ambiente de festejo serio (aunque, conforme el licor fue circulando por las venas con el correr de la tarde, se oyó una que otra guarrada pueblerina en los tendidos). Pero la esencia sigue siendo idéntica, es decir, la irregularidad: tantas ganas e ilusión como equivocaciones y sustos, algo de desorden y un atisbo de calidad que, la verdad sea dicha, hoy fue menos brizna de talento y más brote de promesa de lo que puede llegar a ser una figura del toreo.

La irregularidad comenzó en el paseíllo. Salieron cuatro novilleros al ruedo y no tres, pues se le daba la oportunidad al niño payanés Guillermo Valencia, de apenas 13 años. Así que serían siete novillos y no seis. Luego, al momento de “El gato montés”, otra sorpresa: el caballo del segundo alguacilillo se encabrita, lo saca de la silla botándolo a la arena con muy poca estética y acto seguido se echa él, víctima de un repentino ataque de nerviosismo o quizás de rigidez muscular.

Torearon Juan Camilo Alzate, David Martínez, el español Paco Chaves y el antes mencionado Guillermo Valencia. Los novillos de Armerías, bien presentados, distraídos y mansos en general. Por la mansedumbre, casi todas las faenas se desarrollaron en las tablas lo que, sumado a la falta de experiencia de los novilleros, aumentaba el peligro.

Juan Camilo Alzate, de luto y oro, salió vivo de su primero porque parece ser que Dios existe. “Desgreñado” (No. 153, de 433 Kg.), un negro cornidelantero, galopaba abanto por el ruedo. Luego de una brega dubitativa y de una vara mínima, se fue a las tablas para siempre. Allí, el novillero se jugó la vida a cada pase hasta que el torete lo entableró y estuvo a punto de estampillarlo entre los burladeros 1 y 2. Alzate se volvió entonces bravucón y ansioso, pues todo fue confusión al entrar a matar. Dos pinchazos soltando, una estocada entera y caída, cuatro descabellos y dos avisos.

Con “Elocuente”, (No. 151, de 432 Kg.), asomó la calidad. Dos verónicas decorosas anunciaron una faena que se desarrolló en tablas, con un buen inicio de cambiados por la espalda. El novillo se repetía, aunque le faltaba transmisión y fuerza. A la segunda tanda de muletazos, el torete se rajó y se fue a la querencia. Allí estuvo a punto de prender al novillero por la pantorrilla. Alzate se recuperó y realizó una faena de voluntad y pundonor, en la que se destaca un redondo invertido. Mató en la suerte contraria, con tres cuartos de estocada en buen sitio. Recibió una oreja.

David Martínez, de azul noche y oro, se fue con lo peor de la Santamaría, tanto por el encierro como por el público. A su primero, “Flamenquito” (No. 191, de 435 Kg.), le dio tres verónicas y una media bastante aceptables. El novillo peleó decentemente en varas, pero pronto demostró una embestida incierta, sobre todo por el pitón derecho. Al segundo pase de la primera tanda de derechazos, “Flamenquito” enganchó el muslo derecho de Martínez, destrozándole la taleguilla y zarandeándolo por los aires. Cuando se reinició la faena, fue evidente que el novillo había aprendido dónde estaba el cuerpo del novillero, y se dedicó a cazarlo. En la tercera tanda, luego de intentar torear por naturales, se va el negro listón y traicionero tras el cuerpo del torero, quien evidenció su falta de experiencia. Martínez parecía asustado, pues entró a matar como en el matadero, con una estocada delantera y caída, casi pescuecera. El público lo juzgó con latigazos de pitos, rechiflas y algunas burlas.

Su segundo, “Tejón” (No. 162, de 434 Kg.), hizo una salida alegre, y Martínez le dio tres verónicas muy lentas. Luego de una vara trasera y contraria, corregida para un puyazo mínimo, el torete se fue a las tablas y de allí nunca salió, pese a los intentos del novillero. Un pinchazo soltando y luego tres cuartos de espada, trasera y contraria, fueron suficientes para terminar su actuación, después de escuchar un aviso de la presidencia y el silencio ensordecedor del público.

El español Paco Chaves (de celeste y oro) se llevó el lote liviano del encierro. Su primero, “Varrero” (No. 169, de 394 Kg.), se fue abanto luego de dos doblones buenos y otras dos verónicas sueltas, en las que metió muy bien la cara. Chaves le regaló al público algo de buenas maneras y luego la emoción de las banderillas, tercio en el que vale destacar el tercer par al quiebro. En la muleta, el novillo se rajó de inmediato, defendiéndose y berreando constantemente. La voluntad y las ganas del español se suman a un derechazo y a un pase de pecho que mostraron ideas. Tras pinchar soltando, mató de estocada entera, trasera y ligeramente caída.

“Ropa Nueva” (No. 152, de 386 Kg.) fue su segundo, al que le dio dos verónicas a pies juntos que valieron la pena. El novillo se arrancó de lejos al caballo y el picador lo recibió a la distancia, lo cual causó que la garrocha se arqueara y despidiera al caballero con enorme aparato. Tras el accidente, Chaves solicitó el cambio de tercio, pero lo más inusual fue que la presidencia lo concedió, siendo que el novillo solamente tenía rasgado el cuero. Y entonces parece que Chaves se dio cuenta de que había que ser histriónico, bullanguero. El consabido tercio de banderillas para alegrar la plaza y una faena arrebatada de la que se destacan los doblones del inicio, que apuntaron mando, y tres naturales decorosos. Lo demás, florituras para los tendidos, con falta de temple y de hondura. Mató con una estocada entera y trasera, tras un pinchazo.

El frío del viento de las 6:30 p.m., sumado a las irregularidades antes relatadas, presionaban a los aficionados para que se fueran a su casa, en pos de un chocolate caliente. Pocos lo hicieron, pero los demás nos quedamos y acertamos. Guillermo Valencia recibió a “Farolero” (No. 167, de 337 Kg.), un eral castaño y bocinero, gacho y cornicorto, con cuatro verónicas mandonas, cargando la suerte. ¡Qué suerte que el novillo se repetía con nobleza y también qué suerte que este niño lo entendía con mando y seguridad! Valencia se fue al centro y embebió a “Farolero” en cuatro chicuelinas con porte y personalidad. Inició la faena con dos estatuarios en el tercio, cerca del burladero de matadores, para luego llevarse al novillo a los medios con cuatro derechazos de calidad. El público encontró en el ruedo el calor que le faltaba en los tendidos, pues era evidente para todos que estábamos ante una promesa del arte del toreo, enfundado en blanco y oro. En la tercera tanda el novillo se rajó, pero Valencia demostró criterio, pues le dio los terrenos al novillo y desarrolló el resto de la faena allí, con elegancia y pausa. Mató con una estocada entera y en buen sitio, tras dos pinchazos soltando y otro hondo. El público pidió la oreja, la presidencia la concedió, literalmente, y yo salí de la plaza pensando que hay que venir a las novilladas, pues siempre es grato sorprenderse por el arte que brota, promesero, en un círculo de arena.

16 de enero de 2010



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