miércoles, 20 de enero de 2010

El toro, primero y siempre


“Tu atención debe estar, primero y siempre, en el toro: en su estampa (que se llama trapío); en su comportamiento y sus acciones (que se llaman bravura, casta, nobleza, y otros nombres más, según el caso); en su transformación durante la lidia (o sea, simplemente, el cambio). Sólo entonces debes distribuir tu atención entre el toro y lo que hacen los toreros frente a él, con él y para él.”

A los diez o doce años, era muy difícil practicar esta enseñanza de mi padre. En aquellos años eran más llamativas las acciones de los toreros, sobre todo porque mi interés de niño enamorado de la fiesta estaba puesto exclusivamente en figuras tan disímiles como fascinantes: Santiago Martín “El Viti” y Sebastián “Palomo” Linares, líderes indiscutibles de mi escalafón infantil; Pedro Gutiérrez Moya “El Niño de La Capea” y Francisco Rivera “Paquirri”; Pepe Cáceres, Jaime González “El Puno”, Jorge Herrera y Enrique Calvo “El Cali”, por mencionar a los que primero vienen a la memoria, pues a ellos tuve ocasión de verlos de cerca, dentro y fuera de la plaza.

Paradójicamente, a los toros les prestaba atención sólo cuando estaban muertos. Salíamos con mi padre por la puerta de matadores y yo me quedaba atónito viendo a los toros exánimes colgando de aquellos gigantescos ganchos, con sus ojos vidriosos y su lengua de lija saliendo por la boca, con sus heridas de Cristo aún manando insospechadas cantidades de sangre.

Incluso ahora, a mis cuarenta y tantos años, privilegiar al toro durante la fiesta es una tarea que requiere de esfuerzo y concentración. Son tan variados y atractivos los otros participantes que muchas veces llaman, literalmente, tu atención y te apartan del toro: los alguacilillos con sus caballos de doma y sus trajes negros y blancos, aterciopelados; esa música salerosa de la banda; el olor del tabaco, del vino, del peligro, juntándose en el aire; el ajetreo de mozos de espadas y apoderados, yendo de allá para acá por el callejón interminable; las panzas de los picadores, su pantalón metálico (la calzona), sus estribos sonoros, su garrocha infinita, su sombrero (el castoreño); la humilde labor de monosabios y areneros; la brega de los peones con los capotes descoloridos de trajín; el quehacer atlético de los banderilleros, el arpón y el papelillo de sus instrumentos de trabajo; las coletas de los matadores, sus monteras sólidas, sus capotes de paseo, sus trajes refulgentes, sus gestos femíneo-varoniles, sus medias rosa, sus zapatillas de ballet; y los espectadores: sus atuendos de ocasión, sus comportamientos de “entendidos”, sus claveles, botas y pañuelos, pero también sus compañías femeninas, algunas dignas de la más enconada envidia.

No obstante, la tarde del domingo 17 de enero de 2010 me resultó muy fácil aplicar la enseñanza de mi padre. Ese día, era imposible no ver primero los toros y los toros siempre. Torearon los colombianos Cristóbal Pardo (de aguamarina y oro), “Ramsés” (de palo de rosa y azabache) y Manuel Libardo (de azul celeste y oro). Basta con esta mención de los hombres, pues la esencia estuvo en el toro, como siempre, pero esta vez fue evidente para todos. Era imposible no verlos. (Ver video con lo mejor de la tarde)

Los toros de la ganadería de Santa Bárbara fueron literalmente objeto de culto, merecidísimo, entre las 3:30 y las 6:30 de esa tarde maravillosa. El primero fue “Cañejato” (No. 606), de un pelaje indescriptible que los entendidos en esto llaman jabonero sucio, carbonero o barroso. Sus 513 Kg. de peso pusieron a temblar a la Santamaría, pese a que su salida no fue boyante. Su lámina era todo, tanto así que es la primera vez que oigo los aplausos espontáneos de una plaza al momento de salir un toro. Es, simplemente, la admiración ante la belleza incomparable de un animal que habrá de ser sacrificado en fiesta pública.

Adicionalmente, la plaza se engalanaba con una tarde de sol alucinante, por lo excepcional. No ese brillo hiriente del sol paramuno o sabanero, agotador en las mejillas pero sobre todo en los ojos. Era un sol bondadoso y tierno, cuya luz consentía la arena entre los burladeros 2 y 3, mientras iluminaba el pelaje del animal y esa estatua marmórea de su conjunto proyectada en sombra en los terrenos de adentro, cerca a tablas. Un momento para prenderlo en el ojal del corazón de la memoria.

En este caso, sin embargo, se puede apelar al dicho que reza que “Tanta belleza no puede ser verdad”. La belleza de “Cañejato” era más que cierta; pero su verdad —esto es, su bravura— no apareció nunca. Cristóbal Pardo le arrancó dos verónicas cotidianas al carácter abanto del animal, que luego salió dos veces del caballo de picar, dando brincos y coces justo después de recibir la puya. Y, como era distraído, se fue después al caballo de Cayetano Romero, que guardaba la puerta, con una fuerza mansa pero tan impetuosa que fue capaz de sacarlo de la cabalgadura. Luego de un muy buen par de “El Turquito” Nader, el toro aguantó dos doblones serios y se fue a la querencia. Pardo le arrancó de los pitones dos derechazos y un pase de pecho, pues “Cañejato” era hermoso pero nunca quiso pelear. Con una estocada entera y ligeramente caída, tras un pinchazo sin soltar, vimos morir a este ángel caído allí donde mueren los timoratos: en la boca de toriles.

“Afanoso” (No. 634) era un animal de color castaño oscuro, que los doctos denominan requema’o, además de meano y lucero. Armado de pitones, además negros, desplazaba sus imponentes 539 Kg. de peso ante una plaza reticente a un toro con tanto peso, pues casi nunca tienen juego, menos aún a 2,600 metros de altura. A su lado, la complexión de “Ramsés” era una pajilla al viento, una cosa de nada, un puñado de arena. Y allí radica el mérito de este joven matador bogotano, que apenas tuvo siete oportunidades de torear en serio el año pasado. Sin perturbarse ante la presencia de un toro en la plaza, “Ramsés” le dio tres verónicas a un “Afanoso” que no se afanaba para embestir, pero que cuando se arrancaba era todo suavidad.

Entonces, fue la poesía encarnada en el tercio de varas. William Torres recibió el embate del toro, que bajó la cabeza para recibir el castigo y lo aceptó con bravura, encrespando la cola al viento, y todo esto con la luz del sol que caía sobre el conjunto pugnaz del trío animal —cada uno en lo suyo, cabalmente—, como una luz focal que ilumina un acto estelar. Y ya era suficiente. Pero además vimos a “Afanoso” ahora sí afanando a los banderilleros en el segundo tercio, del que cabe mencionar dos muy solemnes pares de Curro Valencia.

En la muleta, el toro fue fijo y serio. Se arrancó al galope y “Ramsés” no se amilanó. Le dio una tanda de derechazos ligados, más por mérito de la fijeza del toro, que por la técnica del matador, y tres naturales lentos y profundos. Los remates de las tandas, sin embargo, resultaron algo deslucidos. Sobre todo por el pitón derecho, el comportamiento del toro fue excepcional. “Ramsés” cerró la faena con inteligencia: cuatro manoletinas, un molinete y un pase de pecho hondo como el océano. Su admirable contrincante murió pronto, como debe ser, tras una estocada entera y ligeramente caída. “Ramsés” recibió una oreja, merecida, y “Afanoso” una vuelta al ruedo, merecidísima, una ovación de pie de los asistentes a la Santamaría y un clavel en la panza que le decía “Gracias”.

El No. 608, “Quita Soles”, fue el tercero de la corrida. Negro y cornidelantero, se presentó con 446 Kg. , lo que a algunos espectadores les pareció desconcertante, por ínfimo (teniendo en cuenta a sus predecesores). Libardo le dio una verónica y otra media que valen el renglón, a un toro que humillaba subterráneamente, y que además se repetía. Y “Quita Soles” fue dos veces a varas con decisión, la primera de ellas llevándose por delante a caballo y a jinete. Recibió bien las puyas, pero se salió pronto de ellas. Luego de un buen par, el tercero, de Ricardo Santana, vimos a un toro fijo ante una muleta vacilante; a un toro decidido ante una muleta ingenua.

“Quita Soles” se dio cuenta de que era mucho más que su compañero de lidia y se tornó corto al embestir. Libardo se asustó, más aún cuando la plaza se percató de su indecisión y protestó con ganas. Sin más recursos, fue por los trastos de matar; pinchó sin soltar, mientras la plaza se iba de frente contra él. A la segunda entrada recibió un cabezazo contundente en el pecho que lo mandó a la arena, a donde el toro fue a quitarle la vida, apalancándolo con los pitones en la rodilla derecha. Tras el susto, el matador escuchó el primer aviso. El nerviosismo debió de aumentar en su pecho. Entró a matar por tercera vez y otra vez encontró un pinchazo por respuesta. Al cuarto intento dejó una estocada delantera e insuficiente. Entonces, sonó el segundo aviso. Cojeando, maltrecho, Libardo descabelló de milagro. Durante el arrastre, y también en la faena, los tendidos gritaron “¡Toro, toro, toro!”, un tanto ofensivamente, es verdad. Pero tenían razón, pues aunque el toro no fue gran cosa, se veía artista frente a su matador.

“Media Luna” (No. 611) salió cansino al ruedo de la Santamaría con 442 Kg. de peso y dos pitones negros, bien puestos. Mi padre me enseñó que es mentira aquello de que si un toro parte plaza es porque es bravo. Me decía que los toros bravos, dada su condición de tales, hacen lo que se les da la gana. Por eso son toros y por eso son bravos.

Con dos verónicas, otras dos chicuelinas y un recorte, Cristóbal Pardo pareció decir que ponía su cuota de humildad responsable ante un toro que embestía alegre y repitiéndose. Lo llevó con clase al caballo, y allí recibió el toro una vara en buen sitio y bien ejecutada, aunque algo corta. El matador se decidió a exhibir sus dotes de banderillero y nos regaló un tercer par al violín que hay que guardar en la memoria. En el tercio definitivo Pardo dio tres derechazos de rodillas, algo escandalosos, y otros cuatro de pie, serios; todos en el centro. “¡Qué bueno!”, pensé. “Esto es una tarde de toros.”

El toro embestía pronto y bien, aunque con algunos extraños, sobre todo por el pitón derecho. Pardo lo midió por el izquierdo y el toro fue mejorando, hasta hacerse francamente bueno. Aprovechó entonces y le dio dos naturales de foto; luego, los doblones para preparar la muerte y acto seguido una estocada entera, aunque desprendida. Pedimos la oreja y se la concedieron. Y otra vez la vuelta al ruedo para el toro. Y otra vez la plaza de pie, aplaudiéndolo. Esta vez, empero, no había un clavel sino un ramo entero en la panza inmóvil del animal. Era un verso ese ramo; era un beso que decía “Gracias, mil veces, gracias”.

“Estoy satisfecho”, pensaba el espectador, aficionado o no. “Es suficiente. Me doy por bien servido”. A pesar de esta razonable reflexión, salió el quinto (No. 622). “Jinetero” era su nombre, respaldado por 521 Kg. de peso. Negro y largo, paticorto y con una cornamenta limpia y delantera, de prolongación infame, por lo hermosa. Recibió otro aplauso de admiración en su salida, que dicho sea de paso tampoco fue de esas que llaman “salidas de toro bravo”. “Ramsés” nos dejó ver dos verónicas lentas y con clase. “Jinetero” descabalgó a Ricardo Sarmiento, quien lo picó con una puya trasera, quizás sin percatarse de lo que el toro tenía en las venas: sangre brava. Esta sangre se evidenció siempre en la fijeza con la que embistió. Luego del primer par de banderillas de Jaime Devia, el toro demostró fiereza al revolverse pronto tras cada cite, aunque le faltaba emoción en la embestida. Prefirió fijarse en las zapatillas del torero, porque humillaba y era pronto. “Ramsés” le dio cuatro derechazos de mérito, aunque no lo probó por el pitón izquierdo. Lo mató de una muy buena estocada, en el sitio justo. Saludó desde el tercio.

Cerró la tarde de ensueño “Manchego” (No. 621, de 529 Kg.): negro meano, bastante serio de cuerna. Aunque mostró poco en el capote, nos deleitó con una pelea larga en varas, ante una puya ligeramente desprendida. Ojalá las palabras transmitan la emoción: el toro empuja la cabalgadura, que ejerce una fuerza equivalente, aunque contraria, mientras el picador deja caer el peso de su cuerpo en el palo de la garrocha, cuya punta se hunde con lealtad y decisión en los lomos del toro. Luego, el segundo tercio dejó de recuerdo dos pares sinceros de Hernando Franco.

En la muleta, Libardo empezó bien y terminó incierto. Una primera tanda de derechazos permite hacer el juicio; una segunda, en los medios, lo ratifica. A partir de allí fue como si se hubiera ido el torero de la plaza, pues en la tercera tanda vaciló y prefirió que hubiera casi un metro entre su cuerpo y el del toro al momento del encuentro en la suerte. En la cuarta tanda, aún peor: la muleta trompicada y la duda de novillero. El resultado fue que “Manchego” jamás entregó su embestida, jamás humilló. Mucho menos al momento de la muerte, lo que obligó a Libardo a matar con miedo, pinchando sin soltar y saliéndose de la suerte, aunque en el segundo intento metió una estocada delantera fulminante.

Salió “Manchego”, arrastrado por las mulillas engalanadas y vestidas de blanco, como monaguillos. Yo salí poco después por la puerta más cercana, y de esto me arrepiento: cuando ya estaba a punto de abandonar la Santamaría, los espectadores que llenaron media plaza esta tarde obligaron a salir al ruedo a Carlos Barbero, ganadero de Santa Bárbara, para darle un aplauso atronador. Era lo mínimo ante su excelente corrida de toros. Lo único que me consuela por el error de no quedarme al homenaje es que yo sigo aplaudiendo, con cada una de las palabras de esta nota de aprendiz.

17 a 20 de enero de 2010

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