jueves, 26 de febrero de 2009

Una tarde extraordinaria


El sol, como casi nunca en Bogotá: alto, no agresivo. En los alrededores de la plaza, la expectación por la corrida y la nostalgia del final de temporada: un encierro promesero, un gran cartel, la taquilla sin boletas. Todo indicaba que asistiríamos a una tarde extraordinaria, y la verdad es que fue así: pero extraordinaria por defecto, por extraña.

La corrida debía embestir, pues el anterior encierro de J. B. Caicedo, lidiado el 25 de enero, había sido manso y sin clase. Éste era su desquite. Confirmaba alternativa Cayetano Rivera Ordóñez, hijo de “Paquirri” y, por ahí derecho, nieto, bisnieto y tataranieto de algunos de los pilares del toreo. Su padrino era Julián López, “El Juli” quien, a sus 26 años, lleva una década siendo figura; su testigo, Luis Bolívar, aquel que se asoma como una de las grandes promesas del toreo americano.

La banda sonó desde las tres, como siempre, pero esta vez trepidaba, ya que la localidad de fila 13 era de sombra. Así que la extrañeza comenzaba por la locación: orientarse, saber dónde están los toriles, el patio de cuadrillas, el burladero de matadores, el sitio de la puya.

La incógnita de Cayetano, vestido de blanco y azabache, se despejó pronto. Con “Abogado”, de 495 K, fue desigual con el capote, ya que así era el toro, que iba bien por el pitón izquierdo, pero pronto fue a buscar las tablas. Clovis Velásquez recibió el arranque del toro con una vara trasera que trató de enmendar, pero que no logró reprimir los pitos de la afición. En las banderillas de José Rus Álvarez y “Chiricuto”, el toro mostró lo que sería su actitud: la incertidumbre al embestir. Pese a ello, Cayetano brindó al público e inició con pases por lo alto. Al segundo, por el pitón izquierdo, “Abogado” le envió un hachazo que fue como una cuenta de cobro. En el cuarto derechazo de la segunda tanda, le señaló la cornada en la pantorrilla. Rajado, manso, sin casta, el toro fue desarrollando sentido con una rapidez infinitamente superior a la inteligencia de Rivera Ordóñez para entenderlo. Luego de irse a tablas con el toro, Cayetano pinchó, soltando el estoque, y luego se volcó, dejando una estocada ligeramente trasera. El silencio a la labor del matador fue interrumpido por los pitos al toro.

En su segundo, el último de la tarde, la plaza estaba cansada de anomalías. Salió “Colombiano”, de 473 K, un negro cornipaso, bizco del pitón derecho, cuando la plaza quería irse de allí a comer algo, a descansar los ojos viendo gente o carros en la calle, ojalá algún programa sonso en la TV. La pica fue dura, seca, y luego Jaime Devia alegró al toro con dos sobrios pares de banderillas. Por alguna razón que la razón no logra comprender, Cayetano brindó a César Rincón, e inició su faena con pases por alto, el segundo de los cuales dejó un gusto poético. En la primera tanda por derecha, el toro le marcó la cornada, así que cambió de mano y toreó por ayudados con relativa solvencia. Entró a matar y pinchó soltando y cuarteando. Luego, metió una estocada trasera. Lo demás no puede relatarse, pues ya no estaba yo en la plaza.

Julián López, “El Juli”, debió llegar a su habitación del hotel y pedir una copa de jerez bien frío, a ver si así espantaba el desconcierto. Mientras desvestía su traje frambuesa y oro, debió recordar a “Valiente”, de 491 K. Debió verlo nuevamente rematando en el burladero tras salir de toriles, e inmediatamente después empezar a comportarse como en las madrugadas vemos a ciertos dipsómanos hacer lo posible por encontrar la manera de caminar en línea recta.

No tengo la más elemental de las nociones sobre medicina veterinaria, pero era evidente que el toro de “El Juli” tenía un trastorno neurológico. Sus cuartos delanteros iban hacia un lado y los traseros hacia el otro. En mis 35 años de aprendiz, jamás había visto a un toro comportarse de manera tan anómala como lamentable, sólo equivalente a la descoordinación de la embriaguez.

El castaño sobrero de 465 K que reemplazó a “Valiente” permitió ver algunos trazos de la tauromaquia del madrileño. Recibió a este bocinero ojo de perdiz con una buena tanda de verónicas en las que el toro se empleó con relativa calidad, percepción quizás desmesurada pero también comprensible tras el deplorable espectáculo de un toro enfermo en la plaza. Pronto el toro reflejó su falta de recorrido y, luego de recibir una vara de alfiler, “El Juli” hizo un sobrio quite por chicuelinas, casi todas muy ceñidas.

La faena de muleta nos regaló algunos pases de pitones a rabo, un trincherazo poderoso y un coqueto pase de la firma. Luego, un derechazo eterno (el segundo de su primera tanda); y entonces el toro decidió cambiar la embestida a la mitad del viaje, justo en el embarque del muletazo. Desde entonces, la cuestión fue desigual y algo deslucida por ambos pitones, sin duda alguna por falta de temple del matador, aunque justo es reconocer los últimos derechazos, cuando “El Juli” se echó al toro sobre los hombros, aguantándolo por siglos. Tras una estocada corta, perpendicular y tendenciosa, brindó una clase de descabello efectivo y cortó una oreja.

El segundo de su lote, “Sevillano”, de 508 K de peso, fue la excepción en la excepción: al segundo lance de capote, se comportaba como “Valiente”, aunque de forma más dramática. Tambaleaba, encogía los cuartos traseros, se derrumbaba por la arena. Llegó incluso un momento en que, al verlo, no podía evitarse la comparación con Gregorio Samsa quien, convertido en insecto, no podía ponerse en pie, pataleando lastimosa y angustiosamente en el aire. Era tan lamentable la condición del toro que fue incapaz de llegar a la boca de toriles para regresar a chiqueros tras ordenarse el cambio, y debió ser apuntillado en el ruedo. A esta altura de la tarde, el público, con razón, comenzaba a alborotarse.

El segundo sobrero, de 547 K, confirmó que para ese momento “El Juli” no quería nada más que irse para el hotel. El peso del toro galopó pegado a tablas, distraído como el peor de los estudiantes. Así, la faena de capa fue en realidad de brega. Luego de una breve vara del español Diego Ortiz y de un buen par (el segundo) de Ricardo Santana, “El Juli” mostró el poder de su brazo en la primera tanda por derecha. Después, debido quizás por el sentido que muy pronto fue desarrollando el toro, el matador perdió el temple en el engaño, mientras el toro tiraba hachazos por el pitón izquierdo. Incómodo, “El Juli” entró a matar y pinchó sin soltar; al segundo intento, perdió la muleta en el embroque; al tercero, dejó una estocada tendenciosa y perpendicular; finalmente, se despidió con un descabello contundente. La plaza se vistió de silencio para el matador y se adornó, aburrida, con los pitos al toro, desperezándose con los gritos de “Pagamos y exigimos”, acompañados por el blandir de las boletas de cara al palco de la presidencia.

Para rematar el relato de esta tarde extraordinaria, vale la brevedad al describir la faena de Luis Bolívar a su primero, “Andaluz”, de 480 K, pues el esfuerzo hecho en su segundo dejó huella sincera en la memoria. Lo destacable de Bolívar es su inteligencia ante el toro. Con “Andaluz”, desfiló con elegancia por el ruedo, mostrando su traje palo de rosa y oro, adornado con cabos negros, pues el toro desde siempre dio muestras de manso, incluso en el decoroso quite por tafalleras, tras una vara breve y desprendida de Luis Viloria, quien sin embargo nos regaló una muestra del toreo a caballo.

Dicen los entendidos que Luis Bolívar es el mejor torero de América Latina en este momento. En mi eterna condición de neófito, estoy convencido de que será una gran figura del toreo, si continúa su oficio tal como lo viene haciendo. Y para sustentar esta afirmación está lo que hizo Bolívar ante “Elocuente”, de 529 K, un toro tímido, ensimismado, lo que llaman quienes conocen de esto manso de solemnidad.

Con el capote, valga resaltar una verónica tan poderosa como las fuerzas de la naturaleza, así como la fuerte vara del picador de reserva, Cayetano Romero, tras la pica irregular de quien iba por delante (cuyo nombre no recuerdo). Sarcástico, tras el delicado inicio de faena del torero caleño, “Elocuente” se desentendió del asunto, enmudeció, y decidió conversar con las puertas de toriles, que en su desvergonzada actitud le parecieron más interesantes que la propuesta del matador. Y fue entonces cuando Luis Bolívar decidió caminar detrás de él, mirándole la penca del rabo, con el valor y el mando torero abultado en la taleguilla, para darle tres derechazos serios, luego otros cuatro solemnes, algunos naturales sueltos, y dos pases de pecho que obligaron el suspiro admirado de los espectadores atentos.

“Elocuente” murió como fue en la plaza: tardo, lento, perezoso, cobarde, aburrido. Sin embargo, en su agonía interminable, de seguro sintió la compañía de un amigo cierto, aquel que le cortó una oreja. Es un torero colombiano, espigado, cetrino y joven. Se llama Luis Bolívar, en verdad extraordinario en esta tarde extraña, lánguida clausura de la temporada 2009 en Bogotá.

22 a 26 de febrero de 2009

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