jueves, 29 de enero de 2009

Los de Juan Bernardo: ¿6 BRAVOS TOROS 6?


Mi padre es un gran aficionado a la fiesta de los toros. Desde que tengo memoria, me insistió que a la plaza van los entendidos a ver toros, a admirarlos; y, entre los actores de reparto, también se llega a apreciar la labor de los toreros. Pero, me dijo siempre con su tono seco como un trincherazo, los protagonistas son los toros.
La corrida del 25 de enero de 2009 en la Plaza de Santamaría, en Bogotá, anunciaba los toros de Juan Bernardo Caicedo. Venían precedidos de un halo religioso: éxitos clamorosos en Cali, Manizales y Armenia apenas un mes antes, tocando a la puerta de la inmortalidad efímera de las grandes tardes. Los actores de reparto eran el colombiano Pepe Manrique y dos figuras consagradas: José Antonio Morante de La Puebla y Julián López, “El Juli”.
Despertar ese domingo fue una sonrisa. La sonrisa que producen las grandes promesas poéticas. El ansia de los preparativos confirmaba que lluvia no habría aunque, por si acaso, también estaba listo el impermeable; que las boletas descansaban en el escritorio, así fueran de la fila 13; que en la bota había vino blanco frío mezclado con semi seco; que la compañía era inmejorable y, además, había sido extrañamente puntual; que la llegada a la plaza sería por la Cra. 5ª, para acceder más fácilmente al tendido de sol, lo cual evitaría el encuentro frontal con los vociferantes detractores de la fiesta que se agolpan al costado occidental de la Cra. 7ª para perder la voz gritando “¡Asesinos, asesinos!”, mientras imaginan la delicia que sería golpear, patear e incluso herir de muerte a quienes asistimos a ver los toros.
Así que esa tarde fuimos a ver los toros, pero no los vimos. Es verdad: salieron al ruedo bovinos con un promedio de 484 K. Se diría que la corrida era pareja y bien presentada, pero con la belleza incierta de las pompas de jabón, que desaparecen al instante siguiente de haber nacido. El primero de Manrique, “Valiente” (513 K), era distraído, falto de fuerza y, luego de una vara brevísima de Clovis Velásquez, se rajó con descaro al segundo pase. Además, mostró peligro en la embestida. Su segundo, “Pajarito” (452 K), un toro corniabierto con poco cuerpo, suelto al salir y de embestida incierta en el capote, recibió una vara cariñosa de Cayetano Romero, pues de mentiras era el toro. En la muleta, Manrique sintió el aviso de la cornada en su muslo izquierdo, cuando intentaba obligar a hacer al toro lo que no quería: embestir.
Vino entonces el turno de Morante de La Puebla. Su primero, “Gavilán” (509 K), permitió ver una media verónica de esas que son como un postre, pues se saborean en las comisuras de la memoria. En la vara trasera de Rafael Torres, el toro fue como a una diligencia bancaria: porque tocaba. Morante porfió con doblones y derechazos, pero mató saliéndose de la suerte, luego de media estocada. El quinto confirmó, mediante la excepción de la regla, aquello de que “no hay quinto malo”. Cierto: “Reverendo” resultó peor que malo; indeciso, tanto o más que su matador. Fue a una vara tan larga y dura como una sequía, dando muestras de pelear, y en banderillas persiguió con tranco largo. Pero al primer pase de muleta ya todo había acabado, o por lo menos así lo entendió Morante, que le dio dos o tres trapazos sin ganas, luego un mete y saca, y por último un bajonazo artero, para encender en los tendidos lo único que valió la pena de la tarde: una bronca fuerte, que hizo temblar los cimientos de la Santamaría.
Finalmente, Julián López, “El Juli”. Su primero, “Amoroso”, un toro colorado, ojo de perdiz, de 489 K, le otorgó una tanda de chicuelinas y una media verónica que alivianó el suplicio de estar sentado en los tendidos. Tras una vara delantera y otra vez breve de Anderson Murillo, “El Juli” fue sometiendo a un toro falto de transmisión mediante cites en corto, en tandas de dos o tres naturales, y otras más de derechazos lentísimos. Recibió una oreja luego del descabello que sucedió a una estocada ligeramente desprendida, antecedida por un pinchazo sin soltar. El segundo de su lote, “Chinito” (452 K), era negro, listón, corniabierto y cariavacado. Y se repitió la historia: nada en el capote; una vara buena, pero breve; en la muleta, anuncios de muerte al segundo derechazo; la mansedumbre. El pinchazo sin soltar; la estocada, saliéndose de la suerte.
Pero esta vez no hubo bronca. Ya todos estábamos aburridos.
La corrida terminó a las 5:30 de la tarde. Suficiente indicio del fracaso de los toros de Juan Bernardo Caicedo, aquel 25 de enero de 2009.
Sea como fuere, ir a la fiesta de los toros es, siempre, un alimento para el alma. Así sea un alimento insípido, inodoro, inaudible, como lo fue aquella tarde. Lo bueno fue que recordé las enseñanzas de mi padre.
El próximo domingo hay, otra vez, corrida de toros. Ya palpita el corazón.

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