viernes, 13 de febrero de 2009

La lentitud, el valor y la suerte


Es mejor ir acompañado a los toros, aunque apreciar la fiesta es un acto solitario, de concentración y de silencio. Después del hecho estético, se lo comenta a placer, escarbando en la arena pálida del recuerdo. Por eso también vale asistir solo a la plaza, ya que nunca se siente la melancolía pavorosa de la sala de cine o la amargura hiriente de un concierto sin pareja.

Pero, váyase solo o en compañía silente, casi nunca falta en el tendido aquel que cree poseer la verdad y hace cuanto puede para iluminar con su palabra estridente a los espectadores cercanos (puesto que él se arroga la condición de ser el centro del círculo). Antonio Caballero denomina “director de lidia” a este personaje vociferante y sabihondo, replicado cada veinte puestos en la plaza. Empiezo a sospechar que esta clonación de falsos eruditos es en realidad una maquinación de los detractores de la fiesta para que los aficionados se alejen de ella, por hastío.

Imagine el puesto 224 de la fila 19 del tendido de sol en la Santamaría de Bogotá. Ahora, tenga en cuenta lo antes comentado y contéstese: ¿qué probabilidades hay de tener como vecino a un “director de lidia”, a un Cossío altoparlante? De seguro, su respuesta es mal augurio: muchísimas.

A pesar del augurio, hay tardes con sorpresas que saltan, como liebres, del lugar más insospechado. Resulta que al lado suyo se sienta un ciudadano español. Cortés, de palabras escasas y tolerantes ante el criterio ajeno. Aplaude poco; cuando lo hace, sus manos son sentimiento. No puedo evitar el recuerdo de mi padre quien, sin percatarse de la inocencia sanguínea de mis 8 años, me reprendía con un latigazo verbal al sorprenderme aplaudiendo en la plaza: “Esto no es un circo. Aquí no se aplaude, se observa; y se valora en silencio lo observado”. Qué más da: entrando a los 40, soy un aprendiz que suele guardar silencio pero que, en ciertas ocasiones, se deshace en un aplauso empático ante la estética fugaz del arte del toreo.

La tarde del 8 de febrero de 2009 anunciaba los toros de Las Ventas del Espíritu Santo, ganadería de César Rincón. Fueron nobles, sí, pero casi todos sin fuerza ni bravura, y con el trapío que es posible detectar desde la empinada localidad arrebatada en la taquilla, ante el alboroto de la presencia de José Tomás. Junto a él, el cucuteño Sebastián Vargas y el alicantino José María Manzanares, a quien no había tenido la oportunidad de ver, pero sí a su padre.

El intento de relatar una tarde de toros privilegia la síntesis, pues la tauromaquia es, parafraseando a Marx, algo sólido que se desvanece en el aire. De manera pues que esta tarde se captura en tres palabras, y en ese orden: lentitud, valentía y suerte. Por eso, se alterará el orden natural de los eventos, acomodándolos al mandato jerárquico de la síntesis.

Con sus 26 años enfundados en turquesa y oro, Manzanares saludó a “Babieca”, el tercero de la tarde, un castaño alegre de 478 K, con tres verónicas suaves y subterráneas. Lo llevó por chicuelinas galleadas a una vara que fue más bien un roce de pincel. En banderillas, el toro mostró debilidad y ansias por irse a tablas. Sin embargo, Manzanares inició la faena con dos derechazos profundos, que el vecino coreó a voz en cuello con un “¡Vamos ya!”. De seguro, sus palabras llegaron a oídos del torero, pues se despachó con otros tres derechazos, interminables como el estirón de un gato. Lo demás se ha ido, pues el noble “Babieca” no era un compañero en regla para el matador. Tras un pinchazo hondo y sin soltar, ejecutó una estocada ligeramente desprendida y tendida. Recibió una oreja, mientras la memoria de la faena se proyectaba, con palpitar enamorado, a lo que sería aquello en el último de la tarde. Así que vayamos ya.

“Pegadizo”, de 440 K, salió abanto. Manzanares lo recogió con cierto esfuerzo, y a la segunda verónica el toro le respiró en la taleguilla, de tan ceñida que fue la ejecución de la suerte. En varas, ocurrió otra vez lo que está de moda: la brevedad, sinónimo de ausencia. José María brindó al público y se fue a dibujar una tanda de derechazos eternos y soberbios. Por naturales, el ensueño: la muleta desmayada olisqueando el ruedo, y el toro que se rinde de amor, pues no hubo engaño. Tras un redondo de espaldas que implicó firmeza y aguante, Manzanares fue bíblico: fulminó al toro con una estocada cuya ejecución bien habría podido separar también las aguas del mar Rojo. La presidencia no aguardó la petición del público y concedió, naturalmente, las dos orejas.

La plaza era un rumor telúrico cuando José Tomás, de lila y oro, alistó su capote para enfrentar a “Batallador”, un negro listón de 509 K. Luego de verónicas enganchadas y una revolera de augurio, Luis Viloria sangró al toro con una vara breve pero fuerte. El madrileño aguantó mucho al toro en la primera tanda de derechazos, tras cuatro estatuarios y un bello pase de la firma. El toro noblón no hizo por él, caído a su merced luego de tres derechazos, y José Tomás, que es multimillonario cada tarde que torea, se levantó para brindarnos cuatro naturales templados y serios. Con la casta apenas en el límite, el toro tardeaba y buscó de inmediato la querencia. Hasta allá fue el torero, a arriesgar su vida en derechazos unitarios y manoletinas expuestas. Cansado de jugar con la muerte, se volcó con la espada y recibió una oreja.

“Agripado”, negro mulato de 520 K, recreó la historia. Iba con las manos adelante en el capote, y al instante mostró debilidad y ganas de rajarse. Pese a esto, José Tomás brindó al público, luego de una vara seca en todo lo alto de Vicente González y un quite de cinco verónicas que fue una sola, la cuarta, por lo eterna. La faena permitió presenciar aquello que los entendidos llaman batir la muleta: el brazo firme del matador que se desgonza al caer la fuerza en la muñeca, para que el engaño sea una bailarina que detiene al toro, sin hacerlo inmóvil. “Agripado” iba mejor por el pitón derecho, pero en la cuarta tanda se apagó para siempre, justo después de que José Tomás lo aguantara una eternidad en el tercer derechazo, mientras prefiguraba su cuerpo en el ataúd. Embrujado por la muerte, el torero dejó en el ruedo dos pases de las flores y otros tantos naturales, para luego perseguir al toro hasta las tablas, dispuesto a cumplir su cita en Samarkande. Afortunadamente, no fue así. Tras un espadazo cierto, se le concedió una oreja.

En esta evocación, se empata a José Tomás ante la Parca con el traje de Sebastián Vargas, que era luto y oro. Salió abanto el primero del festejo, “Soberbio”, de 443 K, negro, listón y ensillado. Fuera de sitio, Clovis Velásquez le dio un refilonazo con la vara, y todos tan tranquilos. Qué pena: cada tarde, en Bogotá se diluye el tercio de la pica, disfrazado de piedad por el animal y de esperanza por el arte torero, cuando en realidad es la esencia de la fiesta. Si al recibir una vara en regla se derrumba el toro, que sirva de lección para el ganadero. Esto me lo enseñó mi vecino, y aquí lo consigno. Incluso para un aprendiz, es un hecho que la vara permite apreciar la bravura del toro, que es el manantial de la fiesta. Borrosa ella, lánguido el arte. Si continúa esta tendencia, se enquistará una afrenta mayor para la tauromaquia que las disquisiciones sentimentalistas de sus detractores, parapetados tras el burladero hipócrita de la defensa de la vida animal.

Cerrado el paréntesis, digamos que Vargas se esmeró en banderillas y que luego hizo una faena entrecortada, pues el toro no se repetía, además de ser flojo de los remos traseros, aunque noble al embestir. El cucuteño estoqueó en buen sitio y recibió una oreja, premio desmedido si se lo coteja con lo realizado en el ruedo.

Entonces, llegó la suerte. La fiesta de los toros gira en torno de la palabra suerte. “¡Que haya suerte, matador!”; “¡Nunca cargó la suerte!”; “¿Viste cómo se salió de la suerte?”; en fin. Salió al ruedo “Gracioso”, de 499 K, alegre y franco. De suerte, le correspondió a Vargas, quien lo recibió con una sobria tanda de capote, para llevarlo a una vara en donde el toro hizo el intento de cargar, magnificado en la pupila por el tumbo de caballo y picador. La algarabía de las banderillas del colombiano rindió sus frutos al confirmar que el toro hacía lo que sus compañeros de chiqueros no hicieron: transmitir. Tras el brindis a José Tomás (que, visto desde el reverso de la moneda, fue grosero para con José María Manzanares), Vargas reveló su inexperiencia al iniciar su faena de rodillas con un toro que, desde un principio, era el único que merecía recibir ese nombre. Al superar su aspaviento, el torero dio una tanda de derechazos templados y armoniosos, pues el toro era fijo, noble, con recorrido. Hay que abonarle a Vargas que toreara en los medios, pero digamos que el toro se lo exigía, pues llevaba sangre brava por sus venas. No tanta, valga decir, como para que desde la tercera tanda estuviera el torero más pendiente de conseguir el indulto que de lograr una faena limpia; pero sí para reconocer que en esta tarde hubo un toro en la plaza.

—En las tientas— comentó mi vecino —las vacas reciben cuatro o cinco varas. Si a la siguiente huyen, se descartan, pues no son bravas—. Y luego remató: —Hemos visto toros nobles, de procedencia Domecq. Pero no sabemos si son bravos, pues la suerte de varas, la trascendental de la fiesta, es casi inexistente.

Al terminar la corrida e intercambiar un “Mucho gusto, ha sido un placer”, la esposa de mi vecino me alcanzó para entregarme un pañuelo blanco que había sido olvidado en el tendido. “No es mío”, repliqué. “No traigo pañuelo a la plaza”. Me lo enseñó mi padre.

10 a 13 de febrero de 2009

No hay comentarios: