jueves, 28 de enero de 2010

El toreo: técnica, arte y circo


En las conversaciones sobre la fiesta brava que sostuve con mi padre durante algo más de treinta años, surgía de cuando en vez el tema del arte. Si existe el arte en el toreo, ¿dónde está?, ¿cómo puedo reconocerlo? Él respondía que, como es apenas evidente, los toros y los toreros tienen personalidad, lo cual es un rasgo compartido con otros animales y con otros oficios humanos. Así pues, no es la personalidad la que determina el arte.

Entonces, ¿en dónde está el tuétano del arte de la tauromaquia? La esencia está, me contestaba, en la conjunción armónica de esas personalidades: la del toro y la del torero, en un momento específico y en un espacio particular. Ah, comentaba yo tímidamente, como en el amor. Él ignoraba sabiamente mi comentario, para continuar diciendo que hay un elemento adicional, determinante, como en todo arte: el criterio de quien lo aprecia. Es el ojo del espectador, su juicio (una de sus palabras favoritas), lo que permite afirmar que la labor conjunta de toro y torero es una técnica profesional, una expresión artística oficiosa o simplemente un acto circense, al límite de la farsa. Además, no lo olvidemos: en ese momento y en ese espacio, los dos protagonistas se están jugando, literalmente, la vida.

Pues bien, con estas conversaciones en mente fui a la Santamaría este domingo a ver los toros de los herederos de Ernesto Gutiérrez y la confirmación de alternativa de Juan Solanilla, que asistió vestido con un traje que los doctos llaman espuma de mar y oro. (Ver video de lo mejor de las faenas de la tarde.) Su compañero de ceremonia fue “Aristócrata” (No. 450, de 475 Kg), un negro corniveleto y cariavacado. Por su porte, parecía todo menos aristócrata: feo de lámina y pálido en su transmisión al inicio de la faena. Solanilla le dio dos verónicas buenas antes del minúsculo tercio de varas, en el que Cayetano Romero corrigió un primer intento defectuoso. El quite por navarras del bogotano fue plástico y armónico. En banderillas se destacaron dos pares sobrios de Jaime Devia, mientras el toro acusaba debilidad en sus cuartos delanteros y una distracción preocupante que lo obligaba más a fijarse en uno de los alternantes que en lo que estaban proponiéndole en el ruedo.

En esta ocasión solemne, Solanilla no podía hacer menos que brindar a su mentor, el ganadero Carlos Barbero, quien nos regaló ese ensueño de encierro del domingo pasado. Poco después, en la muleta, “Aristócrata” se fue arriba y peleó en los medios. Lo más interesante fue que Solanilla lo acompañó en la empresa. Inició la faena con dos estatuarios de mérito y, omitiendo una tanda de derechazos trompicados, supo plantar el pie y ahormar la figura para presentar una tercera tanda en la que vale destacar tres derechazos compuestos y un sobrio pase de pecho. Solanilla demostraba una técnica aprendida, por tanto entrenamiento, ante un toro que se iba acoplando al son que le planteaban. Lo preparó para la muerte con dos molinetes y un cambio de mano con tintes de doctor. Entró a matar y dejó un pinchazo trasero, sin soltar. Al segundo intento metió un espadazo entero que atravesó al toro. Y aquí vino el público que, decididamente generoso, paternalista, lo obligó a saludar desde el tercio.

En su segundo, el último de la tarde (“Joropo”, No. 474, de 524 Kg), el joven matador bogotano pagó la novatada. El negro cornidelantero salió galopando con brío y Solanilla le dio una verónica aceptable. Lo demás fue deslucido, pues el toro desgarró el capote en el segundo lance y aquello de ver los faldones blancos del cuerpo del capote, saliendo como un tripaje de muñeco, resultaba francamente antiestético. Quizás entonces vino el nerviosismo, pues llevó a “Joropo” con torpeza al caballo, donde recibió una vara aceptable y en la que peleó con decoro. Hizo luego un quite por chicuelinas bajas que, por lo poco frecuentes, alegraron la vista. Pero lo mejor, sin duda, vino en el tercio de banderillas, específicamente en el tercer par. Andrés Herrera, vestido de blanco y azabache, ejecutó la suerte en forma impecable: citando al toro de lejos, fue a su encuentro en la raya del tercio y, al momento del embroque, le puso la panza al filo de los pitones para clavar mientras tanto los palos en lo alto del morrillo, suspendido en el aire. Precioso.

Con la muleta, el bogotano fue un cuerpo bien ubicado pero con los brazos encogidos, encalambrados. El toro era noble y tenía cierta emoción, sin ser boyante. La primera tanda por derecha estuvo decente, aunque a partir de allí, Solanilla encogió el brazo siempre, dejando al toro a la mitad del recorrido. La plaza lo trató con dulzura exagerada, incluso cuando se amarró al costillar de “Joropo” para darle un redondo de trampa. Por la izquierda, aquello fue tan insípido que aburre el solo hecho de pensar en describirlo.

Cuando el toro fue a los tercios, cansado de tanto trapazo y revelando algo de falta de casta, Solanilla insistió con derechazos pobremente concebidos. “Joropo” se aburrió de aquello. El matador supo que la cosa no iba bien en su relación con el toro y optó por enamorar a los tendidos. Planteó una tanda por bernadinas en el peor momento, pues el toro ya no tenía ganas de nada (si es que las tuvo alguna vez) y lo corrió con un golpazo tosco que parecía decir “Conmigo no juegues, niño”. Pero el público aplaudía con ganas mientras el torero se convencía de que lo estaba haciendo bien. Fue por el estoque y al primer intento dejó un pinchazo sin soltar, otra vez con el brazo encogido y paralizado. Al segundo intento, una nube de dudas oscureció sus ojos y lo obligó a abandonar la suerte, para luego dejar una estocada delantera y perpendicular. Sonó el primer aviso, luego de tres minutos eternos. 


El joven torero técnico fue por el descabello, pero le sobrevino un segundo ataque de duda. Desistió entonces y prefirió entrar a matar otra vez, dejando una estocada entera. Cuando el toro doblaba, sonó el segundo aviso, tardío, condescendiente; el público, igual que el segundo aviso, además de “copetón” por el escancio de las botas, lo aplaudió como un padre orgulloso por los primeros pasos de su hijo y llegó incluso a la exageración de gritar “Torero, Torero”. Me permito corregir: pichón de torero, recién salido del cascarón. No le digamos que sabe volar, porque no sabe. Conoce la técnica, nada más.

Quien demostró que domina la técnica al punto de convertirla en oficio artístico fue su padrino de alternativa, Julián López, “El Juli”. El español recibió al segundo del encierro, "Tapir" (No. 30), un negro engatillado de cuerna de 502 Kg, con cinco verónicas a pie junto, de una limpieza y una elegancia similares a su traje verde botella y oro. Tras una vara mínima, su cátedra continuó con un quite por chicuelinas de ensueño, rematando con una revolera vistosa. Ricardo Santana estuvo bien con las banderillas, pero mejor aún estuvo “El Piña”, elegante al llevar al toro al burladero con el capote a una mano.

“El Juli” inició con dos derechazos protocolarios en el tercio, para luego invitar al toro a los medios con pases de tironcillo. El animal era fijo y noble, con recorrido y repetición. El segundo derechazo de la primera tanda fue poderoso. Vino la segunda, en la que vimos una serie de derechazos infinitos, bajando la muleta y alargando el brazo hasta decir no más. Las sonrisas en los tendidos eran más que dicientes. Sin embargo, por el pitón izquierdo el toro no tenía la misma transmisión. Inteligente, “El Juli” le perdía pasos después de cada natural, hasta construir una tanda honda y seria. Remató con dos redondos invertidos, el último de ellos decorado con un cambio de mano sorpresivo y elegante. Mató con madurez, es decir, en corto (a poco más de dos metros del animal), dejando una estocada entera e impecable. Dicen los que saben que esto se llama tener la suerte hecha. La consecuencia, lógica: dos orejas al “Juli” y aplausos al toro en el arrastre.

Su segundo ("Platir", No. 3, de 475 Kg), era un toro negro, cornipaso y flaco. Feo y pobre como pocos. Al momento del recibo, el público pitó con razón las hechuras del toro, mientras “El Juli” hacía lo posible (es decir, nada). Antes del tercio de varas, los tendidos clamaban por el cambio del toro, pero la presidencia estuvo bien: el toro estaba flaco, sí; era feo, sí; pero también es cierto que se desplazaba por el ruedo. Al recibir una vara delantera el toro se dolió, escupiéndose del caballo. Y en el tercio de banderillas fue igual, pues salió siempre rebrincando. Valga anotar que al final del tercio ocurrió algo que casi nadie consigna en estas crónicas: sale “El Piña” de dejar el tercer par y resbala de pronto, cayendo a la arena de espaldas, a merced del toro, que se fija en él con intención de empitonarlo. Atinado, el peón de brega despliega el capote y se lleva al toro del cuerpo del banderillero. Oportuno.

Lo demás, de bostezo. “El Juli” demostró su profesionalismo al intentar todo por hacer una faena con este toro esmirria’o. Doblones de castigo para llevarlo a las afueras y algún intento de faena que pronto demostró que el toro era como un tren descarrilado. Imposible. Al entrar a matar, el español deja un pinchazo hondo, saliéndose de la suerte. Después, tres cuartos de espada. Tras doblar el toro, la plaza les dio su merecido: pitos en el arrastre al animal y silencio al matador.

Cierra estas notas de aprendiz David Fandila, “El Fandi”, garboso andaluz enfundado en un traje color mandarina y oro, vistoso, como fue el toreo que dejó su portador en la plaza. Su primero fue “Olivante” (No. 31, de 517 Kg), un zaino cornivuelto y serio de presencia. “El Fandi”, la verdad, estuvo decoroso: con el capote, dos verónicas, tres chicuelinas y una revolera; al llevar al toro al caballo, tres chicuelinas al paso y un remate a una mano, desmayado. “Olivante” recibió con clase una vara ligeramente caída y luego tuvo recorrido y seriedad en el bello quite por tafalleras.

Sabiendo de la calidad del toro, que fue siempre fijo y noble, con casta y bravura, “El Fandi” se pavoneó en banderillas, con pares de dentro a afuera y al violín, para rematar jugando al toro, dando brinquitos hacia atrás, gimnástico, dicharachero. La cosa se convirtió entonces en pura diversión: cuatro derechazos compuestos y un pase de pecho bien concebido. Luego, por la izquierda, un natural profundo, con destellos de personalidad. Pero el andaluz, que sin duda sabe las emociones del arte del toreo, optó por la barahúnda del espectáculo circense. Mirando cada tanto al público, ofrecía el muy acróbata la tanda a los tendidos, que se deshacían en aplausos. Mientras tanto, “Olivante” daba una pelea de bravo que muchos no apreciaron, pendientes de los malabares ostentosos del matador. Y como bravo murió el toro: en los medios, negándose a doblar, empeñado en permanecer de pie, pese a los tres cuartos de espada que tenía en las carnes. El andaluz recibió una oreja y el toro muchos menos aplausos de los que merecía, pues los tendidos prefirieron la pirotecnia.

Con su segundo (“Rapuncel”, No. 496, de 505 Kg), un negro listón y cornidelantero, “El Fandi” confirmó la impresión de que escondía el arte para desplegar un acto circense efectivo para el público. De rodillas, le dio cuatro verónicas y un recorte. Tras la vara trasera y caída de José Manuel González, se fue por delantales y una serpentina bullanguera de remate en el quite. Luego, las banderillas alborotadas y el juego gimnástico con el toro. Bonito, nada más. En la muleta, lo mismo: derechazos de rodillas, dos naturales y un cambio de manos, otros dos derechazos a media altura, dos naturales decorosos y un pase de remate.

“Rapuncel” sospechó que su compañero actuaba de una manera tal que parecía estar burlándose de él. Podía ser manso y con poca clase, pero era un toro. Reconocerlo era lo mínimo. Esa fue la razón por la que decidió irse al tercio y defenderse, negándose a salir de allí. Fandila optó entonces por la salida más barata: acosar al toro, increpándolo con su mano y con su cuerpo, haciéndolo recular, mientras el público se venía en gritos y suspiros excitados. A mí, personalmente, me pareció irrespetuoso y de mal gusto. Lo que sí debe reconocerse es el estoconazo fulminante que le dio a un “Rapuncel” pegado a tablas, a la boca de toriles, humillado y triste.

Caminaba por la carrera Séptima en el cambio de tercio entre la tarde y la noche, cuando recordé las palabras de mi padre, quien siempre me dijo que lo mejor (y, además, lo más escaso) de la fiesta de los toros era el arte serio, técnico y vibrante. Otros, los más, se divierten con el circo. Bien por ellos, pues gracias a esto sospecho que perdura la fiesta.

24 a 28 de enero de 2010

1 comentario:

Hernando Salcedo Fidalgo dijo...

Es interesante y poco usual, leer crónicas taurinas en las que también se reflexione sobre el arte. Creo que ese es el punto nodal de esta primera crónica de Muñoz en temporada. Hoy ha publicado Fernando Gómez E. en la paradójica revista Carrusel de El Tiempo (pues aún escribe allí Daniel Samper), un artículo titulado "La vida sin toros". Allí anuncia la muerte de la fiesta a manos de militantes antircorrida. Este anuncio premonitorio a su manera de Gómez, se pone en oposición a la premonición de Muñoz: que la prevalencia de la fiesta está garantizada por el Circo.