lunes, 1 de febrero de 2010

Cinco tristezas y una sonrisa



Parece que los espectadores taurinos consideran que una tarde de rejoneo es el más suculento manjar de belleza y de donaire. Quizás tengan razón: los caballeros garbosos con sus trajes camperos y esos sombreros cordobeses, rígidos y gráciles a un tiempo, montan con elegancia incomparable sus caballos de ensueño, que llevan las crines engalanadas con cintas o borlas variopintas. Así que ellos, los espectadores, no pueden desentonar.

Las señoras maduras han ido temprano a la sala de belleza, para luego lucir lo mejor de su ropero y lo más selecto del cofre de las joyas, junto al peinado pétreo por las capas de laca; otras han desempolvado un sombrero cordobés y han enviado a la empleada del servicio a comprar un ramo de claveles rojos, del que cortarán una flor para que decore su tocado, al que acompañan, en juego sutil, con una chaqueta roja. Hay que ver: hombres cincuentones que se enroscan su foulard al cuello, abierta la camisa para que asomen sus varoniles vellos blancos del pecho; y esos jovencitos “dediparados”, remojados en agua de colonia, que llevan de la mano a sus novias enfundadas en jeans apretados y con pieles bronceadas hace poco en Cartagena o en Miami, mientras cargan al hombro, graciosos, la bota tres zetas de papá, aquella que compró en Madrid, la última vez que estuvo, en una tienda para turistas.

Debo confesar que no soy tan amante del arte del rejoneo como del toreo de a pie, pese a mi gran admiración por los caballos. De allí que mi ignorancia sobre el toreo a caballo sea casi total. Mi padre me llevó dos o tres veces, pues a él las corridas de rejones le parecían monótonas e insípidas. Ahora que lo pienso mejor, creo que a mi padre —que fue siempre un hombre elegante y compuesto, pero sin anhelos de exhibicionismo—, le molestaba profundamente este desfile social que almibara la plaza cuando hay rejones. De mi niñez, recuerdo a Ángel Peralta y a “Oky” Botero, pero más allá al caballo que, solito, regresa a la puerta de cuadrillas cuando el jinete se ha apeado para la suerte del descabello.

En la tarde de hoy pude confirmar este culto al rejoneo, engalanado por un sol vibrante que pegaba latigazos en los tendidos de la Santamaría, aliviados por el aleteo afortunado de una brisa refrescante. Y también asistí a la tristeza que produce un anhelo colectivo que, como un vaso de cristal, cae al piso y se destroza en mil esquirlas. Torearon el andaluz Álvaro Montes, a quien tuve el gusto de ver en la temporada pasada, junto al desconocido riojano Sergio Domínguez y al ya antes padecido bogotano Jorge Enrique Piraquive. (Ver video de lo más destacado de la tarde)

El primero del encierro de la ganadería de Dos Gutiérrez fue “Parrandón” (No. 282, de 447 K), con el que Sergio Domínguez confirmó su alternativa, un negro listón que desde el principio dijo que era manso y distraído. El riojano tuvo la indelicadeza de no traer su cuadra de caballos a América, por lo que montó los que le prestó el colombiano Willie Rodríguez. Es como si un bailarín de tango fuera a un concurso exigente sin su pareja, con quien tantas veces ha ensayado, y escogiera compañera de entre las oficinistas que a esa hora van por la calle rumbo al trabajo. Por supuesto, el caballero lució siempre incómodo e hizo una faena deslucida, atropellada, poco técnica y, además, larga como un viaje en bus hasta la costa. Pese a mi oceánica ignorancia sobre el arte del rejoneo, puedo decir que lo que vi durante las cinco interminables banderillas fue que no había toreo: únicamente un jinete que lleva a su cabalgadura a encontrarse apenas de sopetón con el toro para clavar el arpón con inseguridad, sin preparar la suerte, ejecutándola mal y el remate inexistente. Valga decir a su favor que el toro nunca quiso embestir a los cites de los caballos, pese a que sí lo hizo cuando los peones le presentaron sus capotes. Domínguez hirió de muerte a mansalva al toro luego de tres intentos, se apeó y descabelló sin clase. Mientras tanto, los tendidos empezaban a preparar la bronca.

El segundo de la tarde (No. 316, de 461 K) se va aquí sin nombre, pues mi mal humor empezaba a incidir negativamente en las notas que tomaba. Con su porte innegable, Álvaro Montes se presentó ante un toro pegado a tablas desde el principio. Hizo algunos intentos (un rejón bien puesto, luego de tres pasadas en falso) pero, dándose cuenta de que el toro no perseguía al caballo, se dedicó a darnos una exhibición de alta escuela. El toro iba arreando y en uno de esos enviones alcanzó a herir a la cabalgadura. Continuó el andaluz la demostración de monta con “Chambao”, un castaño con personalidad que caracoleaba por el ruedo con gracia y sutileza. Aquí, Montes nos dejó ver un paso de alta escuela ecuestre que, según aprendí, se llama piaffé: se trata de un trote cadencioso y en el que a cada paso hay un ligero desplazamiento de la dupla por el ruedo; a la orden corpórea del jinete, el caballo levanta alternadamente los cuartos delanteros casi a la altura del pecho, mientras la grupa y los cuartos traseros se mantienen más bajos que el resto del conjunto.

Conforme avanzaba la faena, era evidente que el jinete estaba menguado de fuerzas, pálido y en ocasiones casi desmadejado sobre la silla. Con su caballo torero “Manzanares” (un tordo en fase blanca) puso el minúsculo arpón conocido como la rosa que, al clavar en las carnes del toro, deja una vistosa cinta similar a la mencionada flor. Al entrar a matar estaba desconocido: pinchó dos veces sin soltar y luego lo intentó cinco veces más. Tras apearse para descabellar, caminaba dando tumbos, a punto de desmayarse. Aun así descabelló al segundo intento, luego de escuchar un aviso, y cuando el toro dobló tiró con desidia los trastos a la arena, entre enfermo y malhumorado, pero sobre todo triste. Y así fue: en los tendidos se respiraba la tristeza.

Quizás ese ambiente lánguido contagió la salida del tercero, “Santiagueño” (No. 327, de 490 K), un negro ojo de perdiz que, como el anterior, era manso y distraído. Sin embargo, fue bien al capote de “El Piña”, luego de la suerte de rejones de castigo, el segundo de los cuales estuvo puesto en buen sitio. Piraquive, envalentonado en su toreo, como siempre, citó al toro en el tercio, cerca del palco de médicos; el toro tardó en embestir y el torero se distrajo, farandulero, mirando a los tendidos. No obstante, a “Santiagueño” de repente le dieron ganas de arrancarse a la cabalgadura mientras Piraquive era pirotecnia de pueblo y, cuando se percató de aquello, se encontró con que el toro estaba a pocos metros de la panza del caballo. La cornada fue inevitable y el choque produjo que Piraquive cayera estrepitosamente a tierra, como un bulto. Adolorido y sin aire, por el susto y por el golpe, los peones lo condujeron a la enfermería. En los tendidos, más de uno debió decirse: “Ojalá no vuelva”. No fue así. Salió al instante, rabioso y áspero, encendido de furia. A partir de allí, esto fue un conjunto de suertes relampagueantes, por lo rápidas y poco estéticas, haciendo galopar al caballo por el ruedo con una estridencia que hacía recordar las carreras cinematográficas de los vaqueros del Oeste norteamericano, persiguiendo la diligencia con el tan codiciado botín. Mató Piraquive como toreó, desordenado y brusco, con un rejón tan perpendicular y trasero como efectivo. Era tan triste el espectáculo que algunos aficionados se contagiaron de patetismo y pidieron una oreja.

Para ese momento, Álvaro Montes debía estar pasando las peores en la enfermería, deshidratado y con arcadas. Esta fue la razón por la cual se alteró el orden natural y salió Sergio Domínguez a torear a “Aerolito”, No. 346, de 517 K. Manso y distraído como sus anteriores compañeros de encierro, este negro cornidelantero se dolió al recibir el primer rejón de castigo, bastante delantero por cierto. Puesto que se había visto a gatas con la cuadra prestada, el riojano decidió torear sólo con “Soneto” y lo hizo tan mal (vacilante, embarullado, sin temple) que dejó tocar al caballo en la pata trasera derecha. Sin embargo, en una de las banderillas puestas con algo de técnica, el jinete se encabritó y lanzó al aire, muy alto, su sombrero cordobés color azul pálido, en un gesto cuya grandilocuencia se confundió con la grosería.

Tras siete entradas a matar, la plaza ya no soportaba más. Las señoras se despeinaron y no les importó, los señores maduros se quitaron el foulard y lo metieron en el bolsillo de la chaqueta, para que se aburriera más de lo que estaban ellos, y los jovencitos con sus novias pensaban en el remate de corrida. Luego un aviso, los espectadores gritaban “¡Pagamos y exigimos! ¡Pagamos y exigimos!”, mientras blandían, desafiantes, sus boletas al palco de la presidencia. Fue cuando el toro dobló, milagrosamente, que mi vecino abandonó su discreto silencio habitual para sentenciar, con iguales dosis de razón y de tristeza: “Esto acaba la afición”. De remate, los tendidos se vengaron del torero con un sonoro aplauso al toro en el arrastre y con algunas voces alicoradas que le ordenaban “¡Fuera! ¡Fuera!”.

Vino entonces la pena mayor, la más profunda tristeza de la tarde. “Pepillo” (No. 331, de 529 K) salió alegre al ruedo, y así permaneció durante algunos minutos. Piraquive lo recibió con un rejón de castigo bien puesto, aunque toreando a distancia del animal. Al poner el segundo rejón ejecutó tan mal la suerte que hirió, literalmente, al toro en la paletilla izquierda. En señal de protesta indignada, “Pepillo” se paró y cambió de genio, aunque conservó su fijeza. Piraquive volvió a dejar una banderilla caída y luego unas cortas rutinarias. Mató en buen sitio, pero el toro se tragó el estoque y se negó a doblar. Piraquive puso pie en tierra para descabellar entre la puerta de cuadrillas y el burladero de matadores. Tan rollizo como torpe y miedoso, atinó gracias al azar, luego de intentarlo ya no recuerdo cuántas veces.

Para mí que, de haberles preguntado, la inmensa mayoría de los espectadores hubieran preferido que los dejaran ir a casa a intentar la recuperación de esa abulia que los abatía, luego de cinco dolores del alma. Afortunadamente, la mayoría permaneció en sus localidades pues, contra todo pronóstico, poco después había una razón para sonreír. Algo recuperado, Montes tardó mucho en salir por la boca del patio de cuadrillas, con su garrocha campera que descansaba en el hombro, apalancada por el brazo derecho, desmayado y elegante. Se fue a esperar a “Esmeraldo” (No. 288, de 526 K) a la boca de toriles, suerte que se llama —tanto en el toreo de a pie como en el de a caballo— recibir a porta gayola. Sale el toro y “Jamo” lo recibe mostrándole las carnes macizas de la grupa, hondeando la cola al viento, como la bandera del país de la emoción más pura, mientras la garrocha de Montes se prepara para surcar la arena. A pleno galope van ahora jinete y caballo en literal comunión, y con galope les contesta el toro serio y entonado, para que el conjunto dé tres maravillosas vueltas al ruedo, luego de las cuales la plaza entera, de pie, se descose en aplausos. Video: Álvaro Montes a porta gayola


“Esmeraldo” tuvo casta y fijeza durante buena parte de la lidia, peleando en los medios. Montes le correspondió con dos rejones en todo lo alto. Montando a “Chambao”, nos deleitó con la preparación mediante la lanzada: el toro en los medios; jinete y cabalgadura en los terrenos de adentro. El caballo, coqueto, invita al toro al encuentro mediante el levantar grácil de sus cuartos delanteros hasta que, de repente, se lanza hacia adelante, seductor, quedando suspendido en el aire durante breves segundos eternos. En el tercio de banderillas, Montes clavó un palo con dosis iguales de mérito y exposición. Ya cuando el toro se había rajado, repitió la película, pero montando a “Coquito”, un caballo castaño que torea de frente, pendiente del toro, con su mirada oculta tras el flequillo, mientras las orejas rastrean al contrincante con una atención que se refleja en sutiles movimientos hacia adelante y hacia atrás y otra vez adelante. Aprendí también que esta acción del caballo recibe el bello nombre de amusgar. Otra vez débil, Montes mató al toro montando a “Manzanares”, con una estocada efectiva, aunque trasera y perpendicular.

Agradecida con el andaluz, que le había regalado la única sonrisa de esta tarde de tristezas, la plaza exageró pidiendo la segunda oreja para que Montes saliera en hombros de la Santamaría por segunda vez consecutiva. Mientras tanto, yo recordaba la voz nicotina de mi padre cuando me decía que lo bueno de las malas tardes de toros es que basta con un esbozo de arte para que aflore una sonrisa en los labios.



31 de enero a 1º de febrero de 2010

1 comentario:

Hernando Salcedo Fidalgo dijo...

Los aficionados que somos ignorantes en el toreo de a pie, lo somos más en el del rejón. He gozado por tanto este texto de Muñoz, ora por la ansiedad de saber que había ocurrido ayer en la Santamaría, ora por seguir su mordaz ojo que deriva en el verbo. He tenido así leyéndolo, una sola sonrisa sin tristezas. Pero seguimos reflexionando, y como dijo su vecino "esto mata la afición".

Hernando Salcedo Fidalgo