domingo, 14 de febrero de 2010

El cofre de las evocaciones estéticas



Luego de siete meses, ayer en la tarde logré una ilusión tantas veces anhelada: traer a casa parte de la biblioteca taurina de mi padre. Con la anuencia de los abogados encargados de la sucesión, pude también conseguir algunos pocos objetos, de enorme valor sentimental: su curtida bota tres zetas pamplonesa, decorada con borlas amarillas y rojas; un estoque con su funda, quizás regalo de Pepe Cáceres o de José Zúñiga, “Joselillo de Colombia”, un ayudado de aluminio, además de una foto a color donde están mis padres en la plaza de toros de Cali, por allá por 1970.

Como es natural, la víspera de la corrida de hoy en la Santamaría fue nostálgica. Me veía sentado en uno de los sofás de la casa donde crecí, tan niño que los pies no alcanzaban el suelo, extasiado al contemplar las imágenes de Los toros en España, una preciosa enciclopedia de tres tomos, cuya carátula está forrada en laminilla de oro. Ese mismo éxtasis lo viví ayer, 35 años después, viendo aquellos libros, y también los siete tomos de Los toros, la inmortal obra de don José María de Cossío. Y las lágrimas se enjugaron con los recuerdos.

Era entonces previsible que en la mañana del domingo el corazón despertara con la promesa de una tarde de toros. El cartel aseguraba el lleno completo: Enrique Ponce, Julián López, “El Juli”, y el bogotano “Moreno Muñoz”, quien recibiría la alternativa; los toros, de Alhama, ganadería con fama de criar toros nobles con “toreabilidad”, ese neologismo que ha puesto tan de moda César Rincón (matador retirado, ahora ganadero y periodista taurino). Sin embargo, al caer la noche, casi nada había en el cofre de las evocaciones estéticas.

Luego del paseíllo, la plaza entera brindó a la terna de matadores un atronador aplauso que los obligó a saludar desde el tercio. “Moreno Muñoz” recibió la alternativa  con “Sucesor” (No. 170, de 450 K). Vestido de blanco y plata, dio con el capote cuatro verónicas y dos medias bastante decentes a un negro listón y cornivuelto que luego recibió una vara mínima de Adelmo Velásquez. “El Piña” y “Chiricuto” estuvieron bien en el segundo tercio y el público, bondadoso, los obligó a desmonterarse. Con la muleta, tras brindar a Gerónimo Pimentel, el recién alternativado comenzó con doblones en el tercio ante un toro que rebrincaba en su embestida, repetida pero insípida. El tercer derechazo de la primera tanda fue hondo y serio y en la tercera regaló un natural muy mandón. Mató de estocada delantera, algo caída y baja, además de perpendicular. El toro, no obstante, se negó a doblar, y entonces vimos a un matador inmaduro, descabellando en cuatro oportunidades.

Esa misma inmadurez fue el sello de su faena en el último de la tarde, “Musulmán” (No. 128), un negro corniveleto de 440K. “Moreno Muñoz” recibió al toro con una larga cambiada y, después de un par de minutos, ya que el toro era abanto, le dio algunos otros capotazos, para rematar con una media verónica bien intencionada. El toro mostró su mansedumbre en el caballo, saliendo entre rebrincos después de una vara minúscula. Tras el brindis a los tendidos, inició con una primera tanda bastante compuesta. Pero pronto perdió la voluntad y en la tercera tanda, por la izquierda, se le vio sin sitio y sin distancia. El toro, manso y sin casta, le avisó que esas cosas no se hacen, mirando mucho al muslo. “Moreno Muñoz” insistió en los tercios, casi pegado a tablas, y al segundo natural, “Musulmán” le pegó un cabezazo tremendo en el pecho y luego en la cara. El accidente fue tan aparatoso que en los tendidos se pensaba lo peor. Pero el bogotano volvió al ruedo pocos minutos después, sin la chaquetilla, cojeando y sensiblemente maltrecho. No valió que la plaza le pidiera no continuar, ni que su padrino (Enrique Ponce) le aconsejara irse de la cara del toro. Pegado a las tablas del tendido de sol, metió una estocada entera que no fue suficiente. Después fue el martirio de una sucesión interminable de descabellos, para salir acompañado del maestro español, que le dio un beso antes de conducirlo a la enfermería.
  
El maestro valenciano Enrique Ponce, de grana y oro, vio cómo el negro y veleto “Hortelano” (No. 76, de 448 K) se espantaba ante los capotes de los peones de brega. Pero fue a él y le arrancó dos verónicas lentas. El toro confirmó su condición cobarde y mansa en la vara de Clovis Velásquez. A pesar de ello, Ponce le dio una bella revolera en el quite y luego, contra todo pronóstico, brindó al público. El mérito del valenciano en el último tercio fue dejarle la muleta en la cara al toro, pues su condición de abanto lo exigía. Así logró dos derechazos de mérito, y alguno que otro pase más. Antes de rajarse definitivamente, el toro mandó hachazos a diestro y siniestro, para luego recibir un pinchazo sin soltar, después un hábil metisaca (pues la espada había quedado en mal sitio) y finalmente una media trasera que fue suficiente. Se escucharon pitos al toro y un silencio triste a la actuación del matador.

Su segundo, “Comandante” (No. 127, de 499 K), era un negro cornidelantero y bien hecho. Ponce lo recibió con cinco verónicas gustosas y una media. El toro metía la cabeza decentemente, pero sin humillar. Demostró su condición de manso al salir rebrincando del tercio de varas, en el que recibió dos puyas traseras y otra en buen sitio de Manuel Quinta. Cuando los toros van al engaño como quien debe cumplir un trámite oficial, sin ganas y con la única intención de que todo termine pronto, entonces la fiesta se vuelve monótona, deslucida. Así actuó “Comandante” en los cinco doblones elegantes y en los cuatro derechazos a media altura que inteligentemente le dio el torero valenciano. Luego, por el pitón izquierdo, le dio dos naturales sensatos y después cuatro derechazos dignos y un sobrio pase de pecho. Mató con tres cuartos de espada en buen sitio. El toro recibió un alud de pitos en el arrastre y el matador saludó desde el tercio ante los aplausos del público, para luego emprender una sorpresiva vuelta al ruedo, mientras los tendidos gritaban “¡Séptimo! ¡Séptimo!”.

Cierra estas notas la actuación de Julián López, “El Juli”, quien vestido de berenjena y oro logró rescatar del marasmo absoluto algunos jirones de esta tarde. “Brandy” (No. 164, de 472 K) fue un castaño, ojo de perdiz, listón y cornidelantero. Hizo una salida contraria y se mostró desde entonces distraído. Con el capote, “El Juli” se dedicó a enseñarle a embestir, abriendo el engaño y dejándoselo en la cara, para luego plantarse y darle dos verónicas muy lentas y la media para rematar. El toro, por distraído, terminó recibiendo la vara del segundo picador, trasera pero corregida. En banderillas, Hernando Franco se ganó a pulso el aplauso del público tras un excelente par de dentro a afuera, largo y bien ejecutado. Sin demeritar la actuación de los matadores, creo que fue lo mejor de la tarde, por la concepción oportuna, por la ejecución y por la exposición al momento del embroque. Aquí sí que se merecía saludar montera en mano.

“El Juli” inició su faena con tres estatuarios deliciosos, por la hondura y la lentitud. Luego, se le metió en la cabeza que debía arrancarle pases al toro, tardo y sin casta. Así lo hizo. Con la muleta siempre adelante, consiguió dos derechazos y un pase de pecho; luego, una serie de ayudados con la izquierda que sólo los que saben pueden darlos. Al ver que el toro pasaba como un mueble empujado, el torero mostró ganas y se fue con dos redondos invertidos y un pase de pecho de hermosa composición. Al entrar a matar, pinchó sin soltar y luego dio un estoconazo algo trasero y literalmente al volapié. El toro tardó en doblar definitivamente, luego de ser levantado por el puntillero. Pese a que sonó un aviso, la presidencia le concedió una oreja merecida. (Ver video con lo mejor de la tarde)

“Samurai” (No. 153, de 497 K) fue el segundo del lote del torero madrileño. El negro veleto se arrancaba de largo en el capote, lo cual ilusionó por segundos a la plaza, pues además tenía algo de fijeza. Ricardo Santana estuvo bien en banderillas y el público lo volvió a ovacionar al punto excesivo del saludo, tras un tercio de varas demasiado trasero. Con la muleta, “El Juli” dio una primera tanda de trámite, pero siempre con el engaño adelante. Por el pitón izquierdo dio tres ayudados largos y otros tres naturales de hermosa concepción y escasa emoción, pues el toro era potable pero sin casta. Mató de estocada entera, tendida y trasera. Saludó desde el tercio, luego de que el toro fuera pitado en el arrastre.

Poco hay, pues, que guardar en el cofre de las evocaciones estéticas. No importa: tengo aún mucho por recordar, observando los libros que expresamente me heredó mi padre. Eso es suficiente.


14 de febrero de 2010

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