lunes, 22 de febrero de 2010

Tarde de toreros y de toros



De entre los recuerdos que venían en los libros de la biblioteca taurina que heredé de mi padre, dos me llenaron de una nostalgia emocionada, la misma que siento ahora que ha terminado la temporada taurina 2010 de Bogotá. El primero es una boleta de la fila 8 de sol para la tarde del 12 de diciembre de 1976. Está marcada de su puño y letra como “Corrida histórica” y “Corrida inolvidable”. Al reverso dice: “‘El Viti’ (2 orejas); S. ‘Palomo’ L. (3 orejas); E. Calvo ‘El Cali’ (3 orejas”). Y más abajo: “Toros de Vistahermosa. 3 indultados y 1 de vuelta al ruedo. 8 orejas cortadas”. El segundo objeto es también una boleta, para la misma corrida, pero ésta de balcón. En el reverso dice: “Boleta de Juan Carlos”. Tenía yo 9 años. Seguramente, a mi padre —siempre duro de bolsillo— le debió parecer una exageración el gasto de 286 pesos que costó su entrada a los tendidos bajos y se limitó a nutrir mi brote de afición con los 77 pesos que invirtió en la localidad de balcón. Creo sinceramente que fueron suficientes, pues desde ese entonces son muy pocas las cosas que me han apasionado más en la vida que una corrida de toros.


No sé si la corrida de cierre de esta temporada 2010 alcance a merecer los calificativos de histórica e inolvidable, pero sí estoy seguro de que fue una tarde emocionante, llena de momentos estéticos que perdurarán en el recuerdo de los aficionados. Los toreros desplegaron valor y arte, cada uno en su concepción particular de este último término. Y los toros de Las Ventas del Espíritu Santo, bien presentados, dieron un juego aceptable, sin llegar a ser bueno en su conjunto. Fueron nobles y bondadosos en general, pero a varios les faltó la bravura necesaria para transmitir emoción a los tendidos.


Tal como el domingo anterior, la tarde abrió con otro aplauso atronador de bienvenida a una terna de lujo: el bogotano Pepe Manrique, de tabaco y oro; el de la provincia de Madrid, José Tomás, de luto y oro; y el alicantino José María Manzanares, también de tabaco y oro. Los entendidos saben que los tres tienen un discurso tauromáquico bien definido y fundamentado, y eso fue lo que vimos esta tarde.


Pepe Manrique tiene una concepción de la tauromaquia que está en la frontera entre la valentía desnuda y cierto pinturerismo ocasional. A su primero, “Divino” (No. 502, de 477 K), lo llevó muy bien al caballo con lances al paso. El toro había tenido una pésima lidia por parte de los subalternos, que lo hicieron golpearse tres veces contra las tablas, menguándole de seguro su calidad al embestir. Luego recibió una vara mínima y trasera, y después un palo en la paleta por parte de “El Piña”, que estuvo desconocido. Ligeramente bizco del pitón derecho, este burraco y corniveleto metía bien la cara en los engaños y se repitió con alegría en la primera parte de la faena de Manrique, que comenzó muy compuesto con cinco derechazos de calidad y un serio pase de pecho con la mano izquierda. Para la cuarta tanda el toro quiso rajarse y Manrique estuvo inteligente, dándole los terrenos a “Divino”, en los que le dio tres ayudados por alto muy bien ejecutados. Dejó un pinchazo hondo y soltando en su primer intento y luego una estocada entera, un pelín caída. La plaza lo recompensó con su silencio.
   
Su segundo, “Inefable” (No. 441, de 481 K), fue un cornipaso listón y ligeramente chorreado. Luego de tres verónicas de trámite, el toro se pegó a tablas y allá le arrancó otros dos lances decorosos el bogotano. Cayetano Romero le pegó una vara caída que corrigió con prontitud. En banderillas, los colombianos Jaime Devia y James Peña estuvieron bien aunque, por un motivo inexplicable, la presidencia cambió el tercio al segundo par. Manrique brindó a la plaza y comenzó la faena con doblones de castigo en el tercio. Las primeras dos tandas dejaron ver series de naturales bien concebidos y ejecutados. “Inefable” humillaba, era noble y fijo, pero le faltaba bravura, transmisión. Algunos sectores del tendido vieron mucho más toro del que había en la plaza, así como mucho menos torero del que se plantaba delante del animal. Es cierto que en la segunda parte de la faena, luego de una tercera tanda por la izquierda, tras desplegar la muleta con estilo en la cara del toro y darle cuatro naturales en el tercio, Manrique perdió un poco el sitio y la distancia, lo cual conllevó a que cerrara su actuación con menos mando del que es usual en él. De todos modos, mató de un estoconazo y recibió una oreja.


Viene ahora un reto para quien pergeña estas notas de aprendiz: la descripción de una actuación profunda, artística y valerosa de José Tomás, así como la de una excelente faena (su primera) de José María Manzanares. La primera figura del toreo en la actualidad recibió a “Titulado” (No. 530, de 441 K), un negro listón, cornipaso y astifino, con tres verónicas mandonas, una revolera y luego un lance invertido (con la parte amarilla del capote) y a una mano. El toro tardó en ir al caballo de Luis Viloria y, cuando finalmente se decidió, rebrincó, defendiéndose, al recibir un picotazo; repitió este comportamiento de manso en su segunda vara. José Tomás regaló un quite por delantales garbosos. Brindó a la plaza y se despachó en una primera tanda de naturales mandones, intercalados por ayudados por alto de enorme calidad. La lentitud de su toreo se vio en la segunda tanda, con cinco derechazos y un pase de pecho interminable, sacando al toro a la altura del hombro al final del pase. En la tercera tanda, también por la derecha, dio otros cinco muletazos muy serios, con compostura, para rematar con un cambio a la mano izquierda de elegancia sin par. Como a varios de sus compañeros de encierro, a este “Titulado” la faltaba bravura y por eso su transmisión era escasa. Aun así, José Tomás se fue a rematar la faena, decidido a alcanzar el triunfo. Caminó con donaire al filo del tercio, dejando respirar al toro en los medios, y luego se espatarró —esa bella palabra taurina— para citar por naturales, dos de ellos largos y serios como un sermón. La sexta tanda por derecha fue un ejemplo de cómo se expone el cuerpo ante un toro: ocho derechazos, el último de los cuales dejó sin aire a la afición, de tan cerca que pasó el toro de la taleguilla del torero. Tenía las dos orejas en las manos. Todos en la plaza lo sabíamos. Pero la suerte no estuvo de su parte. Pinchó dos veces y al tercer intento, en la suerte contraria, dejó una estocada entera y trasera. El toro demoraba en caer y el torero se empecinó en estar solo frente a él. Al final, se decidió a descabellar. Otra vez la mala suerte: cuatro intentos y un aviso le quitaron las orejas. La plaza lo consoló con un saludo desde el tercio.


“Balsero” (No. 514, de 530 K) fue el segundo de su lote: negro listón, cornidelantero y astifino. Galopaba el toro por el ruedo, embistiendo de largo al capote del madrileño, que le dio seis verónicas rodilla en tierra, la última tan ceñida que el toro debió llevarse en su pitón derecho hilillos de oro del traje torero. “Balsero” tardó en ir al caballo de José María Prieto. Al hacerlo, recibió una vara mínima en muy buen sitio, que mereció los aplausos algo desmedidos del público. Entonces, José Tomás decidió bordar el toreo, como dicen los entendidos de la fiesta. En la primera tanda, dejó boquiabiertos a los espectadores con un pase de pecho grácil y limpio, como quien ondea una bandera. Desafortunadamente, el toro rodó por tierra al salir de la muleta, como si lo agobiaran los kilos que cargaba su osamenta. La alegría de su salida al ruedo se apagaba como una llama al viento: con languidez y tristeza. Sin embargo, el torero fue astuto y le dio una segunda tanda de derechazos a media altura, sin angustiarlo, consintiéndolo casi, para rematar con un cambio de mano cortesano, vistoso. Continuó igual por la izquierda en la tercera tanda, con otros dos naturales a media altura, como de miel. Entonces, cuando el toro ya se había enamorado de la dulzura roja de la muleta, José Tomás se despachó con cuatro naturales que hacen honor a su nombre, pues era natural que el toro pasara hasta lo que daba el brazo extendido del torero. La quinta tanda demostró esa inteligencia que tienen las figuras del toreo para darle a cada toro lo que éste necesita en un momento particular de la faena. La muleta venía desde atrás, bailarina al aire, para presentarse ante el hocico del toro, que entonces no podía hacer otra cosa que arrancarse, cosa que definitivamente no quería hacer pocos segundos antes, pues tuvo muy poca transmisión y menos fuerza. Fue cuando sonó la música. Por fin vimos una faena en la que la música es de verdad un premio a la actuación del torero con un toro, no a los tendidos bullangueros y con ganas de divertirse solamente. La sexta tanda fue por derecha, con pases otra vez ceñidos, de mérito, para dar después un cambiado por la espalda y otro enorme pase de pecho, escultural. Pero lo mejor fue el remate de la faena. Dos tandas breves, dando pasitos cortitos, de bailarín, para cruzarse, metiéndose en la cuna de los pitones del toro, con la figura arqueada por la cintura, mientras la muleta iba hacia adelante y hacia atrás, para finalmente presentarse ante el toro y llevarlo, cadencioso, en un vuelo profundo y hondo. Esta personificación de la muleta fue lo que vimos en la plaza: parecía viva, casi autónoma en el movimiento que le imprimía el poder delicado de la muñeca de José Tomás, quien acto seguido se volcó sobre el morrillo para dejar una estocada entera y recibir las dos orejas, mientras el público, de pie, perdía la voz gritando “¡Torero! ¡Torero!”. (Ver video con lo mejor de la tarde)


José María Manzanares, que hace un año nos deleitó con su concepción del arte de la tauromaquia, cierra las notas de esta excelente tarde en la Santamaría. El primero de su lote fue “Danzante” (No. 510, de 492 K). Al lancear a este negro listón y cornidelantero con cuatro verónicas, una chicuelina y un recorte, anunciaba el alicantino lo que tuvo toda su faena: garbo. Define esta palabra el diccionario de la Real Academia de la lengua española con los siguientes términos: “Gallardía, gentileza, buen aire y disposición de cuerpo”. Esto fue, precisamente, lo que tuvo Manzanares ante “Danzante”: garbo, es decir gentileza y disposición de cuerpo, pero sobre todo buen aire. Y también, valga decirlo, lo tuvieron a su modo los banderilleros. Hernando Franco cuarteó bien en su primer par y en el tercero estuvo mejor, yendo de dentro a afuera. Por su parte, Ricardo Santana dejó un par en muy buen sitio, tras una ejecución martillando secamente en las carnes del toro. El público los obligó a desmonterarse. Vino entonces el alicantino a construir esa faena redonda que se inició con tres derechazos y un cambio de mano con señorío. Luego nos deleitó con otros cinco derechazos, tan lentos como profundos. Inició la tercera tanda caminando hacia el toro con elegancia y plasticidad, para desmayar el brazo derecho en cuatro muletazos templados, con la muleta lisa, impoluta. Después, en la cuarta, dio dos derechazos en redondo que parecían una película de cine rotativo. Por naturales fue otra vez todo hondura y elegancia, para luego cruzarse en la siguiente tanda y arrancar los pases de los pitones del toro, que ya estaba perdiendo recorrido. “Danzante” fue un toro fijo y noble, que siempre estuvo en los medios, aunque —como se ha dicho más de una vez de sus compañeros de encierro— tuvo poca transmisión. Remató Manzanares con algo que hacía mucho no veía: mató de una estocada entera, algo delantera, es cierto, pero ejecutada en la mitad del ruedo. Nada más emocionante, si a esto se le añade la vuelta al ruedo al toro y las dos orejas al matador, mientras la plaza gritaba, al unísono, “¡Torero! ¡Torero!”.

Cerró la tarde un corniveleto y listón, sucio de pelaje en los cuartos traseros, de nombre “Cordial” (No. 484, de 494 K). Tras cinco verónicas limpias y una revolera, en las que el toro galopó, repitiéndose con alegría, fue bien al caballo, empujando y metiendo la cabeza con clase. Desde el segundo tercio fue claro que al toro le faltó otro puyazo, pues apretó a los banderilleros, que sin embargo estuvieron a la altura del reto. Paco Amores dejó un buen par, bastante apretado gracias a los ímpetus del toro. Ricardo Santana volvió a martillar en el segundo par de dentro a afuera, y cerró el tercio Amores con un excelente par de riesgo, ante un toro galopando y ganándole los terrenos. Como es lógico, la plaza los vio desmonterarse. El brío con el que embestía el toro fue hasta cierto punto apaciguado por la primera tanda de doblones que dio Manzanares en las rayas del tercio. A continuación, dejó en la retina de los espectadores cinco derechazos con la mano baja, como trazando una línea imaginaria en la arena. El toro se repetía y era pronto en su embestida de bravo, por lo que en la tercera tanda Manzanares estuvo algo deslucido, situación inédita en lo que le hemos visto en esta plaza. No obstante, por la izquierda corrigió esa falta de distancia que le exigía “Cordial” y dejó cinco naturales limpios y luego otros tres, para rematar con un pase de pecho en el que aguantó una eternidad. Para este momento, había un rumor de indulto en poco menos que la mitad de los tendidos, pero para el resto era claro que el toro tenía clase suficiente como para ser premiado con una vuelta al ruedo, cosa que en efecto ocurrió después de que el alicantino, tras un pinchazo sin soltar, lo matara con una estocada algo caída y con mucha muerte. Recibió una oreja como reconocimiento a su labor, que en ocasiones, insisto, estuvo por debajo de las condiciones del toro.


La tarde se apagó definitivamente, y con ella esta alegría inmensa que es asistir a toda una temporada taurina. Salieron en hombros los dos toreros españoles, mientras los espectadores debieron comentar por varias horas más el arte volátil del buen toreo que habían visto en la Santamaría, ese mismo arte que estas notas han querido retratar tímidamente, para que no se vayan para siempre de la memoria.

21 a 22 de febrero de 2010 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ya te leo. No te salvas de eso. Me ayudas a recordar, cosa que cada día no solo me gusta más, sino que me alienta para lo que falta. No te perderé de vista. Lástima que la temporada terminó, pero que bueno que la española comienza