lunes, 8 de febrero de 2010

Un toro con mala suerte



Al llegar a la plaza por la Cra. 5ª, en la esquina noroccidental vi al doctor Efraín Leal, quien durante muchos años fuera médico de la plaza y que aún se sienta, al lado de su hijo, en el palco correspondiente. Lo abordé y me saludó muy amablemente, aunque era obvio que no se acordaba de mí. Creo que la penúltima vez que lo vi de cerca fue en los últimos años del 70 y los primeros del 80. Me identifiqué y le agradecí que hubiera asistido a los funerales de mi padre, en julio del año pasado. Con una candidez insospechada, se quedó mirándome y luego me dio un abrazo, mientras me susurraba al oído:


-Tu papá era mi amigo. Lo mínimo que podía hacer era asistir a su entierro.


Me despedí con el corazón conmovido, recordando aquellas tardes de domingo que terminaban indefectiblemente en la casa del doctor Leal, sentados a una mesa enorme junto a aficionados, apoderados y matadores del momento. Había comida a manos llenas y rodaba el vino y el whisky. Mis ojos atónitos sólo se ocupaban de constatar que allí mismo, en esa mesa, estaban algunos de los protagonistas de la gesta que acabábamos de presenciar. Nada más impactante para un niño enamorado de la fiesta. Qué emocionante era aquello y qué nostálgico es recordarlo.


La tarde de hoy era una de cuchicheos promeseros, ante la presencia de los toros de Mondoñedo, luego de varios años de ausencia en Bogotá. El sol, como ha sido costumbre en esta temporada, castigaba a los espectadores del tendido, que se ventilaban con los abanicos de propaganda, las boletas o los sombreros. Pero el público, que llenó poco más de media plaza, jamás pudo imaginar que la tarde fuera un bostezo interminable, producido por la mansedumbre del encierro y por la incertidumbre de los matadores. Sólo uno de los toros, el cuarto, fue boyante y bravo. Sin embargo, se enfrentó a un torero acelerado y rabioso, valentón —como siempre— y con muy poca profundidad artística. Esto motivó lo mejor de la tarde: el comentario de mi gran amigo Paulo Andrés Valencia, que apareció de sorpresa a mi lado y que, durante el arrastre heroico del toro, sentenció: "Esto comprueba que los toros también tienen mala suerte en el sorteo". 


Vayamos pues a la corrida. El colombiano Sebastián Vargas, vestido de caldero y oro —al decir de los doctos en el asunto—, observó la salida timorata de "Rancherito" (No. 346, de 461 K), un colorado, listón, cornidelantero y capuchino, según los entendidos. En los lances de recibo, nada: el toro distraído y sin fuerza. Cayetano Romero le pegó una buena vara, en la que el toro se empleó con decoro. En los quites, dos delantales salieron limpios. Vargas puso un primer par algo trasero y bien ejecutado, pero fue el tercero el que emocionó a los tendidos, un quiebro al violín pegado a tablas, de enorme exposición. El toro mostraba su condición de manso, dando arreones en la embestida.


Tras el brindis al empresario de la Santamaría, el cucuteño dio tres doblones con mando, que quizá fue lo mejor de la faena. El toro dudaba para arrancarse, como lo hicieron varios de sus compañeros de encierro. Cuando finalmente lo hacía, levantaba feamente la cabeza al momento de salir de la suerte. Luego de tres ayudados con la izquierda, decorosos, "Rancherito" se rajó para siempre y se fue a la querencia. Al entrar a matar, Vargas lo pinchó dos veces, ninguna de consideración. Sorprendentemente, el toro dobló, cansado, aburrido o maltrecho.


Su segundo, "Bienvenido" (No. 364, de 447 K), fue el único toro de la tarde, aquel que contó con la mala suerte de compartir el ruedo con Sebastián Vargas, como lo anotara mi amigo del alma. Negro, listón y algo cornipaso, recibió dos verónicas gustosas y una vara decente de Cayetano Romero. En los quites, algo de alegría estética: tres chicuelinas bajas con cierta personalidad. El primer par de banderillas fue contundente y martillado; en el segundo, cuando el toro se arrancó de largo, Vargas vio que era imposible ejecutar la suerte y optó por un quite a cuerpo limpio, para luego intentar el embroque, que nunca llegó. El tercer par, igual que en su primero: en tablas, al quiebro y al violín. 


Hasta aquí, la cuestión no desentona. No obstante, en el último tercio sólo vimos dos derechazos bien concebidos, un molinete ceñidísimo y un natural hondo. Todo lo demás lo hizo el excelente toro de Mondoñedo: fijo en los medios, de embestida pronta y seria, con casta y nobleza. O sea, un toro. Ante él, un Sebastián Vargas como de película en fast forward: sin temple ni mando, sin ceñirse en el encuentro, caminante y gladiador, cuando no había necesidad de serlo. Luego de tres manoletinas en el tercio, mató de estocada con derrame. "Bienvenido" fue premiado con una merecida vuelta al ruedo en el arrastre, emocionante sobre todo por ver aplaudiendo en sus palcos de callejón a los más exigentes e impertérritos entendidos de la fiesta. La presidencia se dejó conmover por los pañuelos y exageró con una oreja la valoración de la altisonante labor del matador.


El espigado José Uceda Leal dejó un sabor a desconcierto en la Santamaría. Con su primero ("Tejedor", No. 342, de 447 K) regaló a los tendidos cuatro verónicas lentas y dos recortes elegantes. El toro, castaño, listón, cornidelantero y capuchino, metió bien la cabeza en el capote y repitió cadenciosamente la embestida. Sin embargo, en varas dio evidentes muestras de mansedumbre: en los primeros dos intentos salió rebrincando, para recibir en el tercero una vara delantera. "Tejedor" tardeó siempre en la muleta, repitiéndose, sí, pero sin emoción. Uceda dejó maneras y lentitud en la primera tanda por derecha. En la segunda, si usted va a la plaza puede aún asistir a un armónico pase de pecho que se detuvo en el tiempo. Desde la tercera tanda se ubicó muy cerca del toro al momento del cite y estoy seguro de que esto hizo que "Tejedor" se incomodara y embistiera en forma irregular, sobre todo por el pitón izquierdo. Mató de un estoconazo trasero y fulminante, para saludar desde el tercio. (Ver video con lo mejor de la tarde)


"Cavador" fue el quinto de la tarde (No. 135, de 502 K), de hechuras bastante similares al primero del lote del madrileño. Quien fue otro muy distinto fue el matador. El toro fue aceptable en el primer tercio y recibió una vara seca de Luis Carlos Pedroza, "Luisín". Tras un tercio de banderillas en el que lo único destacable fue la torpeza, Uceda inició con asco su faena de muleta y con asco la terminó: sin mando ni temple, se limitó a trapear al toro por derecha y por izquierda, para luego dejar una estocada entera y bien ubicada que "Cavador" engulló como un tragasables. Al segundo intento pinchó sin soltar y despachó al toro con otra estocada entera, ésta sí efectiva.


El primero de Matías Tejela fue "Divorciado", un negro cornidelantero, marcado con el número 354, de 458 K. Hizo una salida contraria y pronto mostró su condición de abanto. Luego de dos verónicas rápidas y una media, la plaza notó que el toro tenía escobillado el pitón izquierdo, condición que suele afectar el comportamiento de los toros en el ruedo, pero no tanto como para explicar lo tardo al embestir que fue este "Divorciado".  Es curioso: Tejela está mejor en los apuntes que en la memoria. La razón es que las notas consignan los aciertos, mientras el recuerdo consigna también lo insípido del conjunto. Inició con dos ayudados con clase por la izquierda; dio tres derechazos sólidos y otros tres naturales, el primero de los cuales fue un ejemplo de aguante. Después le arrancó otros dos derechazos de mérito y le hizo un desplante señorial en la querencia. Mató con lo que los cronistas entendidos califican como estoconazo hasta la bola


El que debía ser el último de la tarde ("Hoyador", No. 335, de 473 K) tuvo que ser devuelto a los corrales por tener partido el pitón derecho. Regresó solo y embrujado por la puerta de toriles para dejar salir al sobrero, el No. 357, de 452 K, un cornidelantero chorreado en verdugo, que tuvo alegría en el capote. Tejela le dio seis verónicas, dos de ellas muy bellas, con las manos bajas. 


Vino entonces algo que está haciendo carrera en esta plaza, más desagradable aun que ese palmoteo festivalero en los tendidos para pedir la música como premio, cuando apenas el matador está iniciando su faena. Se asoma el banderillero (en este caso, el rollizo Hernando Franco, al que la afición bogotana consiente con rastrera dualidad, entre burlona y caritativa) y deja un primer par desigual; a continuación otro, en la frontera de la decencia. Acto seguido, la plaza aplaude como si Louis Armstrong rematara un solo de trompeta y el subalterno “se ve obligado” a saludar desde el tercio.


Cerrado el paréntesis, valga decir que el toro recibió una vara en buen sitio; pero, inexplicablemente, el torero perdió el suyo. No probó al toro en los quites; luego brindó al público una faena trompicada, irrelevante, ante un toro que se repetía pronto y que más tarde se le coló peligrosamente por el pitón derecho. Tejela pensó que no valía la pena arriesgar el pellejo, menos aún cuando los tendidos cocinaban una bronca a fuego medio. Se fue por la espada, metió un bajonazo indecente y luego una estocada meritoria. 


En conclusión, hubo poco toro y menos torero en esta tarde. Y sin embargo hay que ser justos, pues éstos fueron los pretextos para los dos hechos destacables de la jornada: el perspicaz comentario de mi amigo que sirve de título a estos párrafos y el abrazo cálido y nostálgico de aquel entrañable amigo de mi padre.

7 a 8 de febrero de 2010

No hay comentarios: