sábado, 24 de julio de 2010

El rocío de las ruinas


Asisto cada tanto en los suburbios a la función del mago octogenario.

Acostumbró sus días a la artritis
—Que siempre disculpa sus fracasos, o alguno que otro error de maquillaje—,
Y luego supo el por qué del aforo y sus silencios.

Alguna vez fue negro ese sombrero,
Que hoy es más la piedad que la sorpresa del conejo.

Cada tarde enfrenta el escenario con la exacta precisión de una catástrofe,
Y luego saborea su venganza contra quienes llegamos a destiempo:

En su lengua retorcida de Próspero sin súbditos
Cifra la blasfemia del rocío de las ruinas.

Sus manos llueven polvo sobre las fotografías
Y desconchan todas las paredes habitadas;
Resaltan torpes la huella sobre aquel escritorio de caobo;
Ordenan una peste de óxido en las bisagras, los cubiertos, las persianas y otras joyerías; 
Evocan las miserias rutinarias del amor;
Prolongan el encierro en tardes de domingo
Y la angustia visceral de los engaños.

Cada vez que la paloma pierde el rumbo entre la seda empolillada
Y su sable centenario tiñe de sangre nueva el vientre de otra virgen,

Confío hasta la médula en la pobreza de sus ojos.


Para Hernando Salcedo


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