viernes, 23 de julio de 2010

El bicentenario viendo toros

La casa Suescún (JCMC)
La habitación 1 de la Hacienda Suescún lo hace a uno detenerse en el tiempo e incluso, por cursi que parezca, viajar al pasado. Esta amplia alcoba, con antesala de enorme ventanal de piso a techo, tiene dos puertas interiores dobles en madera y ventanas superiores con batientes, también en madera. En la noche, el cierre de los batientes es todo un ritual, y la oscuridad de la habitación en la mañana, al despertar, es una experiencia inolvidable para un espíritu citadino de velos y cortinas de tela, siempre traslúcidas, por pesadas que sean. Dan ganas de dormir a pierna suelta, a mitad del silencio tierno del valle de Sogamoso, y así se hace, incluso después del opulento desayuno tomado a la luz del ventanal de la antesala.

Luego vale recorrer el amplio corredor frontal, donde aún se escuchan los ecos de tacones caballeros y deslices de alpargatas indígenas y campesinas de la servidumbre. Aquí valga citar apartes de la Historia general de las conquistas del Nuevo Reino de Granada: a las S. C. R. M. de d. Carlos Segundo rey de las Españas y de las Indias (1881), de Lucas Fernández Piedrahíta, (consulta del 22/VII/10 en http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia), cuyo capítulo V dice que

[…] y sabida por él la buena suerte que habia tenido su General, prosiguió en su demanda con el resto del campo que allí estaba, juntándose todos al quinto dia en la ciudad de Tunja, alegres de la presa y con presunciones de aumentarla, por cuanto el Gobernador de Baganique, que les dió la noticia del Rey de Tunja, la daba nuevamente de que Sugamuxi, Cacique de la provincia de Inca y Pontífice máximo de los Mozcas, tenia riquisimos tesoros en su cercado y en el templo mayor de aquel Reino […]
Hay un campo raso y ameno ántes de llegar á Sogamoso, que anticipadamente dispuso la naturaleza para teatro en que se representase la tragedia de este suceso. En él reconocieron los españoles numerosas escuadras de indios que su Cacique tenia prevenidas para oponerse valiente, dejando á la suerte de una batalla su buena ó mala fortuna […]


Árboles con "barbas de viejo" (JCMC)

Y más adelante, en el capítulo VII, relata que

Yace la provincia de Iraca (que mudó el nombre en Sogamoso) ocho leguas distante de la ciudad de Tunja, á la parte del oriente. Es casi toda ella de tierras llanas, dilatadas en buena proporcion, y las mejores y más fértiles de todas cuantas tiene el Nuevo Reine de Granada. Fertiliza esta provincia con sus aguas, y divídela en dos partes, el valiente río Sogamoso, cuyo origen repartieron entre sí las ciudades de Tunja y de Toca, donde reconoce sus principios.


Los muchos árboles que arropan la gran casa colonial de la hacienda Suescún están plagados de musgo español (Tillandsia Usneoides), también llamado en América barbas de viejo, una especie de liquen que crece en las ramas de los árboles y que cae frondosamente. A la luz del sol, el musgo da tonos azulados y negruzcos, vivaces y fantasmagóricos a un tiempo.

En los dos potreros frente a la carretera principal hay cerca de cincuenta vacas y becerros bravos, pastando apaciblemente en compañía de un toro adulto, cada lote. Ante nuestra aparición, incluso a una distancia considerable, todas las caras y cornamentas nos apuntan. Pocos minutos después, cuando se percatan de que simplemente estamos contemplándolos, se olvidan de nuestra presencia, seguros de la imponencia de la suya.
Los toros de Suescún (JCMC)

Así pues, ¿qué mejor manera de celebrar el bicentenario oficial de la independencia de Colombia que venir a esta hacienda hotel, otrora casa encomendera, para asistir a una corrida de toros? Cuenta Alfredo Iriarte en su libro Toros. De Altamira y Lascaux a las arenas colombianas. Mitos, leyendas e historias (Bogotá, Amazonas, 1992, pgs. 38 a 52) que los toros llegaron a tierras de lo que sería Colombia a mediados del siglo XVI. El adelantado Alonso Luis de Lugo trajo de España 35 toros y unas cuantas vacas que desembarcaron en Santa Marta y luego viajaron a Santa Fe, a donde llegaron en 1543.

Desde ese entonces vienen presentándose espectáculos taurinos de muy variada índole en la actual Colombia. Con la independencia, dichos espectáculos no fueron rechazados, como sí ocurrió en otras regiones de América (vgr., México). Al contrario. Cuenta Iriarte que en la naciente república siguieron celebrándose corridas de toros, al punto que el propio gobierno dispuso en 1846 que el aniversario del 20 de julio se conmemorara en todo el país con fiestas en las que el evento central fueron las corridas de toros.

Fuimos a “La Pradera” este 20 de julio independentista a ver los toros de Juan Bernardo Caicedo, que resultaron casi todos jaboneros y de regular comportamiento. El cucuteño Sebastián Vargas puso tres buenos pares de banderillas a su primero (un albahío cornialto, de 450 K) pero deslució el tercio al alardear fanfarronamente en la cara del toro. Inició su faena con pases de trámite y poco después se dio cuenta de que el toro se revolvía muy pronto por el pitón izquierdo. Además, tenía una embestida poco franca y calamocheaba al salir de la suerte. Vargas se decidió por naturales, que resultaron deslucidos, por la condición del toro antes referida. Sin embargo, se volcó al entrar a matar y dejó un espadazo espectacular, que sin duda valió la oreja.

Su segundo fue un jabonero cornidelantero de 470 K, con el que Vargas estuvo fatal en la capa. El toro se comportaba muy extrañamente, y algunos espectadores decían que tenía problemas de visión, pero en mi opinión estaba congestionado por su transcurrir en los corrales, de los que salió astillado del pitón izquierdo. El toro se arrancaba de largo y fue probado con acierto por ambos pitones por los subalternos; además, se empleó decentemente en varas. Vargas le dio una decorosa tanda por derecha, paseándose toreramente por el ruedo. Luego dio otra tanda, mucho más honda y comprometida, con un toro que iba bien a las suertes, demostrando clase. El cucuteño decidió cerrar una muy interesante faena, sobre todo por derecha, con una serie de manoletinas en la querencia, para luego dejar tres cuartos de espada perpendicular, rematando con un descabello certero. Recibió una oreja.

Vi a Pedro Gutiérrez Moya, “El Niño de la Capea”, por allá a fines de los años 70 y principios de los 80, en la Santamaría de Bogotá. Su hijo, que ya tiene 31 años y que recibió la alternativa hace 6, anda en plena temporada alta española por tierras provincianas de América, lo que nos indica que su carrera no despega definitivamente. Vestido de azul y oro, el de Salamanca se enfrentó con un bien encornado castaño, listón y bociblanco, de 470 K, que salió con brío a “La Pradera”. Tras el brindis al ganadero, “El Capea” pareció haber decidido torear para que el ganadero viera su toro, pues casi nunca se fue del tercio en el tendido de sombra. No obstante, estuvo bien con la muleta, arrancando a media altura, que era lo que el toro necesitaba. Luego le presentó cuatro derechazos con clase y otros cuatro naturales compuestos. El toro fue noble y fijo, además con recorrido, pero perdió pronto las fuerzas y Gutiérrez aguantó y se cruzó con porfía. El único lunar fueron esos desplantes desproporcionados, que “El Capea” debió dar por creer que eso gusta en la provincia. Entró a matar de verdad y dejó una estocada entera que atravesó ligeramente al toro, pero que fue cubierta inteligentemente por sus subalternos, para que la presidencia le otorgara las dos orejas.

Su segundo fue un jabonero sucio, cornidelantero, de 450 K, que metió muy bien la cabeza desde el principio, repitiéndose con alegría, lo que le permitió al español una muy buena tanda de capa. El toro siguió creciendo en el primer tercio, pues se empleó con enjundia en el caballo del picador Velásquez. Sin embargo, tras un muy buen par de Hernando Franco, el toro le hizo un extraño al matador por el pitón derecho y, luego de dos naturales compuestos, se vino repentinamente abajo, quedándose a la mitad del pase. Valga decir que Gutiérrez puso aguante y valor, rematando con una tanda de estatuarios muy elegantes. Pinchó dos veces sin soltar y luego dejó una estocada entera. El público, emocionado, invitó al emocionado matador a saludar desde el tercio, y éste no resistió la necesidad de dar la vuelta al ruedo.

El bogotano Juan Solanilla arrastra hasta estas plazas a un grupo de seguidores capitalinos —quizás 10 o 15—, de sombreros “uribescos”, que conducen su BMW con banderines pendiendo del espejo retrovisor con la insignia GC del Gimnasio Campestre, o sus camionetas Toyota último modelo, de donde bajan varias jóvenes hermosas acompañadas de sus apuestos galanes que luego dirán, desde sus barreras, “Buena, matador”.

Solanilla en acción (DRRG)
Juan Solanilla ha madurado mucho en estos seis meses, desde cuando lo vimos en la Santamaría de Bogotá. Enfundado en su traje purísima y oro, como Manolete, se olvida de sus áulicos para llevar con donosura al caballo por chicuelinas a su primero, un jabonero de 460 K. Luego, en el quite, regaló dos cacerinas muy ceñidas. Con la muleta, respetó los terrenos del toro, luego de un inicio de faena en el que se vio un poco congestionado. Más tarde, dio dos ayudados por la izquierda con mucha clase a un toro tardo y frío. Entró a matar y pinchó sin soltar, para luego dejar una entera, trasera y un poquito caída. Descabelló y recibió el silencio del público.

Su segundo fue sin duda el toro de mejor trapío del encierro. Era un negro cornidelantero de 500 K, que recibió un puyazo trasero tras ser llevado por cacerinas al paso. Solanilla se destapó con un quite en el cual dejó para la memoria dos bellos faroles. Y luego inició su faena con tres cambiados por la espalda y un natural muy compuesto, que arrancó los olé de sus subalternos. Se fue entonces con dos derechazos muy finos, pero el toro se rajó y se entableró definitivamente. El matador bogotano se encontró entonces en problemas, y parece que padeció mucho, pues recibió los tres avisos.

Para entonces yo, que debía llegar a Bogotá, tomaba la Flota Libertadores de las 7:35 p.m., este bicentenario de la independencia.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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