viernes, 30 de julio de 2010

El cristal con que se lo mire


Motivado por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, he rastreado algunos blogs que se ocupan del tema taurino. En uno de ellos, Cornadas para todos (http://cornadasparatodos.blogspot.com/), encontré la intervención del matador retirado Luis Francisco Esplá ante el Parlamento de Cataluña. Esplá afirma que el problema sobre las corridas de toros es puramente subjetivo, pero profundamente delicado, pues se plantea en términos morales, es decir, en relación con lo que se considera que está bien o que está mal.


Portada de
Muerte en la tarde
Y da la casualidad de que por estos mismos días terminé de leer Muerte en la tarde (1932), de Ernest Hemingway (Barcelona, Círculo de Lectores, 1968). Y en este libro, macizo y lapidario, escueto y limpio, he encontrado algunas citas para defender la afición por la fiesta de los toros. Esta sustentación, evidentemente, está planteada desde un punto de vista subjetivo, pues tal y como lo plantea Esplá en su intervención, el asunto es imposible de dirimir, ya que depende única y exclusivamente de la manera que se tiene de ver las cosas.

Creo que Hemingway se entregó al arte de los toros como ningún escritor contemporáneo no español lo ha hecho. Y comprendió dicho arte a cabalidad, según lo que se colige de las páginas de este libro comentado. Nótese que ninguna de las citas aquí presentadas tiene que ver con el torero, sino con el toro, que es el objeto de culto. Para quienes amamos la fiesta, el único ser digno de admiración es el toro: 
“Un verdadero toro de lidia no tiene miedo a nada ni a nadie y, en mi opinión, es el animal más hermoso que pueda verse, ya sea en movimiento o en reposo.” (p. 106)

No es sólo su estampa, su porte, su gallardía lo que nos embelesa. Son sus condiciones genéticas las que nos deslumbran y cautivan. Como con los gatos, indescifrables, los hombres vamos al  encuentro del toro para magnificarlo, para admirarlo, así al final deba morir: 
“El toro realmente bravo acepta el combate y cualquier invitación a la pelea; el toro combate, no porque se vea obligado o arrinconado, sino porque quiere, y ese valor suyo se mide y puede ser medido sólo por el número de veces que, libre y voluntariamente, sin pataleos, balandronadas ni amenazas, acude al combate con el picador…” (ps. 108-109).

Los antitaurinos encuentran en la suerte de varas una de las más execrables manifestaciones de la crueldad. Para ellos, se trata de herir miserablemente al animal, con el fin de que el público se solace en dicha tortura. Ninguno de los individuos que entre voluntariamente a una plaza de toros para asistir a una corrida aceptará esta aseveración. Nadie va a los toros para ver sufrir al toro. De hecho, entre los defensores de la fiesta la discusión sobre la suerte de varas es encendida, pues los aficionados aún se debaten entre el ejercicio de la pica de principios del siglo XX y el actual. Muchos piensan que el peto actual (diseñado en los años 20 del siglo pasado para proteger al caballo) es un atentado contra el toro ya que, por su excesivo peso y condición casi que blindada, desilusiona para siempre al toro en su intento por ofender a su contrincante. Al respecto afirma Hemingway:

“El papel del caballo no es más que el de proporcionar al toro alguna cosa para embestir, de modo que fatigue los músculos de su cuello y, además, ofrecer un soporte al hombre que aguanta la embestida y que coloca la pica de manera que fuerce al toro a fatigar esos músculos. Su deber consiste en fatigar al toro y no en debilitarle con heridas. La herida hecha con la pica es un accidente, más que un fin, y siempre que se convierte en fin es condenable.” (p. 177)

Y es aquí donde entra la cita que a mi juicio resulta más interesante de Muerte en la tarde: 
“En el curso de la lidia ninguna maniobra tiene por efecto infligir dolor al toro. El dolor que se le hace es un accidente, no un fin. El objeto de todas las maniobras consiste en fatigar al toro y prepararle para la entrada a matar, además de proporcionar un espectáculo brillante.” (p. 183) 

La afirmación de Hemingway es el núcleo de la discusión entre defensores y detractores de la fiesta. Para los primeros, las acciones realizadas en el ruedo con el toro no tienen como propósito su sufrimiento. Insisto en que ningún aficionado a los toros va a una corrida para solazarse con el dolor que pueda sentir el animal. Por el contrario, va a rendirle culto a su poder, a su entereza, a su necesidad de luchar. Y ese culto ritual termina, casi siempre, con la muerte del toro. Así son las cosas, simplemente.

Mucho me temo que entre los dos puntos de vista, como lo plantea Luis Francisco Esplá, jamás habrá conciliación. Puesto que, como diría Susanita, el personaje en ocasiones pérfido de Joaquín Lavado “Quino” en su tira cómica Mafalda, “Mal mirado, el asunto resulta apasionante”. En el caso que nos ocupa, “Mal mirado, el asunto resulta repugnante”. Incluso una relación amorosa, vista con estos ojos, resulta incomprensible, desagradable e incluso desaconsejable. El intercambio de fluidos en el beso, cuando minutos antes jamás nos habríamos imaginado siquiera compartir la misma copa por peligro a una eventual contaminación de cualquier índole; o el acto sexual en sí, en el que las partes hasta hace muy poco tiempo “íntimas” o “pudendas”, pasan a ser objeto de la más impúdica exaltación, admiración y deseo.

Todo depende del cristal con que se lo mire.

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