sábado, 31 de julio de 2010

La paradoja animalista


Los detractores de la fiesta, y no me refiero a los que simplemente no gustan de ella y que los domingos de toros prefieren ir al estadio o quedarse en su casa viendo la televisión o resolviendo un crucigrama, pues para ellos la corrida programada carece de toro interés y por eso la ignoran; los detractores de la fiesta, digo, los que sufren porque ese domingo se reúnen unos cuantos miles de personas en la plaza para ver seis toros en el ruedo y consideran que tal reunión es anatema y debe proscribirse, cuando no censurar a quienes asisten, por no decir meterlos a la cárcel; los detractores de la fiesta, reitero, quieren que las corridas de toros se prohíban para no ofender a los animales en su integridad, en su derecho a existir dignamente. Por lo menos, eso es lo que afirman una y otra vez. De allí que reciban el adjetivo de animalistas.

Dichos detractores han obtenido esta semana su primer triunfo: la prohibición de las corridas de toros en Cataluña a partir del año 2012. Salvemos aquí la cuestión de que detrás de todo este zaperoco catalán hay en verdad una cuestión política nacionalista. (Véase, por ejemplo, el artículo de Javier Villán publicado en El Mundo el 29 de julio pasado, p. 19). Quedémonos con el puro argumento animalista en pro del derecho del toro bravo a existir y en contra de sus tres enemigos acérrimos: los que se enfrentan a los toros y los matan, es decir, los toreros; los que tenemos la inmoralidad perversa y sanguinaria de pagar por asistir a dicho evento, esto es, el público aficionado; y los que tienen la desfachatez de invertir la vida y el patrimonio criando animales bravos para luego llevarlos a morir en una plaza, o sea, los ganaderos. 

No puedo referirme al primero de estos enemigos, los toreros, pues carezco de información suficiente. Lo poco que sé está en mi eterna condición de aprendiz de aficionado, decantada a lo largo de más de treinta años. En esa experiencia me cuesta trabajo recordar a un torero que se haya enfrentado al toro con la expresa intención de agredirlo, de hacerlo sufrir deliberadamente; si lo hubo, tengo la certeza de que fue severamente amonestado por el público pues, como decía Hemingway, el toreo no tiene como fin el dolor del animal. Se trata de un sacrificio ritual. Difícil de entender para algunos, pero eso es lo que es. Como dijo Vicente Zabala en La entraña del toreo (1968): “A los toros no va uno a divertirse. No es un jolgorio, ni una juerga”.

Y aunque yo jamás haya ido a toros en Barcelona, creo en la palabra de Hemingway que decía, por allá por los años 30 del siglo pasado, que la fiesta florecía en la capital catalana, pero que lo hacía sobre una base falsa, pues ese público asistía a las corridas como a un circo: con la única intención de divertirse y distraerse, intención causada por la ignorancia que el novelista detectaba en aquellos tendidos, que imagino plagados de turistas. En este siglo, esa afición catalana venía en decadencia, y eso parece que fue lo que aprovecharon los políticos prohibicionistas.

Lo que quisiera presentar aquí es una invitación a los animalistas para que asuman plenamente la paradoja que está en la base de esta necesidad de prohibir la fiesta de los toros. Una necesidad, dicho sea entre paréntesis, que viene cuando menos del siglo XVI, cuando el papa Pío V promulgó, en 1567, la bula “De Salute gregis Dominici”, en la que se afirma que deben proscribirse “estos sangrientos y vergonzosos espectáculos dignos de los demonios y no de los hombres”. Y más adelante: “Prohibimos igualmente, bajo pena de excomunión y de anatema, a los clérigos así como a los seglares, asistir a estos espectáculos”. (Véase http://www.asanda.org/documentos)

La paradoja a la que me refiero consiste en que, para suprimir por siempre las corridas de toros, lo primero y en verdad lo único que debe hacerse es acabar con los toros bravos. En otras palabras, lo que los defensores de los animales deben hacer para terminar con esta práctica a su juicio bárbara y salvaje es acabar con una especie animal.

Toro de Picasso
¿Quién se encarga de la existencia de los toros de lidia? Evidentemente, lo que se conoce como “el mundo del toro”, es decir, la confluencia de ganaderos, públicos y toreros (sin contar con otros protagonistas que podríamos juzgar como secundarios) en torno a un ritual centenario. Pero lo importante aquí es que el así llamado “mundo del toro” es, como su nombre lo indica, del toro. Del toro bravo. Así que para acabar de una buena vez por todas con esta barbarie hay que exterminar al toro bravo. ¡Bravo!

Los animalistas deberían enfilar sus baterías no contra el espectáculo en sí, sino contra quienes lo originan: los ganaderos y, por ahí derecho, contra los toros bravos. Ya dijo Juan Pedro Domecq Solís, quien fuera presidente de la Unión de Criadores de Toros de Lidia por allá por la década del 80 del siglo XX, que “Sin toros no hay toreo. Y somos nosotros los ganaderos los que hemos hecho posible, a lo largo de muchas generaciones, el milagro del toro bravo…” (Citado por Álvaro Domecq y Díez en El toro bravo, Madrid, Espasa-Calpe, 1986 -3ª ed.-, p. 265.)

Este argumento encuentra sustentación adicional en las palabras de Ernest Hemingway, quien nos recuerda que la intención de prohibir la fiesta de los toros, que cuando menos venía, como dijimos, del siglo XVI, continuaba a comienzos del XX. Dice Hemingway en Muerte en la tarde (p.248), que muchos de los miembros del gobierno de entonces en España “se sentirían orgullosos si pudieran abolir las corridas de toros y, sin ninguna duda, harán todo lo posible en ese sentido, y la manera más rápida para conseguirlo es comenzar por los mismos toros, ya que los toreros aparecen [… pero] los toros de lidia son producto de numerosas generaciones y de selecciones cuidadosas […] y cuando se envía una casta al matadero, esa casta se acaba”. 

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