miércoles, 21 de julio de 2010

La sonrisa seria

Desde el fin de la temporada 2010 en Bogotá me había propuesto asistir a algunas corridas de toros en la provincia colombiana. Sin embargo, la información no fue fácil de conseguir entre marzo y junio, bien sea porque no hay corridas en estos meses o bien porque las que hay simplemente son de muy poca monta y no merecen la atención de los portales taurinos.

Pero es sabido que en julio hay corridas en Sogamoso, Boyacá, en el marco de las fiestas del Sol y del Acero. Así que reservé una habitación en la Hacienda Hotel Suescún, que una colega sogamoseña me había recomendado, para los días 18, 19 y 20 de julio, con el fin de conocer el lugar y, sobre todo, para asistir a las dos corridas programadas.

La casona de la Hacienda Hotel Suescún (JCMC)
La experiencia no ha podido ser más agradable. La hacienda Suescún, convertida en hotel hace cerca de 60 años, es una hermosa casona del siglo XVIII, aunque la encomienda que le da origen es de un siglo antes. Está ubicada en pleno valle de Sogamoso, a no más de 10 minutos en carro de la ciudad. La vía que lleva desde la carretera principal hasta la casa es recta, rodeada por potreros de verdes pastos, donde se alimentan reses bravas y más de una docena de caballos. A medio camino, al costado derecho, hay un corral y una pequeña plaza de tienta construida en piedra. La casa se separa de los potreros por una tapia curvilínea de color blanco que tiene la edad de la casa, coronada por tejas de barro. Se descansa en el pleno sentido de la palabra en este lugar, en medio de árboles centenarios y del colorido de las flores, mientras la compañía vigilante de los toros prepara el ánimo para la corrida de la tarde.

La sorpresa de este encuentro inicial con el hotel continuó al conocer la plaza de toros “La Pradera”, a la que hay que llegar desde la hacienda Suescún cruzando la más bien insípida ciudad de Sogamoso. Y, sin embargo, la plaza no es para nada insípida. No estoy seguro, pero diría que su construcción no debe tener más de 40 años, y desde la calle aledaña se ve modesta y pulcra.

El acceso a pie desde la calle hasta la plaza fue más bien azaroso, pues alcanzar sus puertas implicó recorrer pocos metros de prado que hoy, por ser época invernal, estaban enfangados y peligrosos. A poco de llegar a la puerta de los tendidos de sol, comprobé cómo un hombre de mediana edad limpiaba la chaqueta y el pantalón de paño de un señor mayor, que debía ser su padre, que tenían manchones casi secos de lodo. El viejo se había pegado un porrazo.

"La Pradera" y su afición (JCMC)
El encuentro con el ruedo, los tendidos y el público de la plaza fue también agradable. Los alrededores presagiaban algo funesto, pero lo que uno encuentra es una sencilla y altiva placita de cemento, con su ruedo suficiente y bien cuidado, si atendemos a las condiciones climáticas citadas. Los “tendidos bajos” constan de la barrera, la contrabarrera y las filas 1 y 2; los “tendidos altos”, llamados “entrada general”, son otras 10 filas nada más.

Pero lo importante, lo que realza la plaza y le otorga su porte en miniatura es, por supuesto, la afición que se siente en buena parte del público que asiste a los festejos. Comprendí que el atuendo del viejo del porrazo no era para nada gratuito, aunque sí algo exagerado. Sogamoso toma los toros en serio, pese a las festividades populares que los enmarcan, tan variadas como alcohólicas. Y ya sabemos lo perjudicial que es para la fiesta de los toros el exceso de alcohol en los tendidos.

El conjunto se completa con la actitud de los empresarios, los toros y la terna de matadores. Compartieron ellos esta tarde ese mismo tono modesto, altivo y serio que tienen la plaza y su público. Los primeros lo evidenciaron al presentar una plaza como la descrita, al iniciar el festejo poco después de las cuatro de la tarde, al traer toros de Ambaló, casi todos de buena presentación y de juego aceptable, y al contratar para “La Pradera” al sogamoseño César Camacho —quien decidió volver a matar toros luego de varios años de retiro—, al madrileño Iván García y al rejoneador, que creería antioqueño, Juan Rafael Restrepo. Los segundos, por su trapío y su juego. Los terceros, por su responsabilidad.

Por las cuestiones antes descritas, así como por el desempeño de los protagonistas, la tarde fue más que aceptable. Camacho, de azul oscuro y oro, se llevó el mejor lote del encierro. Su primer toro fue el más serio de todos en lo que hace al trapío: 520 K de un toro negro y axiblanco, de cabeza seria, casi corniveleto, que tuvo la bondad de emplearse medianamente en la vara de Cayetano Romero, y luego acudir con noble fijeza a los engaños del torero.

Con el capote, Camacho hizo un quite del que se destacan dos chicuelinas contundentes. Y en la muleta el diestro local demostró su ya vista técnica y su no poco valor, casi exclusivamente con la mano derecha, pues el toro se le coló al segundo natural, sin malicia, y Camacho decidió con sensatez dejar las cosas de ese tamaño por el pitón izquierdo. Al entrar a matar el toro se volvió caminador y el matador optó por un metisaca en su primer intento, al percatarse de la mala ubicación de la espada. Luego de un pinchazo sin soltar, dejó una entera en buen sitio. Interesante: el público guardó silencio ante la decorosa presentación de su coterráneo.

Su segundo fue un negro sucio, meano, astifino, cuyo pitón derecho estaba astillado. El inicio de la lidia no presagiaba nada bueno, pues el toro fue al caballo con aburrimiento y resignación, y después reflejó falta de fuerzas. No obstante, con la muleta Camacho fue encontrándole el sitio justo al toro que, luego de aceptar con juicio un inicio de faena de rodillas en el tercio, aceptó la invitación que le hizo el diestro al citarlo de lejos, y de lejos se arrancó el toro galopando para luego embarcarse con noble fijeza en los seis derechazos que le dio Camacho sin levantar el pie izquierdo de la arena. El toro tuvo además la bondad de repetirse, aunque le faltaron unos cuantos puntos de bravura —como al resto del encierro— para transmitir verdadera emoción a los tendidos. Luego de una más que decorosa actuación con la derecha y poco menos que nada con la izquierda (pues este toro también se le colaba por ese pitón), el torero local alegró a los espectadores con una tanda de manoletinas, y luego mató de estocada entera en buen sitio. El público lo premió con una muy justa oreja.

Iván García fue otra de las novedades gratas de esta tarde de toros en la provincia. Este joven torero de 27 años tiene un aspecto casi nórdico, pero también tiene muy buenas maneras frente a los toros. Vestido de fresa y oro, García recibió a su primero (un negro listón y cornidelantero, que hizo una salida alegre) con cinco verónicas lentas, haciendo planear el capote, para rematar con una buena media. Tras una vara ficticia de Rafael Torres, en el quite dejó buen sabor con tres chicuelinas y luego se lució en el primer par de banderillas. En la muleta estuvo compuesto con la mano derecha, poniendo el engaño en la cara del toro para impedirle que se fuera a las tablas, que era lo que el toro quería. Con la izquierda, presentó una tanda honda de naturales y una manera de andar en la plaza elegante y pausada. Dejó una estocada entera y algo tendida al entrar a matar, y lo premiaron con una oreja.

Con su segundo no tuvo suerte García, pues fue un toro de 493K, negro corniabierto y cornicorto, el peor, por presentación y comportamiento, de los que fueron toreados a pie hoy en Sogamoso. Dado su carácter suelto y algo incierto, tuvo que ser picado a mansalva, casi sin que se diera cuenta. Pero el madrileño estuvo de nuevo muy bien en el segundo tercio. Esto debió alegrarlo en exceso pues se decidió a brindar al público un toro que había dado muestras de distracción y mansedumbre, las que habría de confirmar en la muleta. Pero García dejó una grata impresión en los aficionados sobre todo cuando, en la segunda tanda de derechazos, hizo todo lo posible por enseñarle al toro a embestir, cosa que pronto supimos que no estaba en condición de hacer, pues el toro demostró su falta de casta el rajarse definitivamente. Al entrar a matar, García pinchó soltando, luego dejó tres cuartos de espada en buen sitio que el toro, sorpresivamente, se tragó. El español llegó de mal genio al burladero luego de descabellar al segundo intento, mientras escuchaba algunas protestas del público.

Puedo apostar que Juan Rafael Restrepo torea muy poco, pero que se entrena muchísimo. Y de seguro que este arduo entrenamiento es la base para el decoro con el que se lo vio hoy en “La pradera”. Tiene una cuadra de caballos de buena rienda y porte torero, y asume su labor con interés alegre pero sin aspavientos ni bravuconerías.

De su primero (negro, cornidelantero, de 471K), se destaca su sincera intención de torear a la grupa con temple, aunque hay que decir que, quizás por las dimensiones del ruedo, el peón de brega tuvo un excesivo protagonismo durante la lidia.

De su segundo, debo confesar que no quería quedarme con un mal sabor al final de esta tarde, así que digo que salí de la plaza poco antes de que doblara el segundo de Restrepo (¿o es que se lidió un sobrero?). Asumo la incertidumbre por no saber cómo terminó todo, pues decidí llevarme en el recuerdo la barahúnda popular y divertida que se formó al salir el sexto de la tarde, un cornidelantero y cornicorto de 459K, que pronto se volvió feo de presentación, si es que ya no lo era desde antes, pues lo único que hizo desde el momento de salir al ruedo fue barbear las tablas con el hocico al cielo, a un paso tan constante como cobarde, como un gigantesco moscardón negro y repugnante.

“Éste va a saltar al callejón”, pensé, pero la actitud confiada de subalternos y otros hombres de la fiesta que suelen estar tras las tablas, junto a uno que otro “colao”, distrajeron mi atención de aquel toro de carrusel de feria. Y entonces crujieron las tablas: el toro había estado a punto de alcanzar el callejón. El griterío emocionado y asustado en los tendidos se sumaba a la perplejidad que recorría el callejón, pues habían olvidado que el moscardón negro que revoloteaba con nerviosismo las tablas no dejaba de ser un toro, manso y cobarde como pocos, pero un toro al fin y al cabo. Así que muy poco después el moscardón lo intentó de nuevo y esta vez sí llegó al callejón, pero no se detuvo allí sino que intentó dos veces alcanzar los tendidos. Entonces, la diversión se hizo griterío jovial y temeroso.

Yo decidí salir de allí en ese momento, llevándome en una sonrisa la impresión de una amena tarde de toros en la provincia colombiana: ganas de hacerlo bien, ciertos detalles y actitudes de mención, la “fiesta seria” y la “fiesta alegre”. Ojo: no la “fiesta rumbera” (desmedida, grotesca, ofensiva, desvergonzada), sino la “fiesta alegre”: la de la sonrisa seria, si ello es posible en la mente de quien lee estos renglones.

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