domingo, 22 de agosto de 2010

Ilusión ganadera y torera


En la población de Villapinzón, en Cundinamarca, está la Hacienda San Rafael de La Merced, de propiedad de don Luis Alfonso Rubiano. Hermosos sus animales de carne y leche, sus pastos reverdecidos por el cuidado que ha tenido de contar con reservorios de agua distribuidos cada tanto en la hacienda. Allí pasta además una ganadería de reses bravas que empezó hace poco más de una década con una decena de vacas y que ahora tiene 250 cabezas Santa Coloma procedencia Murube. Fuimos a la Hacienda San Rafael el día de hoy para ver la tienta de cuatro vaquillas eralas. Los protagonistas de la tienta fueron el maestro Jairo Antonio Castro, el joven torero bogotano Juan Solanilla y el curtido picador Clovis Velásquez.

Esta tarde pude confirmar que para mí el mundo de los toros es más conmovedor y fascinante en estos contextos que en los de las plazas de primera o de segunda categoría. En estas tientas de reses bravas se puede respirar la dedicación del ganadero por su oficio y la amorosa tensión que siente por el desempeño de sus animales. Aquí también se puede comprobar la afición y el conocimiento profundos que tienen los toreros, sean ellos veteranos y ya retirados, pero siempre activos, como es el caso de Jairo Antonio, o sean los que recién inician este duro oficio con enorme ilusión y ganas de mejorar, como Juan Solanilla. Y es aquí también que se puede asistir a la técnica férrea y al mismo tiempo cariñosa que tienen los buenos picadores para medir la bravura de las vacas que habrán de parir en poco más de un año toros que se correrán en menos de un lustro en alguna plaza colombiana.

Clovis Velásquez recibe a la vaquilla de San Rafael
Dos Luis Alfonso es celoso con la tienta. Pocos invitados, a los que se les solicita hacer silencio desde el momento en que sale la vaquilla a la placita de la hacienda. Él da la orden de “¡Puerta!” para que el mayoral suelte la erala que habrá de tentarse. A contra querencia ya se encuentra Clovis con su vara para vacas (que no debe tener más de un centímetro de largo y medio de ancho). Los matadores paran a la vaca con el capote mediante lances variados: es la ocasión que tienen para entrenar y, sobre todo, para que el maestro enseñe al aprendiz. La vaca entonces se fija en el caballo del picador que la cita y la recibe con la puya.

Entonces, los entendidos del toro se fijan en la manera en que la vaquilla empuja al recibir el castigo; si acude al caballo con la cabeza baja o alta; si se crece en el castigo, como diría el poeta Miguel Hernández. Luego, el matador hace un quite y deja la vaquilla puesta otra vez para el caballo, pero ahora un poco más lejos. Esta operación se repite cuando menos cuatro veces, e incluso siete o más. Cuando el ganadero lo considera conveniente da la voz de “¡Vista!”, lo cual quiere decir que ha sido suficiente para juzgar la bravura del animal. Viene entonces la segunda parte del entrenamiento de los toreros, esta vez con la muleta. Dan derechazos y naturales y, cuando la vaquilla lo permite, alguno que otro pase heterodoxo. Por lo general arranca primero el maestro y luego viene el aprendiz, que constantemente pide consejo a su mentor. Cuando la vaquilla da muestra de cansancio se oye de nuevo la voz de “¡Puerta!”, que esta vez significa la salida del animal al potrero contiguo a la placita de tienta.

Matador, picador y erala
Vimos hoy tres muy buenas vaquillas y una cuarta con sentido y genio santacolomeño. La primera, No. 815, muy fija en los engaños, con recorrido y clase, aunque quizás con la cabeza un poquito alta. Fue muy bien al caballo cuantas veces la citó Clovis y recibió el castigo con entereza.  La tercera, No. 545, quizás con mayor fuerza y más kilos que la primera, fue con enorme decisión al caballo más de cuatro veces y tuvo una fijeza envidiable. En la muleta fue desarrollando algo de sentido y de genio, pero fue muy bien embarcada por el maestro Jairo Antonio Castro y luego toreada por Juan Solanilla para que la viera el ganadero. Don Luis Alfonso no estaba muy seguro de dejarla para vientre, pero el maestro Castro parece haberlo convencido de que esa fijeza es un factor clave y la punta de genio que sacó bien puede trabajarse con un semental un poco más noble y bondadoso en la embestida. La última vaquilla, No. 538, mostró una nobleza francamente destacable, aunque sin la misma fuerza de las anteriores. Fue también bastante fija y tuvo el gas suficiente para recibir más de cincuenta pases y luego otros muchos de los aficionados invitados que tuvieron el coraje de lanzarse al ruedo a probar eso de ser torero por unos minutos.

Entonces, el balance de don Luis Alfonso ha sido bastante bueno en esta tarde. Tres vaquillas con casta y bravura, una muy noble y otra con genio del bueno, y las tres con recorrido y fijeza. Una cuarta (la segunda en el orden de salida) será seguramente descartada. Tres de cuatro vaquillas con buena nota: qué más se puede pedir, ganadero.

Matador y ganadero comentan el comportamiento de las vaquillas
Mientras doblaban los trastos y nos encaminábamos a la casa de la hacienda para el almuerzo, Solanilla le manifestó abiertamente su descontento al maestro Castro: “Tiene que enseñarme más en la plaza, maestro, en la cara de la vaca. Aquí ya no me sirven sus consejos. Es allá que me ayudan a aprender a mejorar el movimiento de muñeca, el alargamiento del brazo, la figura mejor compuesta”. El maestro, entre chiste y chanza, medio en serio y medio en broma, le respondía: “Yo te enseño todo el tiempo, Solanilla, todo el tiempo. Tienes que estar más atento a lo que te digo”, y luego soltaba una sonrisa pícara. Pero el joven matador, que tiene unas ganas locas de ser figura del toreo, lo cual se evidencia en algo que en pedagogía llamamos necesidad de logro, no parecía muy convencido.

Cuando los matadores y el picador dieron muestras de retirarse, a eso de las 3:30 p.m., yo —ni corto ni perezoso— solicité un “aventón” a Bogotá. Quería seguir oyendo hablar de toros y, de pronto, “meter la cucharada” un par de veces. El maestro Jairo Antonio se quedó en Villapinzón, donde tenía una cita con unos amigos. Así que desde allí hasta Chía oí la conversación de Clovis Velásquez con un Juan Solanilla enamorado de su oficio.

“Mire, matador. Yo le digo una cosa. En esta profesión usted puede tener 20 o 25 años de alternativa, o puede tener menos de uno, como usted. Pero el secreto está en que entre más experiencia tenga más debe estar dispuesto a descubrir sus errores y más ganas debe tener de superarlos.” Solanilla se quedaba pensativo al volante. Sin embargo, Clovis deseaba decirle otra cosa: “Lo que sí tiene que entrenar es el entrar a matar. Ha estado mal recientemente.” “Es cierto, Clovis. Pero, no entiendo: ¿Sí se acuerda que de novillero no se me iba ni uno? Y ahora es que vengo a fallar.” “Así son las cosas, torero. Eso es lo que le venía diciendo.”

Desde que Clovis Velásquez se despidió de nosotros a la entrada de Chía hasta cuando me despedí del matador en la calle 100 con Autopista Norte, luego del usual atasco de tráfico dominical en la entrada norte a Bogotá, pude entrevistar informalmente a Juan Solanilla y además conversar muy agradablemente con él. Me enteré de que había estado entre abril y mayo de este año en España, viendo corridas de toros y tentando en algunas de las más importantes ganaderías españolas y portuguesas. 

Entonces comprendí que mis comentarios de aprendiz no habían sido exagerados en mi publicación del 20 de julio pasado (“El bicentenario viendo toros”), pues sin duda Solanilla debe haber madurado mucho como torero durante su estancia en España. No obstante, queda toda una vida por delante como matador de toros, y hay que aprender a vivirla día a día, con dedicación, con paciencia y, sobre todo, como él, con necesidad de logro. 

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