jueves, 14 de octubre de 2010

Este es el reto: educación para la tolerancia

El mes pasado, dediqué dos semanas a debatir con mis estudiantes del penúltimo grado de secundaria de un colegio bogotano el polémico asunto de la eventual prohibición de las corridas de toros en Colombia.

Son varios los aspectos que me han impresionado de este ejercicio. En primer lugar, la casi aplastante posición en contra de las corridas, alimentada sobre todo por los prejuicios animalistas y ambientalistas, casi siempre virulentos, agresivos y descalificadores.

En segundo lugar, el que mediante el diálogo, dichas posiciones recalcitrantes en contra de las corridas de toros logran moderarse y, si bien no llegan a modificarse radicalmente, por lo menos tienen en cuenta el punto de vista contrario, alcanzan los terrenos de la tolerancia frente a la diversidad a la hora de comprender un aspecto puntual de la actividad humana.

Por lo tanto, soy un convencido de que, tanto los detractores como los defensores de la fiesta de los toros debemos acudir a procesos educativos, formativos, para conseguir cabal y responsablemente nuestros respectivos propósitos.

Los detractores habrán de educar en pro de la defensa de la vida, en este caso animal, pero sin caer en exageraciones e incluso en mentiras descaradas. Deben descalificarse, por mentirosos, aquellos comunicados electrónicos que afirman que el toro bravo es sometido a vejámenes e ignominias antes de la corrida tales como engrasar sus ojos, golpear sus lomos con sacos de arena e incluso recibir choques eléctricos en sus genitales para disminuir sus fuerzas o acrecentar su furia animal.

Los detractores deben informarse, ante todo, de lo que constituye e implica la actividad taurina. No por ello perderán capacidad argumentativa; al contrario: de seguro hallarán más y mejores argumentos para defender su posición, pero basados esta vez en hechos ciertos, sin deformaciones en todo punto innecesarias.

Así mismo, los defensores habremos de exponer nuestros puntos de vista sin complejos, pues es un hecho que los aficionados estamos cada vez más arrinconados, cada vez más sugestionados por un estigma que se nos ha impuesto y que hemos aceptado implícitamente. Estamos actuando como miembros de una oscura secta, al punto de que algunos ni siquiera aceptamos nuestra condición de aficionados.

La mejor manera de lograr nuestro cometido es emprender una muy juiciosa y sistemática campaña educativa, que implicaría, cuando menos, los aspectos que me permito enunciar, a manera de modesta invitación a los habitantes del mundo del toro.

1.     ¿Por qué existen los ganaderos de lidia? ¿Por qué dedican su vida y sus recursos a esta actividad? ¿Cuál es el trato que reciben los toros y las vacas de una ganadería brava? ¿Cómo entienden los ganaderos el hecho de que sus mejores animales se sacrifiquen en una plaza de toros?

2.      ¿Cómo entienden los toreros su oficio? ¿Por qué se dedican a él, haciendo a un lado el eventual propósito económico? ¿Cómo podrían defender su oficio frente la corriente anti taurina?

3.       ¿Cómo entendemos los aficionados una corrida de toros? ¿Por qué los aficionados no vemos en una corrida un acto esencialmente cruel, sino uno artístico? ¿Cómo y por qué una corrida de toros alimenta nuestra manera de ver el mundo?

Es evidente que, dado el ambiente tan enervado que hoy rodea las corridas de toros, estas actividades que propongo deberían programarse con cuidado. ¡Qué tristeza tener que escribir esto, pero es verdad! La agresividad, la virulencia, la intolerancia de los sectores anti taurinos obligan a tal precaución. No deja de impresionarme esta paradoja, pues los sectores que se autoproclaman defensores de la vida son vistos como agresores implacables.

Sea como fuere, estoy convencido de que este es un camino digno de consideración. No se trata de que los animalistas acudan con fervor a la próxima temporada taurina en Bogotá, Medellín, Manizales o Sogamoso. Se trata de que por lo menos entiendan por qué lo hacemos nosotros. Y también, por qué no, que la juventud taurina acepte y declare sin tapujos su afición a la fiesta de los toros. Porque sin afición, la fiesta dejará de existir.

Éste es el reto: alimentar la afición y dejar de nutrir, por pasividad, el movimiento anti taurino.

12 comentarios:

Rafael dijo...

¿PERO CÓMO OSAN PEDIR TOLERANCIA HACIA UNA ACTIVIDAD CRIMINAL, AUNQUE EL CRIMEN SEA LEGAL? Pedir tolerancia y respeto hacia todo es una simpleza pueril y postmoderna; hay cosas intolerables, hay cosas que no sólo no merecen respeto sino que merecen la lucha por su desaparición. Basta ya de demagogia: los violentos son los que convierten a un hermoso animal en un despojo ensangrentado y mutilado, y los que lo jalean Comprendemos perfectamente la enfermedad moral y social que son las corridas, y no cejaremos hasta su abolición.

Anónimo dijo...

Señor Rafael, creo yo, que por tomar actitudes de ese estilo, frente a una actividad que ha estado presente dentro de un grupo humano por cientos de años, se causaron las masacres étnicas en la conquista.

Rafael Ávila dijo...

Masacre inútil y cobarde la que causan las corridas y demás "fiestas" infames. ¿Tengo que recordar lel sinnúmero de ignominiosas actividades que también estuvieron presentes durante siglos y desaparecieron inexorablemente? La sangre derramada será recordada con incredulidad y repugnancia por generaciones venideras.

Anónimo dijo...

Otra vez soy el anonimo con que usted controvirtio hace un par de meses. Ya ve usted que es enfermo y ofensivo defender lo que usted defiende. Lo mas grave es que usted es un profesor, de niños y jovenes, y aun con sus tiernos entendimientos le imponen a usted el sentido comun, que usted tan habil y engañosamante les intenta torcer. Deje ya de hacer el ridiculo y le recomiendo or segunda vez que intente ir al sicologo para que le demuestre lo hermosa que es la naturaleza y el respecto hacia la vida.¿o acaso va a insistir?

Juan Carlos Muñoz-Collazos dijo...

Insistiré, Anónimo, por varias razones: Primero, porque no me avergüenzo de mi afición y por ende la defiendo públicamente. No me escondo bajo el anonimato pusilánime. Segundo: porque me considero capaz de argumentar; lo de los insultos y las descalificaciones no va conmigo. Tercero: porque los niños y jóvenes son capaces de respetar las posturas contrarias, cosa que muchos adultos no hacen (infiriendo que usted lo sea). De todas maneras, gracias por leerme.

Anónimo dijo...

Claro que ud no se averguenza ni se avergonzara, es decir es un sinverguenza que aprovecha su condicion de docente para corromper el sano desarrollo de los niños. Respeto, o irrespeto, es un concepto que ud tampoco comprende. Torturar un animal hasta hacerlo vomitar sangre es respeto?? pero a quienes censuramos ese acto somos los agresivos e irrespetuosos. Que capacidad de argumentacion la suya tan particular.

Juan Carlos Muñoz-Collazos dijo...

Interesante el juego de palabras del inicio. Nada más.

Anónimo dijo...

Querido Anónimo, osea yo, debo decirte/(me) que antes de criticar a alguien informarte apropiadamente, especialmente si al que criticas desarrolla una labor de docencia, o podrías quedar ante muchos ojos como un ignorante. Ademas, creo que el concejo dado, el de ir al psicólogo, lo deberías aplicar tu/(yo)mismo, ya que esta doble personalidad nos esta matando.
Att. Anónimo (yo, tu, él)

Enrique Martín dijo...

Juan Carlos:
Me ha parecdio una delicia su reflexión. Luego habrá quien la censure, y a lo mejor tenemos que contar con que nos llamen bárbaros, sinvergüenzas, criminales, asesinos, ignorantes y no sé que más cosas, pero no tenemos que resignarnos a dar nuestra opinión y que conste que yo les puedo llegar a comprender, mucho más de lo que ellos se pueden imaginar. En eso también les llevamos ventaja.
Un saludo y mis felicitaciones, de bárbaro a bárbaro, aunque sea desde el otro lado del mar.

Juan Carlos Muñoz-Collazos dijo...

Enrique:
Sus palabras y felicitaciones son un hondo natural, lentísimo... casi inmóvil..., que permite la com-unión, "aunque sea desde el otro lado del mar".
Además de lo significativo que es para mí el seguimiento que hace de mis comentarios de eterno aprendiz de aficionado, resalto dos de sus observaciones: la de que nosotros llegamos a comprenderlos (a los anti taurinos) profundamente, y por ende a respetarlos; y sobre todo la de que NO debemos RESIGNARNOS a expresar nuestra opinión. Es necesario rechazar (las mentiras, las difamaciones, los insultos)y, más importante aún, (cuando menos en Colombia) es urgente explicar, describir, exponer, ilustrar, difundir todo aquello que vaya en pro de la afición y por ende de la existencia de los toros, y aun más importante, en pro de la tolerancia.
Nuevamente gracias. Ojalá se nutra y florezca nuestra comunicación.

Alheram dijo...

Del mismo modo que el filósofo Michael Sandel clama por rescatar el arte perdido del debate democrático, considero que los grandes temas de la filosofía moral están a la base de todo debate de relevancia. Un debate que se fragua en un foro democrático, donde los ciudadanos están en compañía de sus convicciones morales en la búsqueda de acuerdos sobre la cosa en sí, a partir de la definición de la naturaleza de lo que se habla (sea la tauromaquia, el matrimonio homosexual o el calentamiento del planeta).

Este recurso aristotélico sortea la ineficacia de interlocutores hablando sobre cosas diferentes pretendiendo referirse a la misma, porque supone un esfuerzo por aproximar el objeto de la discusión desde la definición misma de la naturaleza de lo que se discute. Una definición que es provista por la opinión de la mayoría, o grupo de interés; garantizando que el objeto de la discordia sea el mismo en definición estricta, así diverja el ámbito moral de referencia. El ejemplo que presenta Sandel es el matrimonio homosexual: éste es uno si se define como una unión destinada fundamentalmente a la procreación y otro si es una unión garante de estabilidad jurídica de la pareja, formalización del compromiso afectivo, etc. En el primer evento el matrimonio homosexual es un contrasentido que debe estar fuera de la ley, no así en el segundo.

Sólo a partir de la definición de la naturaleza de la tauromaquia que provean los aficionados, ganaderos y toreros, como grupo de interés, podemos decir algo razonable sobre lo aceptable de un certamen semejante o sobre los argumentos que soportan la definición misma. Si la naturaleza de las corridas de toros consiste en propiciar un escenario para gozar con el sufrimiento de los toros y vitorear con oles la crueldad del torero al desconcertar e infligir dolor al toro, excitarse con los borbollones de sangre que brotan del animal y luego llegar al éxtasis con el debilitamiento y la muerte que provoca la estocada final es, cuanto menos, un vejamen de baja calaña. No obstante, no tengo la impresión de que sean esas las motivaciones de los taurinos.

He hecho el esfuerzo consciente de pasar por alto la falta de civilidad de algunos comentarios a los escritos de esta bitácora en busca de algún argumento que permita considerar el pretendido intercambio de ideas como un debate sobre la prohibición de las corridas de toros. Por ahora, no he encontrado uno que se ocupe de la naturaleza de la tauromaquia más allá del insulto a los aficionados o que no acuse desconocimiento craso del mundo de los toros, a un nivel que hace juzgar sus afirmaciones como caricaturas inútiles para generar opiniones razonables.

No soy aficionado a los toros, tampoco antitaurino, aunque convencido de que los seres vivos merecen un trato digno. En el caso que nos ocupa, digno en el sentido de la dignificación de los seres humanos en su relación con los toros de lidia y no como la antropormofización que atribuye al bovino derechos humanos. Por esto, acepto la invitación de Juan Carlos Muñoz a participar de esta discusión, cuando exista una. Por ahora, sólo veo emanaciones de intolerancia que sólo pueden llevarnos por senderos del prejuicio y la estulticia.

Andres dijo...

somos pocos los que queremos que esta afición perdure por siempre, juan ca sus palabras nos representan muy bien