jueves, 18 de noviembre de 2010

El jagüey

Dice www.peruecologico.com.pe que la época sin agua en el bosque seco puede durar entre nueve meses y varios años. La naturaleza cuenta con un paliativo para esta situación: charcos de agua, conocidos como jagüeyes. Estos jagüeyes son indispensables, “pues son las únicas fuentes de agua durante la prolongada época seca”.

Para los aficionados colombianos, y para este aprendiz capitalino en especial, la temporada taurina nacional, encabalgada entre noviembre y febrero, es un jagüey. Son nueve meses deambulando en el desierto, alimentándose con lo que aparezca, superando a veces las talanqueras de las ocupaciones cotidianas y esas otras implícitas del desplazamiento a la provincia. ¿Vamos este julio a Sogamoso?... Sí, pero ¿cuánto vale? Supe que hay corrida en Ubaté… Ya veremos. Este domingo hay toros en Suesca, ¿te le apuntas?... ¿Y quién torea?En Choachí se anuncia un cartel que promete… Hombre, no puedo, tengo un compromiso familiar.

Y yo, que soy remolón y acomodado, no voy solo. ¡Qué pereza el  intermunicipal! La sed de toro padecida durante meses es mi culpa, ya lo sé.

Tomado de: Photos ©2009 Brent Stirton/Reportage by Getty Images for Circle of Blue
El jagüey taurino colombiano, ése que limita al pasado con noviembre y al futuro con febrero, es un espejismo casi total. 


No se puede, o al menos yo no puedo —mi sueldo docente lo impide—, pasar por Armenia al medio de diciembre para luego rodar montaña abajo hasta la de Cañaveralejo en Cali en fiestas decembrinas y recibir el año al compás de una fiesta que, aunque venida a menos, tiene el tuétano nutritivo: los toros.

Con la más modesta imaginación, sumemos: el transporte (hacia el occidente sigue siendo aceptable el terrestre); un hotel que merezca las cinco estrellas de la palabra digno; entradas para los días de corrida, digamos en una localidad discreta (las primeras filas del tendido alto de sol); comidas de tentempié; y poco más…, muy poco menos.

Resultado: imposible.

Llevo dos años pensando en abonarme a la plaza de Manizales para la temporada de los primeros días de enero y siempre hay un accidente que lo impide: es urgente ir al odontólogo, y el mío tiene unos colmillos draculescos para cobrar; mi ropero huele a senectud, y el cambio es obligado; la familia convoca a una reunión nostálgica en Dominicana, y mi sobrina esgrime un argumento irrefutable: “Familia mata Toros”.

Así que no tiene caso imaginar siquiera el tomar un avión en la mañana del sábado rumbo a Medellín (pues hacia el noroccidente la opción terrestre se descarta de plano), ver los toros en la Macarena esa misma tarde y estar de regreso el domingo en Bogotá.

Entonces, resignación: me conformo con beber del jagüey que es mi abono a la Santamaría en Bogotá. En esta ocasión me inflo de orgullo abrevadero para repetirme que en el 2011 se cumplen 80 años de esta plaza, “Una de las más importantes de América”, sí señor. 


Desde abril, deshidratado de toro, he alucinado con que la empresa se haya esforzado para elegir encierros que merezcan la ocasión, así como que haya vencido en la puja que implica conformar ternas que convoquen afición.

Vistos los carteles oficiales de Bogotá 2011, poco o nada tengo que decir de las ganaderías, salvo que en mi condición tauro-sedienta me gustaría ver otra novillada, diga usted mixta, con ejemplares de hierros que tienen poca resonancia (San Rafael, Suescún, El Capiro de Sonsón, etc.). Ellas, estoy seguro, recibirían la invitación como un reto. Además, permitiría el fogueo de ávidos pichones de toreros que se empecinan en lanzarse, literalmente, al ruedo. Y el público se refrescaría, si se parte de precios módicos.

En cuanto a los toreros, en la promesa bogotana 2011 bebo ya en las desconocidas aguas de Hermoso de Mendoza, Daniel Luque y Sebastián Castella; he probado las de “El Juli” y Luis Bolívar, así como las de Pepe Manrique, “Ramsés” y Sebastián Vargas; con todo, me quedo con la dulzura de Juan Solanilla.

Por lo tanto, a las orillas de mi jagüey taurino, con el mayor de los respetos tengo derecho a preguntar, en tanto abonado: ¿Qué cuernos hace “Cayetano” en medio de Luis Bolívar y Hermoso de Mendoza, la tarde del 23 de enero, con toros de Ernesto Gutiérrez?

Y, sobre todo: ¿Quién es Santiago Naranjo? ¿Qué méritos tiene para hacer el paseíllo junto a Julián López y Sebastián Castella el 20 de febrero para matar dos toros de “Las Ventas del Espíritu Santo”, justo cuando se estarán secando las aguas del jagüey bogotano?

La respuesta a las dos preguntas es la misma: No lo sé. Ojalá “Cayetano” y Naranjo sean aguas de las que nunca quisiera dejar de beber. Sinceramente, lo dudo. 


Yo habría convocado a Solanilla y a “Ramsés”, por ejemplo, pues me refrescan la sed.

5 comentarios:

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Leyendote descubrí que mi afición taurina ha sufrido el embate del tiempo... Ni siquiera estoy familiarizado con los nuevos nombres de nuevas figuras!!! No se que decir al respecto... Por lo pronto el francés, creo, Castela, toreó hoy en la Plaza de TOros de Mexico. Pude verlo y disfruté, al tiempo que aceitaba un poco las viejas bisagras de mi afición.
Espero que Castela sea de los nuevos elegidos, ya que si al haber disfrutado viendolo torear hoy resultara ser que "no es", pues simplemente mi afición habra sido finalmente vencida por la avalancha de olvido que estos lares donde la tauromaquia sencillamente no existe, le dejan a uno como aporte.