miércoles, 19 de enero de 2011

Muy parecido todo, o casi todo

La temporada 2011 en la Santamaría de Bogotá, que conmemora sus ochenta años, se inició el pasado sábado 15 de enero con una novillada. En el festejo todo resultó igual. O casi todo, pues cuando impera la uniformidad lo escasamente distinto resalta.

Los novillos de San Martín parecían cortados con la misma tijera: cárdenos, bragados y meanos, la mayoría cornidelanteros (algún cornipaso, uno otro bizco o astillado); mansos, huidizos, dubitativos, tardos en la embestida, de corto recorrido, echando la cabeza arriba o revolviéndose apenas al terminar el encuentro.

Muy parecido todo, o casi todo.

Lo distinto fue sin duda el cuarto novillo de la tarde (“Altanero”, No. 202, de 378 K), que se empleó con gracia en la pica, meneando la penca del rabo erecto bajo el sol picante de la sabana bogotana. Fijo y noble, se repitió en la muleta y transmitió emoción a los tendidos.

Lo mismo con la terna de novilleros. Tan ganosos como inexpertos, valerosos ante las volteretas y los puntazos. Elegantes, eso sí. Hay que recordar lo que eran esas novilladas de los años 70 y 80 del siglo pasado, con aquellos muchachos de semblante pálido, fantasmagórico, que se enfundaban en trajes desteñidos por el uso de otros.

La falta de experticia de los de hoy fue sobre todo clara al momento de matar. Estocadas caídas, varios descabellos, uno o dos avisos; nervios, ansiedad. “Tienen las suertes muy poco hechas”, dirían los entendidos, aunque todos mostraron “buenas maneras”. Aquí vamos, aunque no en el orden natural de los sucesos.

Sergio Blanco no tuvo suerte en el sorteo y se llevó lo peor. Con su primero (“Capisolero”, No. 205, de 400 K) estuvo decoroso y dio una buena tanda de derechazos. Al segundo (“Amanecer”, No. 201, de 440 K) le entregó una voluntad no exenta de errores (estocada entera y ligeramente caída, ocho descabellos, dos avisos y una otra estocada definitiva).

El español Luis Gerpe, quien toreaba su primera novillada con picadores, se despachó con seis verónicas compuestas en su primero (“Trianero”, No. 98, de 380 K). Remató el preámbulo de capa con un lance de verónica en el que, al momento del encuentro, dejó caer el capote de la mano derecha, desmayado y torero. Bello. En el tercio final dejó un derechazo hondo y largo y tres naturales con clase, aunque por exceso de confianza se llevó una voltereta al “perderle la cara” al novillo. En su segundo (“Quitasusto”, No. 203, 447 K), se lo notó nervioso e incierto, en ocasiones descompuesto, sobre todo por la izquierda.

Ya lo dije: muy parecido todo, o casi todo.

Lo digno de mención vino encarnado en Leandro de Andalucía, que demostró ritmo al correr la mano en los pases de muleta, pese a que en su primero tropezó con un novillo gordo (“Artillero”, No. 99, ¡de 477 K!) por no darle las distancias necesarias y se llevó un puntazo en el escroto. Valeroso, fue atendido en el burladero y terminó la faena con decisión.

Con el ya mencionado “Altanero” señaló tres verónicas y una revolera muy justas. Inició el tercio de muerte con un cambiado por la espalda que generó emoción, para luego emplearse con muchísimo decoro gracias a dos derechazos y tres naturales que confirmaban que este joven tiene ganas y “madera” para ser matador de toros.

Qué decir de la brega, del primer tercio…, del segundo. Y qué decir del público.
Varas insignificantes, cuando no irregulares. Capotazos que van y vienen. Pares de trámite. Eso sí, muchas órdenes vociferantes desde los tendidos (“¡Jálalo! ¿Es que no entiendes?” “¿Y este es el muchacho que toreó en Madrid? ¡Increíble! ¡Dale distancia!” “¡Por eso mi papá no viene a estas cosas y me regala las boletas!” “¡Con el español sí que se notan las diferencias!… ¡Hasta en el culo!”).

En fin, muy parecido todo, o casi todo.

Lo memorable estuvo en la vara seca que recibió el cuarto novillo de la tarde y el excelente par de banderillas que le ejecutó “Chiricuto”, que le mereció el aplauso y el saludo desde el tercio. 

Y más allá de esto, nuestro vecino de la derecha, que no tenía más de tres años, que en el regazo de su madre y con sus ojos verdes, sus cachetes regordetes, pecosos y algo sucios, gritaba a media lengua “¡Ole! ¡Ole!”, mientras citaba a un novillo imaginario con su minúsculo abrigo de color verde.

En esto, en lo distinto, está el futuro. Ni más ni menos. 

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