jueves, 20 de enero de 2011

Todos colombianos

Primeras corridas en la Santamaría.
Tomado de: A. Iriarte, Toros (1992)
Cuenta Alfredo Iriarte en Toros. De Altamira y Lascaux a las arenas colombianas. Mitos, leyendas e historias (Bogotá, Amazonas, 1992, p. 77) que a fines de los 20 del siglo pasado la capital colombiana necesitaba una plaza de toros. El llamado “Circo de San Diego” y otras plazas de madera que hubo en la ciudad cada tanto eran “desentabladas” —es decir, destruidas, parcial o totalmente— por la masa de espectadores descontentos ante alguna actuación.

Así que Ignacio Sanz de Santamaría emprendió en 1928 la construcción de la plaza de toros que habría de llevar su nombre. Dice Iriarte: “La solemne inauguración tuvo lugar el domingo 8 de febrero de 1931. Asistió el Presidente de la República, doctor Enrique Olaya Herrera, […]. Los diestros de aquella tarde histórica fueron Manolo Martínez, Mariano Rodríguez “El Exquisito” y Ángel Navas “Gallito de Zafra”, todos españoles, y los toros de la ganadería Mondoñedo, de don Ignacio Sanz de Santamaría. Los precios de las entradas eran de $3.30 para la barrera de sombra; palco con 6 entradas $9.00; tendidos de sombra, entre $2.00 y $1.60, y sol $1.00”.

Personalidades en la inauguración de la Santamaría (1931).
Tomado de: A. Iriarte (1992)
Casi ochenta años después, este 16 de enero estuvieron en la Santamaría los “Mondoñedos”, parientes muy, pero muy lejanos de aquellos toros lidiados aquel febrero de 1931. Al contrario de aquel año, este cartel fue colombiano: Pepe Manrique, “Ramsés” y Juan Solanilla. Como es natural, también los precios han cambiado: una barrera de sombra cuesta hoy $365.000 (poco más o menos US$ 150) y mi puesto del tendido de sol (fila 14) está en $135.000 (unos US$65).

Poco más de media plaza en los tendidos en una tarde plomiza, que auguraba lluvia. Muy interesantes los cuatro primeros “Mondoñedos”; se infiere entonces que el curtido Pepe Manrique se llevó lo mejor.

Su primero (“Hoyador”, No. 376, de 537 K) fue un toro con trapío: castaño oscuro, listón, cornidelantero y ensillado. Cumplió en la capa, aunque distrayéndose. Luego de una vara mínima y de un tercio de banderillas aceptable, estuvo fijo en la muleta, aunque hubiéramos deseado un punto más de transmisión. Faena de Manrique en los medios, que dejó en la memoria una tanda de derechazos con mando y temple. Marró con la espada (dos pinchazos soltando, dos medias saliéndose de la suerte, luego tres cuartos de estoque, un aviso y descabello). Despedimos al toro con aplausos.

El cuarto (“Bambuquero”, No. 386, de 462 K) nos mostró lo que significa el que un toro cambie a lo largo de la lidia. Negro mulato, listón y cornidelantero, tuvo un comienzo incierto, frenándose al momento de encontrarse con el engaño. Salió tres veces suelto del tercio de varas, pero con la muleta se empleó en los medios graciosamente, repitiéndose y transmitiendo su casta, con recorrido y energía. Creo que Manrique estuvo, como dicen los entendidos, “por debajo de las condiciones del toro”. Planteó una faena vibrante, con poco temple y mucho movimiento, sin mayor compás. Mató bien, pero “Bambuquero” se “tragó” la espada y debió descabellar. El toro mereció los aplausos en el arrastre y al torero lo agasajaron con una oreja, tal vez exagerada.

“Bienvenido” (No. 385, de 517 K) nos desconcertó a todos. Negro listón y cornidelantero, hizo una salida cansina. En el ruedo, fue pronto claro que algo pasaba con la pata izquierda: encalambrada o con el casco fracturado. Los tendidos reclamaron el cambio del toro con ahínco. Pero “Bienvenido” fue al caballo con personalidad, que generó un tumbo espectacular: el caballo literalmente patas arriba; congestionado el picador; encelado y engarzado el toro en el peto; susto en los monosabios; subalternos que ora tiraban de la cola del toro, ora mandaban al vuelo sus capotes allá, ora acullá; vocerío en los tendidos. En suma: una vara irregular, accidentada. Esto le indicó al toro que, hasta el momento, era el claro ganador. Por ende, el segundo tercio fue poco menos que un desastre. 

Sin embargo, “Ramsés” estuvo lúcido con la muleta. Colaboró el toro, hay que decir, sobre todo por el pitón derecho, lo que permitió al joven matador dar una tanda de estimable composición. Al finalizar la faena equivocó las distancias, pero compensó el yerro con mucho valor, aguantando pétreo las embestidas de “Bienvenido”. Mató de estocada entera, perpendicular y ligeramente contraria, para luego saludar desde el tercio. “Bienvenido” fue despedido con aplausos.

Para cuando salió el quinto, ya llovía en Bogotá. No torrencialmente, pero llovía. Tomar apuntes enfundado en el chubasquero negro fue poco menos que imposible. Resultado: Nombre del toro, ilegible; número, 381 (ojalá); peso, 460 K. Castaño de pelaje, sí, y astifino, también. Lo claro fue que “Ramsés” estuvo compuesto con este toro complicado, cruzándose con él y aguantándole el recorrido. Las cinco manoletinas de enorme riesgo en los tercios, hacia el final de la faena, creo yo que le valieron la oreja.

Juan Solanilla, que se abre espacio en este medio a punta de dedicación y entrega, tenía esta sola tarde en su plaza. Y el asunto estuvo complicado. Su primero (“Canciller”, No. 360, de 500 K) fue un buen toro negro, cornidelantero y amorrillado. Fijo y con casta desde el inicio de la lidia, recibió una vara trasera de Rafael Torres y estuvo compuesto en los doblones de recibo del matador bogotano. Hacia el final del tercer tercio, Solanilla perdió las distancias y “Canciller” empezó a tardear y a mostrar complicaciones. El matador pinchó soltando y luego dejó una estocada entera y caída, al límite del bajonazo. Silencio y algunos aplausos al toro.

Al último (“Cavador”, No. 373, de 466 K) lo recibió Solanilla con verónicas rodilla en tierra y una revolera interesante. Sin embargo, la plaza ya estaba fría, por la lluvia y por la fiesta. Tras los dos primeros tercios que auguraban muy poco (“Cavador” que sale huyendo de la vara y que luego se para en banderillas), el joven Juan inició con doblones de estilo y dio un natural que vale el renglón ante un toro descastado y marrullero. Lo demás, poco más que nada. En la muerte, todo a peor. Infinidad de intentos, dos avisos y yo ya para entonces fuera de la plaza.


Con todo, lo que me quedó en la memoria de esta tarde fue el trabajo pulcro, aunque un poco demasiado lucido —la verdad—del subalterno Ricardo Santana en el cuarto de la tarde. Mandón con el capote, desplegado como una sábana; geométrico y bailarín en sus desplazamientos del tercio al centro al tercio; elegante en sus pasos hacia atrás. Un torero. De plata. Pero torero.


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