domingo, 6 de febrero de 2011

Seis estocadas de entrega seis

Luego del memorable encierro de Santa Bárbara lidiado el 17 de enero de 2010 en la Santamaría (ver “El toro, primero y siempre”), esta plomiza tarde tenía tinte torista, como dicen los entendidos. Vimos un encierro con estampa, aunque desigual en el peso; vimos un toro importante en el ruedo, el segundo de la tarde; pero, sobre todo, vimos seis estocadas sinceras, unas mejor concebidas que otras, sí, pero todas con una entrega y una efectividad que hacía mucho tiempo no se veía en la capital colombiana.

Diego Urdiales, de azul turquesa y oro, confirmó su alternativa con “Centauro” (No. 637, de 531 K), un castaño astracanado, cornidelantero y ojo de perdiz cuyo trapío arrancó en la salida los aplausos de la media plaza que hubo esta tarde. El toro tomó bien el capote de Urdiales, que dejó tres verónicas dignas, pero se distraía con facilidad. Al caballo de Diego Ochoa fue feamente, sin emplearse y rebrincando en el castigo. En banderillas fue creciendo, sobre todo con el sobrio tercer par de Jaime Devia. Y en el tercio final se convirtió en un buen toro bravo, humillando al momento del encuentro y con un recorrido largo. El riojano le dio tres derechazos de temple compuesto y otros tres naturales profundos. Terminó con ayudados por alto y una trincherilla elegante. Mató de estocada entera, tendida por un pelo. Recibió una oreja, tras los aplausos que recibió el toro en el arrastre.

Su segundo, el último de la tarde (“Manchego”, No. 640, de 511 K), fue otro castaño ojo de perdiz, bocinero y cornidelantero que se llevó una vara infame, traserísima, de manos de Clovis Velásquez, la que sin duda afectó su comportamiento de bravo. Brindó a César Rincón para que la plaza evocara a su ídolo con el canto de “¡Cééésaaar! ¡Cééésaaar!”, que fue un himno en las tardes de triunfo del maestro bogotano. Urdiales comenzó con algo de precaución mediante pases de castigo y doblones toreros. Poco a poco fue ahormando al toro para arrancarle dos derechazos templados, un natural de mano baja y un cadencioso pase de pecho. “Manchego” desarrolló peligro al final de la faena, tras otros dos derechazos y un pase de pecho con clase, cruzándose el torero, que mató de estocada entera en buen sitio. Recibió aplausos.

Como la corrida, Miguel Abellán (palo de rosa y oro) fue de más a menos hoy en la Santamaría. Con su primero (“Cocinero”, No. 620, de 450 K) dejó tres verónicas limpias ante un negro cornialto que echaba la cara arriba y las manos adelante. “Cocinero”, alegre y de galope pronto, tuvo el defecto de calamochear durante toda la faena. Abellán estuvo bien en dos derechazos iniciales, y luego en cuatro naturales muy bien preparados y ejecutados, con hondura y lentitud. Las dificultades de la embestida del toro le hicieron perder el engaño hacia el ocaso de la faena; después, por derecha, “Cocinero” le marcó la cornada en un instante de peligro sordo. El madrileño mató de estocada entera, ligeramente trasera y tendida, pero efectiva. El público le exigió la vuelta al ruedo.

Su segundo, el quinto de la tarde, fue “Incógnito” (No. 650, de 464 K). Sé muy poco de toros, pero creo que este “Incógnito” tenía el pitón izquierdo más corto, claramente arreglado. Quizás se estrelló en los corrales, no lo sé; o tal vez necesito unos lentes más potentes. Sea como fuere, con este jabonero sucio, listón y corniabierto, Abellán dejó para el recuerdo cuatro verónicas de manos bajas, la segunda tan grácil y tan lenta que se perdía entre los ojos del público. “Incógnito” recibió una vara seca, breve y en buen sitio, a la que respondió con pundonor. Andrés Herrera puso un par de mérito, por el aguante y la exposición, ya que el toro tardó en arrancarse. Desde el momento en que fue llevado al caballo, “Incógnito” mostró una gana irrefrenable por la querencia de toriles, aumentada por el hecho de que el ruedo no fue suficientemente bien limpiado a la muerte del cuarto de la tarde, que murió barbeando las tablas entre el burladero 4 y la primera puerta de toriles. Así que en la muleta el toro se empecinó en echar la cara arriba, defendiéndose, y defendiéndose se fue a la querencia suya, lo cual resulta lógico. Pero no lo es el hecho de que Abellán le permitiera hacerlo, medroso, desangelado. Con todo, Abellán siguió la tendencia que marcó esta tarde: dejó una estocada entera y certera.

El cucuteño Sebastián Vargas volvió a triunfar en la Santamaría. Sin lugar a dudas, es el torero más eficaz hoy en Colombia. Con su segundo, el cuarto del festejo (“Dominguero”, No. 647, de 453 K), un castaño en negro, si se me permite la expresión, también cornialto, dejó un par de banderillas en todo lo alto, ejecutadas de adentro a afuera. El toro recibió una vara limpia, en la que recargó con alegría. La faena del colombiano se desarrolló casi toda por el pitón derecho, con cinco pases templados y hondos, rematados con los de pecho, que estuvieron serios. Luego de componer dos naturales épicos, el toro fue perdiendo recorrido y Vargas lo despachó de un estoconazo impecable. El toro fue aplaudido en el arrastre y el torero saludó desde el tercio.

Y lo mejor, aunque se altere el significado primario de una crónica, debe dejarse para el final. “Castellano” (No. 654, de 574 K), fue el segundo de la tarde, primero del lote del torero colombiano. Este negro, a punto de corniveleto, de cuello corto y presencia señorial, fue aplaudido en la salida. Trotón y distraído al comienzo de la lidia, aunque mostraba una condición inmejorable: humillaba y tenía recorrido largo. Aunque perdió las manos un par de veces mientras iba al caballo, la impecable vara de Cayetano Romero (en todo lo alto, firme, con la duración justa) hizo que “Castellano” se empleara a fondo, con el rabo al aire y los ijares vacíos. Vargas se despachó entonces con un quite por chicuelinas, dos de ellas tan bajas que peinaban el ruedo. Luego, en banderillas, electrizó al público con un par, el tercero, ejecutado al quiebro en tablas y a una mano.

Su faena de muleta por la derecha estuvo sobria, con más de una docena de pases en las varias tandas que le regaló el toro, todos con temple y mando, con sequedad pero con arte, al punto que el toro terminó planeando en la embestida y los tendidos confundieron un excelente toro bravo, con el único defecto de la distracción, con un toro de indulto y empezaron a batir los pañuelos blancos. Tras varios remates de pecho que fueron hasta la hombrera contraria, Vargas se empleó dignamente por naturales, cinco de ellos bajos y hondos, submarinos. Pero, sin lugar a dudas, lo mejor fue que no se dejó enamorar por el público indultista. Fue por la espada, cuadró al toro y, en un santiamén, se volcó sobre el morrillo con una verdad y una entrega que puedo apostar a que “Castellano” dobló en buena parte por la manera en que Sebastián Vargas fue a matarlo.

Antes de recibir las dos orejas, Sebastián Vargas salió al tercio para aplaudir a “Castellano”, tan inerte como digno, que daba la vuelta al ruedo con un manojo de claveles delicadamente puestos en su costado por un subalterno, mientras la plaza aplaudía, de pie, a un toro bravo.

3 comentarios:

Juan Medina dijo...

Juan Carlos, muchas gracias por tu crónica. En España aún no hay noticias de la corrida de hoy en Bogotá y estaba deseando saber cómo había resultado la tarde. Especialmente, quería saber de Diego Urdiales, un torero cabal y profundo. Ha sido un lujo enterarme a través de tus palabras, precisas y resaltando todos los tercios de la lidia.
Un abrazo.

Juan Carlos Muñoz-Collazos dijo...

Gracias, Juan, por tus palabras. Las considero un elogio.

Jose Luis dijo...

Hola, como veo que compartimos aficiones taurinas te invito a que pases a visitar mi blog.

http://azulnocheyoro.blogspot.com/

un saludo