domingo, 20 de febrero de 2011

Y se acabó la dicha

La ceremonia (Foto: Camilo Arango)
Vimos hoy en Bogotá la última corrida de esta temporada 2011, con toros de César Rincón, todos de gran trapío pero desiguales en su juego. Alternaron Santiago Naranjo, jovencísimo torero de Manizales, capital del departamento de Caldas, que confirmaba la alternativa. Su padrino fue Julián López, “El Juli”, y Manuel Jesús “El Cid” su padrino. Más no puede pedir este muchacho, que además se llevó una oreja y los aplausos de la Santamaría.
Santiago Naranjo mostró algo crucial para convertirse en un buen torero y, por qué no, en figura: un valor acorazado y sincero. Su primero fue “Capitán” (No. 501, 470 K), un negro cornidelantero, al que le dio tres verónicas ceñidísimas. El toro hizo una interesante pelea ante una vara destacada de un picador a quien lamentablemente no pude reconocer. Naranjo hizo un quite por chicuelinas garbosas rematadas por una media verónica bien concebida. Al salir de la media el torero resbaló y quedó a merced del toro, que no fue por él; se levantó, dio unos dos o tres pasos alejándose de “Capitán”, que en ese momento lo vio y se le fue encima para propinarle un golpe seco pero al mismo tiempo compasivo con la testuz, que mandó al joven matador colombiano por los aires. 
Consecuencias de la inexperiencia (Foto: Camilo Arango)
Tras el susto, vimos compuestos a “Procuna” y Hernando Franco en banderillas. Para este momento, era claro que el toro era complejo, al punto de ser difícil, caminador y de embestida poco clara. Pero Naranjo, tan eléctrico como el azul de su traje, decidió plantearle una faena que comenzó sentado en el estribo para luego irse de rodillas y dejar dos pases más emocionados que meditados. Con la derecha el manizaleño estuvo decoroso ante un toro que pronto empezó a quedarse a la mitad del pase. Naranjo no se amilanó. Aguantó en vilo el peso del toro (porque los toros pesan cuando se paran a la mitad del pase) y le arrancó unos cuantos derechazos más. Mató de estocada entera, algo tendida, y el toro que dobla en la mitad del ruedo. Se llevó una muy merecida oreja este muchacho, que sin duda ha esperanzado al público bogotano.
Su segundo, “Lulito” (No. 562, 529 K) fue un negro cornidelantero y astifino al que Naranjo le dio unos lances de verónica algo rápidos pero bien pensados y luego tres chicuelinas que calaron en los tendidos. En el caballo, “Lulito” recibió primero una vara muy trasera y luego otra pegada a mansalva, con el toro dormido en el peto: infame. El colombiano estuvo vistoso con dos orticinas y media verónica en el quite, para que luego James Peña cumpliera en banderillas y Hernando Franco dejara un par sobrio, mientras la plaza rompía en aplausos ante el anuncio de “El Juli” de regalar un toro. Naranjo inició su faena de rodillas, citando al toro de largo, que se arrancó al galope, con enorme fijeza. Los derechazos estuvieron templados, aunque un poco rápidos. Luego, por la izquierda, dio tres naturales decentes, bien compuestos, sobre todo el primero. Tras un redondo invertido que emocionó a los tendidos, se fue por trincherazos y el pase de la firma. Naranjo pinchó sin soltar; luego, dejó una estocada defectuosa (tres cuartos, delantera, caída y perpendicular) que no bastaron para hacer doblar al toro. Tras tres descabellos, el público lo obligó a salir a saludar desde el tercio y Naranjo, eléctrico como su traje, y alegre en su juventud, se inventó una vuelta al ruedo que todos le perdonamos.
Julián López, “El Juli”, vino a Bogotá solamente esta tarde. Y estuvo superlativo: primero, torerísimo; molestísimo y arterísimo después; y, finalmente, en su toro de regalo, enrabietadísimo.
El Juli por chicuelinas (Foto: Camilo Arango)
El segundo de la tarde, primero de su lote, se llamó “Clavelito” (No. 639, 489 K), un negro listón y cornivuelto que fue abanto en la salida. “El Juli” nos regaló tres verónicas lentísimas y muy bajas (el capote como la vela de un barco cuando hay viento apacible), para rematar con una media elegante. Luis Viloria dejó una mínima y trasera, en la que “Clavelito” cumplió, tras tardarse en arrancar. El madrileño fue al quite y compuso dos chicuelinas por cada pitón, equivalentes a lo que en música se conoce como adagio. Las banderillas de Álvaro Montes y “El Piña” fueron de trámite. Y lueg)o “El Juli” que inicia la faena citando de largo para dar seis derechazos preciosos, casi sin enmendar la figura, con un toro que galopaba y se arrancaba de largo. Después, tres derechazos de mano muy baja y el toro que planeaba al embestir, para rematar con el de pecho mientras la plaza se ponía de pie, emocionada, tras otros tres derechazos atornillado al piso. Por el pitón izquierdo el toro tenía mucho menos recorrido y emoción, así que el madrileño le dio tres naturales a media altura, justos y medidos, para luego arrancarle tres derechazos más a un toro parado y, de repente, dar un cambiado por la espalda que resultó telúrico. Pinchó “El Juli” en su primer intento y luego se volcó con un estoconazo en el lugar perfecto. Su labor recibió una oreja como reconocimiento.
El segundo de “El Juli” fue “Patanatas” (No. 648, 544 K), un negro cornidelantero y bizco del pitón izquierdo, cuyo comportamiento fue tan feo como su nombre. Aunque peleó en la vara, el toro tuvo muchas complicaciones, pese los extraordinarios pares de Ricardo Santana y el buen par de “El Piña”, que los hicieron merecedores del saludo desde el tercio, montera en mano. El maestro español hizo cuanto pudo por arrancarle pases a este “Patanatas” que se quedó parado, como en huelga, sin casta y comportándose como manso. Entonces, vino lo que nunca le había visto a “El Juli”: tras un pinchazo soltando, pinchó  seis veces, soltando y sin soltar, pero siempre saliéndose descaradamente de la suerte, para luego dejar una estocada trasera y contraria, rematando con un descabello deslucido y lánguido. La plaza pitó al toro y guardó silencio, por respeto al nombre del maestro.
Vino el séptimo, el de regalo, lo que hacía años no se veía en esta plaza: “Morenito” (No 610, 487 K), un negro listón cornidelantero y bien hecho que tuvo una salida alegre. “El Juli” dejó un par de verónicas elegantes ante un toro que galopaba. “Morenito” se arrancó de largo al caballo, donde recibió una vara mínima, para que después “El Juli” hiciera un quite por navarras elegantísimas y muy lentas, para rematar con una media de ensueño, con el toro recibido en la cadera del matador. “El Piña” dejó un par aceptable y Ricardo Santana otro extraordinario, martillando desde arriba y mostrándole la panza a los pitones del toro. “El Juli” quiso alegrar a los tendidos con molinetes vistosos y naturales a media altura, para luego dar dos derechazos que fueron literalmente arrancados a un toro parado. El madrileño le plantó el cuerpo y la muleta a menos de diez centímetros, y fue robándole los pases a este “Morenito” que ya no quería nada. Enrabietado, “El Juli” porfió por la izquierda y le quitó otros dos naturales. Tras un arrimón de estremecimiento junto a las tablas, dio pases de castigo de pitón a pitón. Pinchó soltando y luego dejó media estocada un poco trasera, para que el toro doblara y el matador recibiera una oreja.
Verónica de "El Cid" (Foto: Camilo Arango)
Manuel Jesús “El Cid”, de caldero y oro, hizo su segundo paseíllo consecutivo en Bogotá, en sustitución de Sebastián Castella y, valga la verdad, luego de su actuación, nadie extrañaba a la figura francesa. Su primero fue “Esfumado” (No. 603, 440 K), un toro cornialto, negro y bien hecho, que huyó ante el primer capote que asomó al ruedo y que luego fue abanto ante la capa de “El Cid” que, luego de pararlo, le dio dos verónicas lentas y otras dos medias en el centro del ruedo. Diego Ochoa corrigió una primera vara trasera, para que después “El Boni” pusiera un par delantero y otro decente, mientras Alex Benavides dejaba un par bien compuesto. En la muleta, “Esfumado” se revolvía tan pronto terminaba el pase, o incluso antes, tanto por derecha como por izquierda, con lo que generaba mucho peligro. EL matador pinchó sin soltar y luego dejó una estocada entera y tendida, que fue suficiente. El toro recibió pitos y “El Cid” silencio.
En su segundo, “El Cid” dio un ejemplo de uno de los pilares del toreo: el mando. El quinto (No. 616, 479 K) se empleó en el caballo en forma decente, castigado por una vara delantera, breve y seca. Jaime Devia dejó un buen par ante el toro que se arrancó de largo y que luego se dolió excesivamente por los arpones. “El Cid” citó de largo, en el centro del ruedo, y el toro se arrancó de largo y al galope, y fue recibido con un derechazo perfecto, al que siguió una tanda de temple y de mando. Un ejemplo de autoridad en el ruedo que se repitió de nuevo por derecha y después en dos tandas de cuatro naturales cada una, bajísimos y serios, rematado por un desplante torero que consiste en abanicar la muleta y luego ir enrollándola en el estaquillador, para finalmente posarla sobre el hombro derecho. Mató de estocada entera, un pelo caída, para recibir dos orejas, quizás algo exageradas. El toro, cuyo nombre se me escapó, recibió aplausos.
Así terminó la temporada de los 80 años de la Santamaría bogotana. La nostalgia es inevitable. Sin embargo, hay algo que levanta los ánimos. La corporación anunció hoy que el próximo año habrá una corrida más.  Excelente noticia: significa que la afición está viva, y creciendo.

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