jueves, 21 de abril de 2011

Los toros en Bogotá (San Victorino)

Plano de Bogota, 1910
La historia colombiana dice que el grito de Independencia ocurrió el 20 de julio de 1810, en Santa Fe de Bogotá. Pues bien, según Camilo Pardo Umaña, en el libro que he venido reseñando, hubo toros en Bogotá antes de terminar el mes de julio de 1810. Más aún: desde el 20 de julio de 1846 se impuso la costumbre de celebrar la independencia con espectáculos varios, en especial con corridas de toros, que ocurrían en la plaza de San Victorino.

Un testigo de excepción, citado por K-Milo, fue Rafael Eliseo Santander (Bogotá, 1809-1883), quien escribió en la segunda mitad del siglo XIX la crónica “Las fiestas en mi parroquia”. Rastreé el documento por Internet y pude conseguirlo completo. Lo edité según la conveniencia de plasmar el tránsito de la fiesta de los toros desde la época colonial a la republicana (1819-1889), según la periodización de K-Milo. Los curiosos podrán consultar el texto completo en: http://books.google.com.co/books?id=TAlGEZgwWRMC&pg=PA23&lpg=PA23&dq=Las%2Bfiestas%2Ben%2Bmi%2Bparroquia%2BEliseo%2BSantander&source=bl&ots=UNkpGzeVar&sig=ere3S-L4xu7Wu1-jlwqAGBJQMMw&hl=es-419&ei=hoOwTYjM


Dice Eliseo Santander:

“Esta sociedad que bulle, que hace esfuerzos por sacudir el ropaje viejo y echarse a volar vestida de lo nuevo, se siente sin embargo con ataduras, con hábitos que pareciera ya haber perdido y que de repente como que los recobra y se ostenta más aferrada a ellos. (…)

“(…) yo, hombre entrado ya en mis sesenta y cinco años, con todos los recuerdos del antiguo régimen y con una tintura innegable del colorido de este siglo, bajaba por la calle de San Juan de Dios, ágil y despierto, vivo y alegre como un muchacho, a plantarme en la Plaza de San Victorino a esperar desde las doce de la mañana el encierro de los toros que se dispusieran para la corrida de la tarde. Era un día de esos del mes de julio, sin lloviznas y sin brisas, y en que el sol brilla al través de una atmósfera transparente que deja ver los cerros acortando la distancia, y el cielo puro como la radiante fisonomía de la beldad. (…)

“De repente los gritos y carreras de los muchachos, el bullicio en los tablados y una nube de polvo que se divisa por el camino que del lado de occidente forma la entrada a la ciudad, anuncian el encierro. Seis toros bravíos en compañía de perezosos bueyes vienen escoltados por un número céntuplo de jinetes enlazadores, armados los unos de púas y los más de retorcidos rejos en actitud de plantarle un lazo que peine por los mismos cachos a la fiera más arisca que intente la fuga. Es de ver esta comitiva, compuesta en su base de legítimos jinetes diestros en el arte de domeñar un toro con el lazo o con la púa, otros aficionados, que se avanzan sobre las fieras en actitud provocadora, fingiendo destreza e impavidez, y los más que a respetuosa distancia, cubriéndose el rostro para evitar la polvareda, cierran la cabalgata que entra al cercado entre silbos y gritos desaforados. No hay una fisonomía inerte, una mirada tibia, una boca silenciosa, unas manos ociosas: la sorpresa y la alegría se pintan en todos los rostros convertidos en aquel momento hacia los toros, dirigiendo miradas escrutadoras, calificándolos por sus pelos y señales. (…)

“Allá están unos artesanos que desde temprano se afanan disponiéndose para el encierro y han tenido que alquilar caballo, emprestar silla de montar, las espuelas y todo el tren de caballería,(…). En otro término están los orejones con sus rejos y zamarros, su apostura de diestros jinetes, haciendo ostentación de su habilidad para enlazar, (…). Fatigados de la tarea de conducir y encerrar los toros, esperan el momento en que los orejones aficionados, que se atavían remedando el tren de los originales, los invitan a tomar un trago de brande, como ellos dicen. A esta sazón, ya el Presidente de la República, so pena de pasar por impopular, por déspota y tirano, ha dejado su caballo y, rodeado de la comitiva de buen tono, se pone a la mesa en que el coñac y el brandi, el madera y el jerez han reemplazado a la mistela y al anís, quedando los bizcochitos y arepitas como monumentos de que antes acompañaran a la olvidada horchata, (…)

“La gravedad y gentileza, la decencia y compostura, el lujo y magnificencia que reinaban en aquellos buenos tiempos, ¿qué se han hecho? Ruido y desorden, desvergüenza y osadía, oropeles y zarandajas de ningún valor, es sólo lo que veo, porque lo positivo todo ha desaparecido. (…) “Figúrate, hijo mío, recorriendo a paso mesurado esta plaza en medio de una cabalgata presidida por Santander, oyendo una música marcial y el eco de mil voces entonando himnos a la Libertad, a la belleza y a nuestros héroes; celebrando los prodigios de Bolívar, las mil batallas de la lucha por la Independencia, y
¡Viva Colombia ceñida
De laureles y de oliva!,
¡Viva su Libertador,
Viva el inmortal Bolívar! (…)

“En esto ya el toro había recorrido dos veces la plaza, más bien ansioso de buscar salida que de habérselas con los toreadores.
-¡Qué es esto!- exclamé-, ya no hay chuceros ni jinetes de púa y rejón, no toreadores propiamente dichos: todo es desorden, gentío, gritos y silbos. Allá cae uno, más allá tres, aquí atrapa el toro a aquél que no pudo alcanzar el cercado; entre dos vigas de éste ahogan a una mujer que desapercibida metió la cabeza para no ver, y -¡que se hunde un tablado!-, ¡que suena una banderilla, ¡que se salió el toro!... ¡Y a esto llaman juego de toros! Yo diría más bien de imbéciles, de locos, de atolondrados que todo lo han pervertido, todo lo han degenerado en vez de sostener un entretenimiento tan humano, por lo menos, como el pugilato. (…)

“No hay término de comparación entre lo que veo y lo que en mis tiempos se hacía. ¡Aquéllas sí eran fiestas! Al punto de las tres de la tarde, presente el señor virrey en su balcón y el ilustre cabildeo en su puesto; desierta la plaza y libres las barreras, entraban en aquélla los toreadores y chuceros presididos por los de a caballo, todos vestidos con trajes adecuados y uniformes, con cintas y perendengues, con capitas de colores, haciendo la envidia de los chicos. Esta tropa daba vuelta en derredor de la plaza y en seguida Pichico, gorra en mano y rodilla en tierra, imploraba la real licencia y recibía del cabildo la llave del toril. Salía la fiera afamada de la dehesa de Canoas, Fute o La Conejera, afiladas las astas en vez de recortadas, y daba al diablo con la tropa de chuceros destinados a provocarla; en seguida los puyadores ejercían su oficio enardeciendo al animal para que el toreador pudiese lucir su destreza clavando con maestría y ligereza banderillas preñadas de palomas encintadas, que al reventar aquéllas abrían su vuelo sobrecogidas y espantadas. Llegado el momento fatal, el hombre del rejón afirmándose en los estribos, bien sentado en la silla, llama la fiera, espérala a pie firme, y, y ¡saz!, aciértale en el cerviguillo y queda tendida a los pies de su caballo. En el caso malogrado, un toreador de a pie acudía veloz, desafiaba al animal y a la embestida dábale el golpe de gracia. Entonces se oía un grito de sorpresa y de admiración, y mientras se hacían comentarios, el toro muerto era arrastrado por enjaezadas mulitas y sacado de la plaza, y entre tanto el otro ya estaba listo para salir a jugar. Así se deslizaba la tarde, y para que nada faltase, a las cuatro y media la nobleza, el señorío y el bien pueblo de Santafé tomaban el refresco o colación, a la vista de todos y con singular confianza, aquéllos, haciéndola en rico servicio de oro y plata, cuanto en bordadas toallas y servilletas, comenzando por tomar el dulce y luego el aromático chocolate; y el pueblo, siempre humilde, se contentaba con su merienda, es decir, con las indispensables papas cubiertas de hilachoso queso y de sabroso guiso, provocando con su fragancia el apetito, recreándole el gusto al masticar un rostro de cordero sazonado delicadamente y tostado a calor de un fuego lento, desengrasando luego con ricos tragos de la que Dios crió tan amarilla y sabrosa.

“Decidme ahora, ¿qué tenéis que oponerme a estas sencillas y modestas costumbres, cuasi reglamentadas por un ceremonial de corte, que hacían del espectáculo de los toros un verdadero recreo en que sobresalían la destreza y habilidad y orden y compostura, todo a propósito para inspirar interés y entretener la atención? Hoy, con un gentío inmenso que se introduce por todas partes, se convierte en un lugar de diversión en Babilonia que nada ofrece de grato, si no fuera por el natural impulso de reunirse los hombres para ver y las mujeres para ser vistas. Despojad vuestras fiestas de esta segunda parte, y una plaza de toros entre nosotros quedaría con la positiva barbaridad que le atribuyen los que han sido en París para aprender a despreciar las costumbres que no han conocido.

“-¡Tío, tío, que se cae el tablado! Así era la verdad. Alarma terrible, gritos de desesperación, afanes, convulsiones. ¡Que se salió el toro! ¡Que nos coge! ¡Ay! ¡Ay!...

“Y yo, molido y escarmentado, hui de la plaza para no nunca volver a toros, prefiriendo molestar a mis lectores con cuadros tan pálidos como éste que aquí finaliza.”

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