sábado, 23 de abril de 2011

A propósito del 23 de abril, día del idioma


Desde siempre, uno de los asuntos que más me ha enamorado de la fiesta de los toros es su relación con el lenguaje. Llevo ya algo más de dos años dedicado a plasmar con palabras lo que veo en una plaza de toros, o lo que siento al leer un libro que me vincula en sangre a mi apellido y a la fiesta, o lo que considero racionalmente que debe ser un derecho de un grupo de ciudadanos en un país cualquiera.

Antes de esos años, me impresionaba la manera que tenían los aficionados de tratar el lenguaje, y por el lenguaje se enfrascaban en las más profundas discusiones, siempre sin solución. No me gustaba aquello, en mi niñez. Me parecía antipático. Creía que la amistad no debía llevar a aquellos polvorines (valga aclarar, frecuentemente alimentados por el alcohol).

De allí que casi nunca hable cuando asisto a tertulias taurinas. Creo que es como en el amor: las palabras sobran, porque no alcanzan a capturar lo que se siente, y por eso mismo se oyen a borbotones. Es comprensible la actitud, no el discurso.

Y, no obstante, creo a pie junto que es en la fiesta de los toros en donde la lengua española alcanza los máximos puntos de precisión y claridad. Es esta la razón de por qué es tan difícil. Dedico horas a distinguir entre las pintas y cornamentas de los toros, para no hablar de las fases de comportamiento en el ruedo; me desvelan los términos técnicos que diferencian a un toro bravo de uno noble o de otro con casta, y de todos sus cruces posibles.

Mi condición de aprendiz me indica que falta mucho tiempo para que llegue a algo significativo. Por eso me limito a citar, en este 23 de abril, Día del idioma (cuestión que me parece discutible), a dos autores tan distintos como Antonio Caballero en Toros, toreros y públicos (Bogotá, Áncora, 1992) y José María de Cossío en Los toros (tomo II, 3ª ed., Madrid, Espasa-Calpe, 1961).

Permítaseme primero citar a Antonio Caballero:

Antonio Caballero
(tomada de: www.semana.com)
“Un personaje de J.L. Borges, `Funes el memorioso´, imaginó un sistema de numeración en el cual a cada número natural —que son todos distintos—, correspondía un nombre distinto: `en lugar de siete mil trece decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoleón, Agustín de Vedia. En lugar de quinientos, decía nueve´. El lenguaje de los revisteros taurinos es ese sistema. Por eso, muchas veces, resulta rigurosamente incomprensible: enfrentado a describir cada vez algo distinto, el cronista tiene que utilizar cada vez una palabra distinta y está condenado a no repetirse jamás; y no puede hacer trampas: un toro badanudo, por ejemplo, no puede ser sino eso: badanudo” (p. 33). 


Poco después dice: “A los toros se les habla en castellano: no hay torero, por francés o portugués que sea, que no les diga en su lengua: `¡Ju, toro, Ju!´, con la jota bien nítida, para que entiendan. El término filosófico weltanschauung, que en alemán quiere decir `visión del mundo´, se pronuncia en español: `¡Ju! ¡Toro! ¡Ju!” (p.43). 

Y poco más adelante afirma: “Todo un lenguaje rico, preciso, exacto, como el que pedía Herrera para la poesía: que para cada cosa exista una palabra, y que a cada palabra corresponda una cosa. Porque no es lo mismo un trincherazo que una trincherilla, ni un toro levantado que uno aplomado, o que uno encampanado, o que uno amorcillado en tablas”. (ps. 47-48)

D. José María de Cossío
(tomada de: www.cossio.com)
De don José María de Cossío quisiera señalar algunas de sus entradas consignadas en el tomo II de Los toros, incluidas en su apartado “Los toros en el lenguaje” (ps. 238-242). Cossío incluye allí voces que estaban en boga en el lenguaje popular.

Con respeto, escojo las que creo comunes, en mayor o menor grado, en el español colombiano de hoy. Atrevidamente, incluyo entre paréntesis las variantes de las expresiones originales. Consigno, al final, dos que me parecen significativas.

Ponerse (Está) hecho un toro.- Ponerse furioso.
Ser un mal bicho.- Del toro y de las personas se dice.
Ser una (Actuar a la) vaca loca.- De la alborotada, alocada, turbulenta.
Ya está el toro en la plaza.- Anuncio de que va a comenzar lo que se recela.
Ver los toros desde la barrera (…).- Ver las cosas o sucesos desde seguro, sin arriesgar nada en ello aunque importe.
Tirarse (Lanzarse) al ruedo.- Lanzarse a la acción.
“(En el) Burladero.- Designando lugar seguro.
Bregar.- Trabajar afanosamente
“Darle a uno la alternativa.- Concederle categoría para la beligerancia.
“Ser un maleta.- Inhábil para la profesión.
“Cortarse la coleta.- Abandonar la profesión, desistir de las aficiones.
“Torear a una persona.- Entretener su pretensión sin ánimo de satisfacerla.
“Farolear.- Presumir vanamente.
“Dar largas. – Diferir lo inconveniente.
“Echar un capote.- Intervenir para disimular un error o plancha.
“Hacer el quite.- Verificar que han sido enmendados los errores.
“Al alimón.- Obrar en colaboración.
“Toreando (Ver los toros) desde la barrera.- Torear de seguro y a cubierto de riesgo.
“Escurrir el bulto.- Inhibirse con disimulo.
“Crecerse al (en el) castigo.- Redoblar el ardor ante los ataques.
“Quedarse en la querencia.- No moverse de la posición que se cree más ventajosa.
“Los trastos de matar.- Los instrumentos eficaces para cualquier acción.”

Para rematar, dos tímidas contribuciones:

Al toro, por los cuernos.- Ir directo al problema
Soy toreado en varias plazas.- Tengo experiencia.

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