viernes, 22 de julio de 2011

Un poco más de lo mismo

Este domingo 17 de julio volvimos a “La Pradera”, en Sogamoso, y recibimos un poco más de lo mismo de la tarde anterior. Algo más de media entrada, tardanza de 35 minutos para iniciar el festejo e irrespeto por los asistentes, pues Emilio de Justo, anunciado en los carteles, fue reemplazado intempestivamente por “Ramsés”, hijo de Alberto Ruíz, “El Bogotano”, torero de los años 70 y 80. Lo acompañaron el joven y petulante matador Santiago Naranjo y el rejoneador Francisco Javier García, hijo de don Antonio García, dueño de la ganadería de Vistahermosa, que lidió sus toros hoy.
La excusa para demorar el inicio de la corrida fue la presencia a las puertas de la plaza de unos 200 manifestantes anti-taurinos que, según me comentaba la dueña de un restaurante cercano, se convocaron por medio de redes sociales. “Vea usted”, me dice la señora, “yo creo que son más los manifestantes que los aficionados”. Y a mí se me encogió el alma, debo decirlo.
García tras un rejón de castigo (DRRG)
Francisco Javier García estuvo decente parando a la grupa a “Limonero” (No. 108, de 450 K), un negro cornidelantero, bragado y meano. El toro se dolió bastante luego del primer rejón de castigo, puesto a la distancia pero en muy buen sitio, y persiguió con cierto celo pero sin mucha emoción. Luego del segundo rejón por el pitón derecho, excesivamente trasero, pudimos ver cómo el toro fue muy bien al capote del peón de brega. El tercio de banderillas largas fue un concierto de inexactitudes: el primer palo, delantero y bastante lejos al momento del “encuentro”; el segundo, fallido, ante la duda del rejoneador, pues el toro se arrancó de largo; el tercero, bien concebido, pero el toro se quedó sin ganas de perseguir; el cuarto y el quinto, bien colocados. Valga decir que el toro persiguió con ganas y fijeza durante esta fase de la faena y García pudo torearlo con temple. Entró a matar y pinchó, luego dejó un segundo rejón de muerte muy trasero y que el toro escupió pronto; en el tercer intento falló y al cuarto dejó un pinchazo hondo que no fue suficiente. Tras el primer aviso, resolvió el asunto con un bajonazo criminal, para recibir unas palmas a todas luces excesivas.
Su segundo, del que no consigné datos, fue una reproducción más o menos fiel de su primera faena. En conjunto, la actuación tanto del jinete como del toro fue desigual. El primero, a veces muy “ido” de las suertes y en ocasiones reuniéndose con el toro y el caballo en un conjunto armónico; el segundo, persiguiendo con ganas y sin emoción. Entró García a matar y pinchó; después, dejó una estocada en buen sitio, aunque ineficaz. Sonó el primer aviso y debió acudir el sobresaliente, dejando una estocada delantera y perpendicular, para luego rematar con otra mejor concebida. El jinete oyó el silencio del público.
"Ramsés" prepara el lance (DRRG)
“Ramsés” es un joven torero de finas maneras y detalles exquisitos. Torea muy poco, pero en la Santamaría siempre ha dejado gran recuerdo. Así que su repentina presencia en el cartel fue una sorpresa agradable. Su primero fue un cornicorto de nombre “Lentino” (No. 95, de 450 K). Recargó muy bien al caballo de Ricardo Sarmiento, que le dio una vara en buen sitio, aunque quizás excesiva. “Ramsés” lo consintió con el capote luego de sacarlo del caballo y después “El Monaguillo” le puso un par extraordinario, quizás lo mejor de la tarde. El matador bogotano inició la faena de muleta citando de largo y dio un cambiado ceñidísimo y emocionante. El toro comenzó galopando de largo y “Ramsés” lo toreó por derecha a media altura. Pronto el toro se volvió incierto y caminador, desarrollando sentido por el pitón derecho. El matador comenzó a dudar, pues olió el peligro del animal, que poco a poco le fue ganando la pelea. En ciertos momentos de la lidia, el público debió verlo sin distancia y como a disgusto con “Lentino”. Mató de estocada delantera y perpendicular, hemorrágica y fulminante.
“El Monaguillo” es, sin duda, un profesor de toreo. Lo demostró con “Ramsés” en su primer toro, luego en el callejón, aconsejándolo, señalándole debilidades y aciertos, siempre con cariño pero con firmeza. Y allí estuvo en el segundo del bogotano (“Berberisco”, No. 104, de 470 K), un negro cornidelantero de salida muy alegre. El gran subalterno manizaleño acompañó a “Ramsés” desde el burladero 2 con voces de docente. El matador paró bien al toro con cuatro verónicas elegantes, aunque la quinta trompicada y perdiendo el engaño. Ricardo Sarmiento volvió a sufrir un tumbo ante la fuerza del toro al encuentro con el caballo. Envalentonado, el toro soportó las banderillas de Fernando Celis pero luego lo persiguió y lo cazó en el tercio y le propinó una cornada en la pantorrilla derecha que no parecía revestir peligro mayor. La faena de “Ramsés” se inició con lentitud y a media altura, dejando tres derechazos de mérito y un bonito natural, compuesto y serio. Mató con juicio y escuchó el silencio.
Creo que la juventud de “Ramsés” es de una clara luminosidad, como la de un farol de callejón. Está ávido de aprender, como Juan Solanilla, digamos, entre nuestros jóvenes toreros. Y eso es valioso en un oficio que se nutre de humilde seguridad en uno mismo. De otro lado está la juventud petulante, la juventud “todo-lo-puedo” de Santiago Naranjo, quien tomara la alternativa en febrero pasado en Bogotá. Tiene condiciones Naranjo, quién lo duda; pero su figura torera está imbuida de autosuficiencia, de un “yo me las sé todas” muy propia de su edad, pero muy mala consejera en el oficio que ha elegido.
Naranjo le dio cuatro verónicas sabrosas a “Limonario” (No. 62, de 460 K, un negro cornigacho, que metió la cara bien en el capote y a él fue con recorrido). Y nos hizo saber a todos que sus lances le habían parecido sabrosos. Su actitud fue la de un chef que hace degustar su plato a los comensales y luego dice: “¿Cierto que me quedó delicioso?”. Luego de una muy breve vara en buen sitio de Clovis Velásquez, “Limonario” se encontró a la salida del primer par de banderillas con “Ramsés”, que estaba distraído, y se lo llevó por delante. Esto, sin duda, avisó al toro, pues al iniciar la faena, Naranjo (sin zapatillas, otro detalle de mal gusto) se llevó un revolcón cuando intentó citar desde el estribo. El toro, engrandecido, se revolvió con mucho peligro por los dos pitones y nunca dejó de mirar el bulto. Entonces, Naranjo decidió torear “sacándose al toro de la suerte”, en un principio, para luego corregir esta actitud y dejarle a “Limonario” la muleta en la cara, con el fin de minimizar sus defectos. Entró a matar y atravesó al toro. Entró mucho mejor la segunda vez y le regalaron una oreja.
Naranjo termina la tanda (DRRG)
Su segundo, el último de la tarde, (“Junquito”, No. 48, de 480 K), fue sin duda el mejor del encierro. Negro, cornidelantero y serio de trapío, fue fijo, noble y con recorrido boyante. Engreído, Naranjo le dio cuatro verónicas serias, para luego iniciar la faena de muleta otra vez sin zapatillas. Ya Clovis Velásquez había dejado una buena vara y había soportado el tumbo, y ya Jairo Procuna había estado decoroso en banderillas. Naranjo, hay que decirlo, dio por derecha dos tandas muy compuestas y serias, pues muy compuesto y serio era el toro. También nos regaló dos naturales decentes y tres ayudados por alto de buena concepción. Mató de estocada entera y bien ejecutada, para recibir una oreja.
Así pues, como en la tarde anterior, creo que, más allá de lo descrito, lo mejor estuvo en las lecciones de tauromaquia que no se cansó de dar “El Monaguillo” a su muy disciplinado estudiante “Ramsés” Ruiz. Ahí está el pasado, el presente y el futuro de la fiesta.

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