martes, 27 de diciembre de 2011

Lecciones de tolerancia


Estoy tomando lecciones de tolerancia. Aguanto que la corrida no se dé a tiempo, pues hay que esperar a que parte del público llegue, ya que los atascos de tráfico en plena feria de Cali les impiden llegar; claro que la media plaza que había sí pudo llegar a tiempo. Así que la corrida empieza con media hora de retraso. Me paso que la banda de músicos amenice el tiempo muerto en el graderío con los compases de “Cali pachanguero” o de “Las caleñas son como las flores”.

Soporto también al estridente “aficionado” de las últimas filas del tendido de sol que grita con toda la fuerza de sus pulmones (que debe ser descomunal, a juzgar por el volumen de su voz) “¡Viva Colombia, hijuep…!” y que luego se dedique a consignar apuestas con sus vecinos de fila sobre la cantidad de orejas que habrán de cortarse en esta primera de abono en la capital del Valle del Cauca, pero además haciéndoselo saber a los demás, que no participamos de la apuesta.

Pero lo que sí no puedo tolerar es que Uceda Leal se esté jugando la vida preparando la muerte de un manso de La Carolina mientras se escucha el eco de los cobres y la percusión de “Rebelión”, del fallecido Joe Arroyo.  Hay ciertos momentos en los que la hibridación cultural no resulta ni siquiera folclórica.

La noche de ayer, Uceda Leal se llevó lo peor del encierro de La Carolina. Su primero (“Farruco”) fue un pesado negro cornidelantero de 536 K que muy pronto se paró e incluso mostró peligro. Uceda intentó por izquierda primero y luego por derecha, con la muleta pegada al hocico del animal, arrancándole algunos pases tibios. Mató de estoconazo ligeramente caído. Y su segundo (“Hilandero”, de 474 K) fue un negro cornivuelto que demostró tal mansedumbre que Diego Ochoa debió picarlo saliéndose del tercio hacia los medios, para que el toro se arrancara desde las tablas. Fue luego, en banderillas, cuando vimos un quite maravilloso de Ricardo Santana, cuando el toro perseguía con sevicia a Jeringa tras medio par de banderillas. “Hilandero” no sólo era manso, sino que tenía tintes de matón. Uceda lo persiguió con la muleta, castigándolo con doblones y toreando con el pico, pues el peligro del animal era evidente. Pinchó, dejó media en buen sitio que no fue suficiente, y luego otro pinchazo hondo, para que la plaza despidiera con pitos a los protagonistas.

Miguel Abellán, que vino en sustitución de José María Manzanares, se enfrentó a “Zorrito” (negro cornidelantero, de 504 K), que aunque salió barbeando tablas pronto dejó ver sus condiciones y permitió observar las de la variedad de Abellán con el capote: dos verónicas, otras dos chicuelinas y una revolera, todas muy acompasadas. Luis Viloria lo recibió con la vara muy larga y el toro, al momento del encuentro, lo hizo salirse de la cabalgadura. Vino un buen par de James Peña y otro mejor de Chiricuto. “Zorrito” siempre fue fijo, pronto, alegre y con la cara baja. Tres derechazos templados de Abellán y otros tres, más serios y en los medios. Por el pitón izquierdo fue menos cierto y claro, así que Abellán debió aguantarlo mucho, toreando en corto y con riesgo, cruzándose y arrancándole redondos invertidos. El toro se tragó la estocada entera y perpendicular, para luego recibir un descabello fulminante. Fue aplaudido en el arrastre y poco después el matador se paseó con la oreja recibida.

El quinto (“Clavelino”, 508 K, negro cornivuelto), que salió abanto, recibió de Jaime Ruiz una vara trasera y fuerte para aplomarlo, quizás algo excesiva. Abellán inició la faena con pases rodilla en tierra, muy lentos, para rematar con un técnico cambio de mano. El toro tardeaba para arrancarse a la muleta y quizás por el castigo en varas fue perdiendo recorrido. Así que el madrileño debió arrastrarlo con el engaño, aguantándolo mucho. Lo mató de estocada tendida, el público pidió la oreja, la presidencia la negó y el matador, tras el saludo, se regaló una vuelta al ruedo.

El colofón estuvo a cargo del caleño Paco Perlaza, quien se las vio primero con “Prestamista” (negro corniespaso y cariavacado de 528 K), que fue tan desagradable de trapío y comportamiento como el humano de quien tomó el nombre. Abanto, con la cara alta, el toro dio siempre muestras de manso: huyó al mínimo puyazo de Clovis Velásquez y luego de las banderillas de Ricardo Santana (para qué detenernos en el triste desempeño de José Manuel Rebolledo) se fue para siempre a tablas. Lo intentó Perlaza allá, pero el toro simplemente se iba luego del segundo muletazo. Se perfiló entonces el caleño para entrar a matar, y alargó tanto el brazo izquierdo al hacer la cruz y se salió tanto de la suerte, precavido ante la mansedumbre de “Prestamista”, que se fue de bruces con el estoque limpio, cayendo aparatosamente en la arena de Cañaveralejo.

Se desquitó Perlaza con el último de la noche (“Altanero”, negro cornidelantero de 526 K) que, pese a dar muestras de mansedumbre en varas, huyendo del castigo, tuvo durante la faena un comportamiento alegre y de mucha comunicación con el torero y con el público. Lo aprovechó el matador con series por derecha sin enmendar, de muchísima conexión con los tendidos, y un natural de muy buena concepción. Mató de estocada entera ligeramente caída y luego descabelló certeramente. La alegría caleña le valió una oreja.

Esta tarde, toros de los herederos de Ernesto Gutiérrez para Luis Bolívar, David Mora y Juan Solanilla. Ya imagino que seguiré con mis lecciones de tolerancia.

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