miércoles, 28 de diciembre de 2011

Una tarde de mucho interés



Llena de situaciones, variada resultó la segunda de abono en Cañaveralejo esta tarde en Cali. Los toros de los herederos de Ernesto Gutiérrez rescataron aquello de que esto es, precisamente, una corrida de toros, un espectáculo donde se rinde culto sacrificial a la bravura y al porte de un animal. Y, además, un caleño por adopción, Luis Bolívar –nacido en Panamá- resultó triunfador con méritos más que sobrados. Junto a él, el español David Mora y el bogotano Juan Solanilla, con un sol sabroso y unos 30 grados de temperatura a las cuatro de la tarde.

La corrida se inició en punto y Bolívar recibió a “Olivante” (No. 106, de 480 K, chorreao en morcillo y cornidelantero). Apenas abrió el capote se escuchó un estridente sonar de pitos de árbitro de fútbol al unísono. Los espectadores tardaron segundos en percatarse de que en lo alto del tendido 7 de sol había dos filas de muchachos con camisas amarillas, cada uno con una letra, para formar, por la parte delantera, la frase NO MÁS TOREO y, por la trasera, CONSULTA POPULAR. De inmediato llegó la policía y los espectadores les gritaron ¡FUERA!, ¡FUERA! Hubo incluso un tímido conato de agresión, a todas luces reprochable. En mi opinión, en lugar de retirarlos de la plaza (cosa que en efecto ocurrió), debió habérseles impedido el uso de los pitos y, acto seguido, puesto que debieron haber comprado su boleto, invitarlos a asistir al espectáculo, quizás acompañados por algún buen entendido con intenciones pedagógicas. Hasta que se cansaran, se hastiaran, o hasta que toleraran la belleza de esta fiesta.

Porque, de haberse quedado, habrían asistido a la belleza. La plástica de las chicuelinas en el quite de Bolívar a su primero; la emocionante de sus ayudados por alto, tan ceñidos; la dura pero altiva muerte de “Olivante”, en todo el centro del ruedo, algo empañada por la hemorragia producida por una estocada desprendida, pero con esa integridad de bravo que le susurraba “Resiste, resiste, resiste”, hasta derrumbarse al fin, para ser arrastrado en medio de la ovación del público. Bolívar recibió una oreja por su actuación sincera, aunque de temple inconstante.

Y si hubieran aguantado hasta el cuarto (“Colillero”, No. 77, de 496 K, negro corniespaso), habrían visto el porqué Luis Bolívar tiene tanto futuro en este oficio: porque se agranda cuando logra construir una faena con un toro como éste, con repetición y casta, noble y bravo. Algo disperso en la capa (aunque se dejó pegar dos verónicas a pie junto muy sabrosas, con un crocante de media verónica en su punto), “Colillero” se arrancó de largo al segundo picador, desatendiendo los capotes subalternos. Y contó con la suerte de recibir una vara casi perfecta en espacio y en tiempo, para sus necesidades de preparación.

A partir de ahí, asistimos a la inteligencia “fusión” de Luis Bolívar. Primero, conexión con los tendidos: de aperitivo, rodillas en tierra; la entrada, derechazo lento a la manera del chef, rematado por un pase de pecho cocinado a fuego más que bajo, en salsa de molinete, quizás algo almibarada para mi gusto. Después, el plato fuerte: timbal de derechazos y naturales, aprovechando los jugos fijos, frescos, largos y nobles de “Colillero”. Los espectadores, más que satisfechos, pidieron de postre el indulto y les fue concedido, con el bajante de la música al momento de la entrega de los trofeos.

Vino a Cali David Mora, y cierto sector de la prensa especializada sembró expectativas en los aficionados, pero poco de esto se hizo realidad. El segundo de la tarde (“Jardinero”, de 508 K, negro cornidelantero) estuvo encelado en el capote y con él Mora le dio cinco verónicas muy decorosas y la media elegante. Tras la vara, a la que fue con codicia, y las banderillas, el toro poco a poco fue ganándole terrenos al matador, que hizo una faena irregular. Hacia el final de la misma, le perdió la cara y se tropezó. “Jardinero” hizo por él en el piso y no logró su cometido. En la salida, lo pisó tan fuerte que el español quedó inconsciente en la arena de la plaza. Y del quinto del encierro (“Enamorado”, de 480 K), al que recibió a porta gayola, sólo valga decir que era tan noblote que se volvió soso, lo que no autorizaba a Mora a irrespetarlo como lo hizo, mirando constantemente a los tendidos, como si estuviera toreando a un perro labrador.

Y la mala suerte se la llevó el bogotano Juan Solanilla, que definitivamente tiene tanta clase con los engaños como poco clara la suerte de matar. Con “Urdidor” (520 K, negro cornidelantero y enmorrillado), hizo un quite por cacerinas con orticina incluida, para luego, salvadas las banderillas, brindar una muy interesante faena con la muleta de la que se destacaron dos derechazos lineales, muy lentos y hondos, suspendidos en el tiempo, de belleza incomparable. Todo se fue al traste luego de un par de bernadinas elegantes, cuando pinchó sin soltar en dos ocasiones y luego dejar tres cuartos de espada perpendicular y ligeramente caída. Cinco descabellos, un aviso y el silencio comprensible.

El remate de la tarde fue triste. El menos pesado del encierro fue “Flor Silvestre” (450 K, negro cornidelantero), que dio señas de querer huir desde el comienzo de la lidia. Le arrancó tres derechazos con pundonor. Tras tres pinchazos y una estocada casi entera bastante defectuosa de ejecución, el toro finalmente dobló, pero el puntillero lo paró y así se quedó el toro, muerto en vida, hasta escuchar los tres avisos y ser devuelto a los corrales.

Sea como fuere, Juan Solanilla es una gran promesa del toreo colombiano, tanto como es una realidad ese torero serio que se llama Luis Bolívar.

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