viernes, 13 de enero de 2012

Alcalde de Bogotá reaviva la polémica


Cartel Temporada Bogotá 2012
Faltando un día para que se inicie la temporada taurina de Bogotá 2012, el alcalde mayor, Gustavo Petro, hizo varios anuncios que sin duda son un golpe para la fiesta de los toros en la ciudad. (Véase “Recursos de empresas públicas no patrocinarán corridas de toros: Petro”. En: Enlace 1).

El alcalde anunció que su despacho no usará el palco reservado en la plaza, y que tampoco nombrará un delegado para ocuparlo o para presidir los festejos. En relación con este punto, me remito a la Ley 916 del 26 de noviembre de 2004 (“Reglamento Nacional Taurino”), que en su artículo 26 dice: “La Presidencia de los espectáculos taurinos corresponderá al Alcalde de la localidad, quien podrá delegar en el Secretario de Gobierno y éste a su vez en un funcionario con investidura de Inspector de Policía. (…)”

El periodista Javier E. Baquero P. comenta: Este artículo fue declarado inexequible mediante sentencia C-367 06 de la magistrada Clara Inés Vargas Hernández, creando un vació (sic) en la norma, (sic) en consecuencia las empresas, hasta que la corte no aclare su sentencia, podrán disponer, (sic) quién será la persona que presida los festejos (…)” (Véase Enlace 2).

La citada sentencia (véase Enlace 3) afirma:
“3.4.3 Imponer al Alcalde el deber legal de presidir un espectáculo de carácter privado, como lo es un festejo taurino, es inconstitucional, por cuando la función de este servidor público está limitada a vigilar que durante el espectáculo se observen las normas legales y administrativas que regulan la denominada fiesta brava.” (El resaltado es mío.)

Así las cosas, la decisión del alcalde Petro es respetable, y en nada afecta la realización de corridas de toros, hasta tanto la Corte Constitucional se pronuncie al respecto, aclarando su sentencia, como lo afirma Baquero.

De otra parte, Petro afirmó que su alcaldía no destinará recursos distritales para patrocinar actos en los que mueran animales. Con esto, cierra la participación de la Empresa de Teléfonos de Bogotá (ETB) y de la Empresa de Energía (Codensa), patrocinadoras habituales de la temporada taurina anual. Ignoro cuál es la participación de estas empresas en el patrocinio general, pero imagino que cualquier reducción en este sentido pone en aprietos a la Corporación Taurina de Bogotá para la celebración de corridas en la ciudad.

Considero que la alcaldía de Petro, así como la gobernación de Antioquia, al mando de la cual se encuentra Sergio Fajardo, están en plano derecho de disponer de sus recursos, y los taurinos tendremos que encontrar otras fuentes de financiación. La última de ellas debería ser el aumento en el costo de las entradas, ya de por sí alto, pues esto alejaría definitivamente a buena parte de la afición y con ello, sí, se le daría una estocada certera a la vida de la fiesta.

Finalmente, el alcalde Petro dijo que buscará negociar con la Corporación Taurina de Bogotá las circunstancias que hacen de las corridas de toros “un espectáculo alrededor de la muerte”. Declaró además que la plaza de toros bogotana “debería tener una utilización múltiple en la cultura de la ciudad, pero que debería cerrarse a cualquier posibilidad de espectáculo alrededor de la muerte”.

Insistió en que es conveniente que la ciudad discuta públicamente la presencia de este tipo de espectáculos. “Los escenarios del Distrito no deben prestarse para aplaudir la muerte”. La nota periodística en la que me baso remata diciendo que el alcalde afirmó que tendría “la facultad de prohibir la actividad taurina en la ciudad, pero que prefiere analizar el tema”.

La primera afirmación, creo yo, apunta a una eventual negociación a la manera de la más reciente legislación en Ecuador, que permite las corridas siempre y cuando los animales no mueran en el ruedo, sino en los chiqueros de la plaza.

Resurge así el debate moralizante frente al que debemos hacer frente común. Digo que es moralizante pues sus defensores parten de la premisa de tener una visión correcta del mundo, con lo que nos relegan a los taurinos a la condición de “enfermos”.

En el fondo no está el problema de la muerte, sino de la muerte en público. Asistir a la muerte resulta enfermo para los moralizantes. El que el animal muera apuntillado, envenenado o electrocutado no es importante; lo que importa es que no muera en público.

Este es un asunto de discusión muy profunda, que involucra aspectos sociológicos analizados con cuidado desde hace por lo menos un siglo por pensadores de muy alta condición. Me abstengo aquí de glosar los planteamientos en pro y en contra, no solo para no fatigar a los lectores, sino para evitar aquello de “pensar en caliente”.

Entonces, si el análisis magnánimamente otorgado por el alcalde Petro sobre las corridas de toros se hace sin populismo, sin vocación demagógica o moralizante, y sin apelar a la sensiblería de la mayoría, bienvenido sea. Pero mucho me temo que no será así.

Ojalá tengamos la oportunidad de exponer nuestro punto de vista, el de la “inmensa minoría”, como rezaba la presentación institucional de la extinta emisora cultural colombiana HJCK.

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