lunes, 16 de enero de 2012

De menos a más



La primera de abono en la preciosa Santamaría bogotana resultó una corrida variada, por el comportamiento de los toros y de los toreros pero, sobre todo, del público.

Vimos un encierro de Las Ventas del Espíritu Santo, de César Rincón, que resultó en suma interesante. Un toro con sus cuatro letras resaltadas y en negrillas; dos que valen la nota; uno que cumplió y uno muy triste.

Vimos también tres personalidades toreras, encarnadas en Sebastián Vargas, Julián López, el Juli, y Sebastián Castella: el gladiador, el pintor y el serpentinero. Además, vimos una sombra de primer tercio (cada vez más borrosa, pero paradójicamente más apreciada en los tendidos) y unas huellas frescas del segundo: suertes de concepción impecable (caso Ricardo Santana) y de ejecución sobria (caso James Peña).

Y vimos finalmente un lleno amplio en los tendidos, altisonante en su humor, que pasó de la bronca alebrestada al regocijo exagerado.

Intuyo que la descripción anterior se debe a que lo que vimos se cocinó en el horno del fuego anti-taurino, cada vez más simplista, demagógico y populista.

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Par al violín de S. Vargas (DRRG)
Sebastián Vargas saludó desde el tercio en su primero tras esos pares de banderillas emocionantes y tras ese toreo curtido en plazas de tercera, de segunda y de primera categorías, que le da el poder de la experiencia. En su segundo hizo levantar los tendidos con un par al violín contra tablas, ceñidísimo, electrizante. “Lulado” (un negro mate cornidelantero de 479 K) recibió una vara seca y recargó en el castigo. Tuvo alegría, fue fijo y noble. Quizás le faltó un poco más de transmisión, pero valió la pena verlo en el ruedo. Así como valió la pena, sobre todo, ver los pases de pecho de Vargas, potentes como el trazo de un dibujante avezado, de esos callejeros (sin que esto demerite su trabajo). Certero en el descabello tras una media en buen sitio, recibió una oreja. A su turno, el toro recibió algunos aplausos en el arrastre.

Julián López, el Juli, presentó en su primero cuatro verónicas a pie junto y después de la vara tres chicuelinas como tres doncellas pálidas que desfallecen entre linos y sedas ante la presencia de un ratoncillo. Tras comprobar los problemas del toro en su mano izquierda, se hizo fuerte el brazo de López para la estocada firme.

En su segundo, el mejor de la tarde (“Negrito”, No. 643, negro acucharado de cuerna), trazó tres verónicas suaves como el pelaje de un gato, y una media de remate, eterna bailarina en el aire, con doblón incluido para parar al toro. Ese toro fijo, noble, bravo y alegre, que aceptó once tandas, algunas –tanto por derecha como por izquierda- concebidas y ejecutadas de largo, con el engaño adelante, lentas y sin enmendar entre el último muletazo y el de remate de pecho, orgulloso, marcial.

Remató la faena con tres ayudados por alto y cinco derechazos ceñidos al cuerpo (lo que en ocasiones extrañamos en el último tercio), para dejar un estoconazo. Entonces el toro, serio en la agonía, se resistió a doblar contra tablas y se fue a buscar la muerte allí donde es más brava: en los medios. Dos orejas para el Juli y vuelta al ruedo al toro.

El Juli doblándose por derecha (DRRG)
Conmovedor, es decir: que mueve el cuerpo y el espíritu al mismo tiempo. Conmueve el cuerpo y el espíritu del torero, pero también los de su cuadrilla y los de sus compañeros de cartel; conmueve el cuerpo y el espíritu del toro, pero también los del ganadero; y conmueve los de un espectador cualquiera, pero también los de todos y cada uno de los asistentes, o sea, conmueve todos los cuerpos y los espíritus del público.

Fue ese mismo público el que armó una escandalera promediando la tarde, ante la debilidad superlativa de “Indio”, que se derrumbaba en el ruedo a cada lance. En verdad no creo que se debiera por completo a ello, sino a que los ánimos andan alborotados por estos días, dada la acechanza de los prohibicionistas. Y como “Indio” (542 K) se iba de bruces una y otra vez, buena parte de los tendidos decidió la afrenta máxima: dar la espalda al ruedo. Comprensible la actitud, pero a mí me pareció que rayaba en el insulto. El toro no era inválido; era débil. Castella lo entendió así (luego de buscar el cambio, valga la verdad), y a continuación hizo lo que necesitaba el toro: torearlo con mimo a media altura, cariñosa, algodonadamente. Le arrancó un natural, valioso en este contexto. Pero lo mató mal, tras pinchar sin soltar, con una trasera e insultante estocada caída.


Castella por saltilleras (DRRG)
Con el último de la tarde (“Titulado”, de 479 K, muy similar de presentación a ese encantador “Negrito”), Castella se engolosinó con un quite por saltilleras y luego almibaró a los tendidos con una tanda de estatuarios en los medios, para luego estar “emplumado” (es decir, bello, volátil, pero con poco cuerpo) en una faena que deslumbró a los tendidos, de la que rescato la lidia dada al toro para que no se fuera a tablas, un cambio de mano mandón y serio, y dos naturales que valen las letras en que están escritos así como el tiempo que tomó su ejecución. Mató de entera efectiva. Recibió dos orejas, no sé si demasiadas, y “Titulado” oyó los aplausos en el arrastre.

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Cómo me gustaría que la discusión sociopolítica que se está fraguando en Bogotá fuera como la corrida de esta tarde. Una discusión que fuera de menos a más: que del reduccionismo simplista, pasáramos a la complejidad divergente; que de la mansedumbre de la vociferación aplastante, nos fuéramos a los terrenos de la contienda tolerante; que del populismo avasallante, nos diéramos el lujo de pasar a la inclusión comprensiva.

Pero, ya lo dije en otra entrada: mucho me temo que no será así.

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