martes, 24 de enero de 2012

Primera entrega: Toros y poder político



Primera entrega: Toros y poder político

Decidí escribir estas notas impulsado por el contexto anti-taurino exacerbado por las recientes declaraciones del alcalde de Bogotá, señor Gustavo Petro.  Ellas han motivado, al menos indirectamente, manifestaciones contra las corridas de toros, propuestas legislativas para cancelar definitivamente la temporada taurina en Bogotá, convocatorias para marchar en defensa de los animales, debates sobre el tema en los medios de comunicación y multitud de “posts” en las redes sociales, la mayoría en contra de la fiesta de los toros, casi todos pedantes, agresivos y, en ocasiones, violentos.

Estos apuntes sólo son una explicación de mi afición por las corridas de toros. De allí el que los escriba en primera persona. Decidí publicarlos pensando más que todo en que mis amigos, la mayoría anti-taurinos, pudieran por lo menos moderar su lenguaje cuando se refieran a quienes, como yo, sentimos que una parte importante de nuestra vida está relacionada con este asunto. No pretende esta explicación ser un tratado de tauromaquia, ni una disertación filosófica, sociológica o antropológica, aunque en más de una ocasión deberé acudir a esas y a otras disciplinas para lograr mi propósito. Tampoco es una defensa de las corridas de toros per se; es, simplemente, el ejercicio de mi libertad de expresión en torno de un tema polémico que para mí resulta de vital importancia. No exagero.

Aquí viene un punto fundamental, que ojalá se vea reflejado en estos párrafos: como muchas veces se ha afirmado, el tema de los toros es uno complejo; por lo tanto, es difícil de abordar y más aún de zanjar lapidariamente. Este es un aspecto que el anti-taurinismo tiende a pasar por alto, en su afán por reducir una temática socio-histórico-cultural a un simple acto de salvajismo.

Pero basta de justificaciones y vayamos a la presentación de mis reflexiones sobre la coyuntura actual del problema en Colombia, y particularmente en Bogotá.

El primer punto que me llama la atención es que el tema de las corridas de toros es importante para nuestra sociedad. Una sola declaración del alcalde capitalino el viernes 13 de enero pasado, veinticuatro horas antes de dar inicio a la temporada taurina 2012, reavivó este debate en la mente de la ciudadanía.

Así pues, el tema de la existencia de las corridas de toros es socialmente relevante. Esto es lo primero que debió pensar el representante anti-taurino, para más señas gobernante desde el primero de enero pasado de la ciudad más importante de Colombia: el discurso animalista o, mejor aún, el discurso humanista proyectado hacia otras especies animales tiene aceptación social mayoritaria. Desde esta perspectiva no es gratuito que, en tan solo veinte días de gobierno, el alcalde Petro haya puesto a sonar el tema de los toros junto con el de la adopción de perros callejeros (se llevó uno para el palacio Liévano recientemente, asegurándose, por supuesto, de que saliera en la prensa) y, paradójicamente, el de la postergación cuando menos por un año más de la prohibición del uso de carretas de tracción animal por las calles de la ciudad, popularmente conocidas como zorras.

No se necesita ser doctorado en ciencias políticas para saber que un gobernante (sobre todo si está iniciando su gestión en medio de una ciudad sumida en el caos generado por la corrupción rampante de la anterior administración —que es la causa directa de la absoluta desconfianza ciudadana hacia la dirigencia pública—) motiva la discusión de ciertos temas con el fin de ganar popularidad. El tema del humanismo animalista en general, y el de las corridas de toros en particular, cae como anillo al dedo para este propósito.

Digo que el tema de las corridas de toros es particularmente importante para esta acción comunicativa estratégica (en términos de Habermas), pues —como lo mencioné— la sociedad atiende mayoritariamente a esta temática, sobre todo con base en prejuicios. En la inmensa mayoría de los casos, salvo honrosas excepciones, el anti-taurinismo fundamenta su discurso en “lo que todo el mundo sabe”: que las corridas de toros son exclusivamente una actividad elitista; que los espectadores asisten sólo para divertirse con la agonía sangrienta y la muerte de un animal; que los protagonistas de la actividad son sádicos que gozan con el sufrimiento ajeno (en este caso, animal); que los toros son víctimas inocentes de la sevicia humana; etc. Para sustentar lo anterior, basta ver algunos “posts” anti-taurinos tomados al azar de mi perfil en Facebook. Pido disculpas por la ortografía de quienes esto escriben.



La acción comunicativa estratégica del representante anti-taurino, en su condición de gobernante, se realiza porque se parte del presupuesto de que disparará en los actores sociales una aceptación unánime en torno de conceptos como el respeto a la vida, la dignidad de los seres vivos, la equidad en las condiciones de vida, la libertad para vivir a plenitud, entre otros.

Dado que hablar de estos conceptos aplicados a los seres humanos es tan arriesgado para un gobernante —sobre todo para uno como el actual en Bogotá, bajo las condiciones mencionadas—, es mucho mejor hacer un ejercicio: que el respeto a la vida, que la dignidad de los seres vivos y la equidad en sus condiciones de vida, que la libertad para vivir plenamente se proyecten a los animales no humanos, los que están indefensos, los que no tienen voz, etc. Al acatar este discurso, la ciudadanía consigue una victoria simbólica, pero al fin y al cabo victoria: la de que otros animales tengan lo que ellos no podrán tener para sí.

De las imágenes anteriores se desprende que mis amigos en Facebook me han llamado directamente hijo de puta, demente, troglodita, cavernícola, e indirectamente asesino (Imagen 4) y escoria social (por aquello de que “Todos somos antitaurinos” – el resaltado es mío, Imagen 1).

En este contexto, es imperioso para mí, no defenderme, pero sí explicarme, explicarles; en otras palabras, intentar una comunicación verdaderamente discursiva, no sólo estratégica. Ojalá lo logre, por lo menos con uno de mis detractores.



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