miércoles, 25 de enero de 2012

Segunda entrega: Toros y ciudadanía


Segunda entrega: Toros y ciudadanía


No puedo dejar de pensar en mi padre. Cumpliría 82 años este próximo viernes 27 de enero. Murió el 14 de julio de 2009.

Carné de la Unión de Toreros de Colombia,
a nombre del doctor Jairo Muñoz Escobar
Mi padre fue aficionado a los toros. No digo gran aficionado, pues no tuvo un abono fijo por décadas, aunque sí estuvo abonado en distintos lugares de la plaza, tanto en Cali —por allá a fines de los 50 y comienzos de los 60 del siglo pasado— como en la Bogotá de los 90. Durante algunos años de las décadas de los 70 y los 80 se desempeñó como médico de la plaza de Santamaría. Cómo llegó a ese cargo, no lo sé. Un neurocirujano no es muy útil en la enfermería de una plaza de toros; allí se requieren cirujanos generales, traumatólogos, anestesiólogos.

En esos años de los 70 y los 80 transcurrió mi niñez. Mi padre me llevaba a los toros. Me llevó a mí y antes a mis hermanos mayores. De ellos tres, sólo uno tiene gusto por las corridas de toros. A los otros les importa un pito. Después llevó a mi medio hermano menor, pero en realidad no sé qué opine él sobre el tema, pues hace tiempo no lo veo, aunque imagino que tampoco le interesa.

Yo siento verdadera pasión por los toros. ¿Cómo explicar esa pasión?


Acreditación de mi padre como médico
de la plaza de Toros Santamaría en Bogotá
Quizás fue porque tuve la ocasión de ver de cerca el mundo de los toros. Lo anterior no es un juego de palabras. Lo vi de cerca. Y me conmovió como un temblor de tierra. Entrábamos por la puerta de cuadrillas, siempre al filo del inicio (para mi padre no existía la puntualidad, menos aún en esta condición privilegiada “VIP”, si vale la licencia).

Vi de cerca, y desde abajo, a esos hombres, tan particular y elegantemente ataviados, dando brinquitos de calistenia nerviosa, o rezando en la capilla con devoción y entrega. No me refiero solamente a las figuras, sino a todos los toreros: los banderilleros, los picadores. Los vi vestirse en la habitación de un hotel, en mañana de domingo, concentrados al punto de la levitación.

Asistí al aprestamiento de los caballos con sus petos, esas sillas de un cuero que cruje a cada movimiento, esos estribos que campanean al paso. Vi trabajar al personal de la plaza (areneros, monosabios, alguacilillos), preparando el escenario solemne. Sentí ese olor, tan poético para mí, mezcla de boñiga con humo de tabaco, vino y adrenalina. Oí esas palabras que aún hoy escucho en la memoria: “Suerte, matador”. “Gracias, médico. Que no quiero verlo hoy, médico”. Los vi también heridos, pálidos, exánimes, mientras mi padre me dejaba solo en el callejón, absorbido por el portón rojo de la enfermería.

Vi de cerca a los toros vivos en el campo, en la ganadería que tenía don Félix Rodríguez en Zipacón. Vi su señorío de pastos. Vi su majestad, su poderío latente. Y vi a los hombres cuidándolos con pleitesía, mimándolos con respeto, amándolos hasta la muerte.

Vi de cerca a los toros en la plaza, imponentes de musculatura y cornamenta, levantando polvareda al rematar en un burladero o sencillamente al resoplar contra las tablas. Un animal solemne. Un animal que sabe quién es y que entrega todo su poder con transparencia. Un héroe.

Mis padres en la plaza de toros de Cali, años 60
Vi de cerca los toros muertos como los héroes muertos, colgando de los ganchos del destazadero. Vi sus ojos de vidrio y su lengua de lija; vi sus cascos de callo y sus cuernos de hueso. Vi su sangre chorreando el piso, escapándose en hilillos por el sifón a chorros de manguera. Tuve en mis manos sus orejas, ya desecadas por el tiempo, con las que jugaba en mañana de domingo al éxito clamoroso en el ruedo que mi imaginación construía en la sala de mi casa, luego de haber toreado al perrito de turno con el capotito que mi madre me había cosido, tras haber entrado a matar a una silla de cuero, que tenía un pequeño orificio en el asiento, con el estoque que mi padre tenía en su estudio y que ahora está en el mío.

Y vi de cerca a mi padre en una corrida de toros. Su concentración y su silencio, su seriedad imperturbable debían ser los mismos que cuando trabajaba hurgándole el cerebro a un ser humano para mantenerlo con vida. Porque mi padre me habló poco sobre toros, incluso cuando yo se lo pedía explícitamente. Se limitaba a darme consejos de apreciación: “No mirés al torero, sino al toro. Fijate siempre en el toro, en lo que hace y deja de hacer el toro. Ya aparecerá el torero en escena. Y entonces te fijás en la pareja que conforman”. (Mi padre era de un pueblo al norte del Valle del Cauca llamado ¡Sevilla!)

Lo decía siempre en voz baja, mientras aspiraba el humo de un puro delgado o de un cigarrillo común. “No debés hablar mucho; si lo hacés, siempre deberá ser susurrando. Los gritos desconcentran. Imaginate gritar en un museo.”

No recuerdo haberlo visto beber en la plaza, ni discutir acaloradamente, y muy pocas veces lo vi aplaudir. “Esto es serio, Juan Carlos. Esto no es un circo.”  Ahora que lo pienso, siempre me dijo lo que no era una corrida de toros, pero no me dijo lo que era. Al escribir estas líneas, entiendo la razón: es casi imposible.

En cambio, siempre me permitió ojear sus libros sobre toros y me invitaba a leerlos. Mientras lo acompañaba a estudiar su Journal of Neurosurgery, que religiosamente llegaba cada mes por correo, yo miraba sus libros taurinos, los mismos que ahora leo con escrúpulo y que descansan en mi biblioteca. Porque mi padre también me enseñó la pasión por el estudio, por los libros. Me legó la importancia de las letras y el respeto por el pensamiento de los hombres. Y me transmitió, sin disertaciones, la admiración por los toros bravos y por los toreros que se ponen frente a ellos. Por todo esto lo quiero tanto, pese a que fue un hombre tan difícil y problemático.

Esto escribo porque los toros son para mí mi padre vivo y mi padre muerto, mi madre viva y mi madre muerta. Son una emoción incomparable, una pasión catártica, en el límite de la vida y de la muerte. Los toros, para mí, son un alimento del espíritu. Nutren mi individualidad, al mismo nivel que el amor cotidiano, que la literatura, que el brillo de los ojos de un estudiante cuando la esencia de lo que hacemos en clase lo invade para siempre, que las horas dedicadas al silencio meditativo sentado en un cojín.

En definitiva, para mí los toros son un ejercicio de ciudadanía. De ciudadanía pacífica, plena; de individualidad que se mira a sí misma para luego proyectarse con honestidad y, en ocasiones felices, con belleza. 

¿Habrá quien deba arrebatarme todo esto?

4 comentarios:

F. Romero dijo...

¡Olé por tí!
No sabes como te entiendo

F. Romero dijo...

¡Olé por tí!
No sabes como me te entiendo

Juan Carlos Muñoz-Collazos dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Carlos Muñoz-Collazos dijo...

Gracias por tus palabras. Propongo enlazar nuestros blogs, por aquello de dar un paso al frente y explicar nuestra afición a quien quiera entenderla.