domingo, 1 de enero de 2012

Gracias, Abellán



Entre los graderíos de acceso a los tendidos 1 y 8 de la plaza de Cañaveralejo, una empresa, cuyo nombre no recuerdo, tiene un concurso promocional. Se trata de un juego de computador que presenta a un “toro” al fondo y a un “torero” cerca (en relación con quien mira la pantalla). El “toro” se arranca y el “torero” debe decidir por qué lado va a pasar, y actúa en concordancia, mediante el movimiento del muñeco “torero” que representa al concursante, sea a la izquierda o a la derecha, gracias a los comandos del equipo. Pese a que hay movimiento, el juego no puede ser más simple, rudimentario y aburrido. Pero siempre hay gentes haciendo fila, imagino que para obtener como premio algún objeto promocional. No puede haber otra razón.

Así fue la tarde de toros del 30 de diciembre en Cali. A pesar del movimiento de los ejemplares de Fuentelapeña, y de que hubo un hombre en el ruedo haciéndole frente a cada uno de ellos, la corrida fue como el juego de computador: simple, rudimentaria y aburrida.

La plástica de Miguel Abellán (DRRG)
Valga decir, sin embargo, que la excepción la encarnó Miguel Abellán, sobre todo con el primero de la tarde (“Marañal”, de 472 K, negro cornidelantero), que no sólo iba y venía, como los demás del encierro, sino que tuvo algo de emoción, lo que le permitió al español dejar en el ruedo cinco derechazos al iniciar la faena, después de tres chicuelinas en el quite. La segunda tanda tuvo ligazón gracias a la alegría del toro, que se apagó en la tercera. Mató de estocada entera en buen sitio y le dieron una oreja. Los aplausos en el arrastre fueron del toro.

A partir de allí, la cosa fue poco más que un juego electrónico de programación básica. Los toros iban y venían, sí; eran nobles y pasaban, una y otra vez, sí; pero sin lo que los entendidos llaman “casta”, es decir, emoción, transmisión, en una palabra: bravura. Y los toreros allí parados en frente de ellos: daban pases, sí; iban y venían, sí; mataban a los animales, a veces menos defectuosamente que los otros, sí. Pero como obedeciendo a los comandos de un computador: mecánicos, de libreto, cuando no grandilocuentes con sus pases en redondo invertido, interminables por lo bostezables, repetitivos, o bulliciosos con sus molinetes rodilla en tierra y lanzando las zapatillas a las tablas mientras el toro les pedía algo de claridad.

Natural de Paco Perlaza (DRRG)
El público, sin embargo, aplaudía y se enrabietaba porque la presidencia no otorgó una oreja a Paco Perlaza en su primero (brindado al estridente espectador de la fila 28 del tendido 1 de sol, que no se cansa de gritar bobadas y de incitar a los espectadores, ora en favor de los toreros locales, ora en contra de la ganadería de turno, cuando no en pro de las apuestas que recauda entre sus cercanos sobre la cantidad de orejas que habrán de cortarse en la tarde). Perlaza cayó en el juego folclórico-nacionalista de brindarle el toro a este espectador que grita a voz en cuello “¡Música, que es colombiano!” -¡habrase visto!

Y tiempo después de que la presidencia le negara la oreja a Perlaza por una faena simple, rudimentaria, aburrida y al mismo tiempo bullanguera (eso de las zapatillas, eso de los molinetes de rodillas), el espectador bullicioso reclama por la oreja del toro que le brindaron. Y los espectadores aplauden, masivamente. No todos, claro está. Pero masivamente. Como quienes hacen fila para ganarse el promocional del rudimentario juego electrónico.

La actuación de Ramiro Cadena fue más de esto mismo. No quiero aburrir a los lectores. Está dicho, creo. Gracias, Abellán.

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