jueves, 9 de febrero de 2012

Cuarta entrega: el toro es el amo



Cuarta entrega: El toro es el amo

La tauromaquia (voz de origen griego, no latino, que significa `luchar con un toro´) es una actividad arquetípica como pocas. Sus componentes indispensables (toro, torero y tendido) persiguen el ideal, el modelo eterno y sublime. Los agentes concretos y sus actos tangibles se explican sólo en relación con dicho propósito arquetípico.

Definitivamente, empecé estas explicaciones por el componente más complejo, que sin duda es el toro, el toro bravo, el toro de lidia. La dificultad es, en cambio, sencilla de explicar: no podemos preguntarle a un toro bravo sobre su vida, sobre lo que hace y para qué lo hace, y menos aún qué opina al respecto, si le gusta o no, o si preferiría ser un toro manso y morir, joven o adulto, a manos de un matarife. Así que debemos acudir a su “representante legal”, a su criador. Se llama ganadero de toros de lidia.

Este individuo, que cuenta con lo necesario para hacerlo (el poder adquisitivo para comprar terrenos, animales y gente encargada de cuidar dichos terrenos y animales), decide por afición (o sea por gusto, por amor) criar ganado bravo. Dado que la ganadería de toros bravos no es rentable, suele combinar su afición por los toros de lidia con el negocio del ganado manso (carne, leche y derivados). Dicho analógicamente, el ganadero de lidia habla con Dios por la mañana y por la tarde cobra por las misas.

¿Qué busca el ganadero de toros bravos? Ya lo dije: el toro perfecto. ¿Y qué es la perfección en una ganadería de lidia? La perfección no está asociada, como en el caso del ganado manso, a la cantidad (de leche, de peso, de textura en las carnes), sino a la calidad. Esta última está cifrada en un código enigmático que puede sintetizarse en dos palabras: el trapío y la bravura.

El trapío es la apariencia física del animal, su sex-appeal. De un grupo de toros que considera bravos y con la edad para ser corridos en una plaza (que hoy es de cuatro años), el ganadero elegirá a los mejor presentados, a los más buen mozos, por decirlo de alguna manera.

Por eso resulta tan gracioso ese video difundido por las redes sociales que muestra a un caritativo francés amante de los animales que, según dice, compró un toro que supuestamente pertenecía a la ganadería Domecq y que estaba destinado a morir en la plaza de Barcelona. La música de fondo es muy significativa: parece de telenovela, durante la almibarada escena de amor entre los protagonistas que al fin superan todos los obstáculos y viven su idilio por siempre jamás.


Pues bien: ese toro jamás habría podido conformar un encierro en una plaza de primera categoría como la de Barcelona –y dudo mucho que entrara en uno de segunda o de tercera- porque no tiene el peso ni la edad, y sobre todo porque no tiene el trapío. Es cornicorto y corniabierto, cariavacado y flaco. En suma: es feo. No tiene la presencia de un toro de lidia, sino la de una mascota. 

Son aun más graciosos los otros videos relacionados con este toro llamado “Fadjen” que lo muestran junto a su domesticador (¿a su amo?), que lo cepilla y lo acaricia, lo consiente y lo pone a convivir con gatos, cabras y otros animales, y que juega con él a ser un toro bravo, pese a que su comportamiento es más el de un perro que el de un toro. El rótulo de alguno de estos videos lo dice: “Un toro criado como un perro”. Es verdad: ha sido criado para traicionar su condición, para ser un perro y no un toro de lidia.

Un toro bravo puede ser todo lo que ustedes quieran, menos una mascota. Un toro bravo no tiene amos. Él es el amo. Es bravo.

¿Y qué es la bravura? Difícil pregunta, como pocas. La bravura está asociada con dos factores. El primero es la casta (codicia natural al embestir, siempre al galope; emoción para atacar; prontitud en la embestida; fijeza al ubicar y al arrancarse hacia el objeto; no dolerse, sino crecerse en el castigo). El segundo es la nobleza (rectitud en la embestida; bajar la cabeza al encontrarse con el objetivo). La bravura no es ira, no es furia, no es rabia; no es agredir “a la topa tolondra”, sin condiciones. Nada en la tauromaquia carece de normas.

La actitud brava de un toro de lidia es la conjunción de múltiples factores, que además son variables, pero cuya esencia está en la sangre del animal. A manera de ilustración, digamos que a las pocas horas de nacer, el ternero bravo acomete contra todo aquel que quiera invadir sus terrenos. El ganado bravo reconoce primero los terrenos que considera suyos, y los defiende hasta la muerte. Ya lo veremos en otra oportunidad.

Por el momento, acudamos a una voz autorizada. Es don Álvaro Domecq y Díez, cuya familia ha criado toros de lidia por más de tres generaciones y de la cual afirma el caritativo francés de marras haber adquirido su mascota. Dice Domecq y Díez en su libro de obligada consulta al respecto El toro bravo. Teoría y práctica de la bravura (Madrid, Espasa-Calpe, 1986, pgs. 14-15):
Cuando el becerro cumple un mes […] se pelea con [...] sus compañeros. Embiste, topa con lo que se le ponga por delante, porque el misterio de la bravura lo domina desde el mismo momento de nacer. […] La dosis de bravura se halla ya inyectada en su sangre, a causa de los factores genéticos, seleccionados en las madres y en el semental escogido para cubrirlas. (Los subrayados son míos.)
Volvamos a la explicación. ¿Qué hace el ganadero de bravo para perseguir el arquetipo? Primero, tener vacas bravas. Para saber que lo son, las tienta. Es decir, prueba la bravura de las vaquillas cuando tienen dos años (eralas) o tres (utreras), y para eso solicita la colaboración de un picador y de uno o varios toreros.

El picador es fundamental porque la esencia de la valoración de la bravura radica en que la vaquilla llegue hasta el caballo y reciba una puya de 1,5 cm. sin mosquearse. Deberá ir varias veces, las que estime conveniente el ganadero, metiendo la cabeza en el peto y cargando con todo su cuerpo contra él, siempre desde más lejos, para observar la condición de su embestida y la manera como se “crece” en el castigo.


Los ganaderos suelen invitar a las tientas a toreros profesionales o en formación. Unos practican; los otros se educan; ellos siguen evaluando a las vaquillas; esta vez con la muleta (o sea, el trapo rojo). Una vez el ganadero y sus asesores  han observado el comportamiento de la vaquilla, ésta vuelve al campo. Pronto sabrá si aprobó el examen. Si lo hizo, formará parte de los vientres de la ganadería, que serán inseminados solamente por los sementales –es decir, por toros de los que se tienen buenos indicios de ser de familia brava.

Hay otros tipos de tienta, pero son farragosos de explicar y no aportarían a los fines que aquí se persiguen. De cualquier forma, sobre este tema del toro bravo quedan asuntos por abordar. Para hacerlo, entrevistaré a un ganadero de bravo para que exponga la naturaleza, la complejidad y el propósito de su oficio.

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