viernes, 20 de abril de 2012

Séptima entrega: ¿Podría modificarse el tercio de varas?



"El picador" (Pablo Picasso, 1890)
(El primer óleo del artista, pintado
a los 8 años de edad)
El 30 de agosto de 2010, la Corte Constitucional de Colombia publicó la sentencia C-666 sobre la demanda interpuesta por el ciudadano Andrés Echeverri del artículo 7º de la ley 84 de 1989, “Estatuto Nacional de Protección de los Animales”, que afirma: “Quedan exceptuados de los expuestos en el inciso 1º y en los literales a), d), e) f) y g) del artículo anterior el rejoneo, coleo, las corridas de toros, novilladas, corralejas, becerradas y tientas, así como las corridas de gallos y los procedimientos utilizados en estos espectáculos”. (El subrayado es mío.)

La sentencia de la Corte declara la exequibilidad condicionada de tal artículo mediante una extensa argumentación de más de 90 cuartillas. Dicha condicionalidad se resalta en esta cita, que parte de la declaración de exequibilidad en el entendido de que “la excepción […] permite, hasta determinación legislativa en contrario, […], la práctica de las actividades de entretenimiento y de expresión cultural con animales allí contenidas, siempre y cuando se entienda que estos deben, en todo caso, recibir protección especial contra el sufrimiento y el dolor durante el transcurso de esas actividades. En particular, la excepción […] permite la continuación de expresiones humanas culturales y de entretenimiento con animales, siempre y cuando se eliminen o morigeren en el futuro las conductas especialmente crueles contra ellos en un proceso de adecuación entre expresiones culturales y deberes de protección a la fauna. 2) Que únicamente podrán desarrollarse en aquellos municipios o distritos en los que las mismas sean manifestación de una tradición regular, periódica e ininterrumpida y que por tanto su realización responda a cierta periodicidad; 3) que sólo podrán desarrollarse en aquellas ocasiones en las que usualmente se han realizado en los respectivos municipios o distritos en que estén autorizadas; 4)  que sean estas las únicas actividades que pueden ser excepcionadas del cumplimiento del deber constitucional de protección a los animales; y 5) que las autoridades municipales en ningún caso podrán destinar dinero público a la construcción de instalaciones para la realización exclusiva de estas actividades.” (Sentencia C-666/10, www.corteconstitucional.gov.co). (Los subrayados son míos.)

"Picador" (Fernando Botero, 1991)
Las aseveraciones contenidas en esta cita merecen los correspondientes comentarios, y sin duda habrá ocasión para ello. Pero, en relación con la entrada inmediatamente anterior de estas “Explicaciones de un aficionado a los toros”, me concentraré en dos de ellas, esto es, aquella que acepta constitucionalmente los espectáculos con animales siempre y cuando se estudien mecanismos para que reciban protección especial contra el sufrimiento y el dolor derivados de estas prácticas, por un lado, y para que se eliminen o morigeren las conductas especialmente crueles contra ellos, por el otro.

En mi modesta opinión, el asunto crucial de estos condicionamientos está en el adjetivo crueles, más allá de los sustantivos sufrimiento y dolor allí contenidos.

El asunto de la crueldad lo reservo para futuras entradas. Aquí me concentraré en lo que considero que podría ser una modificación del primer tercio de la lidia, el de varas, que a un tiempo le hiciera bien al tercio mismo, a los tendidos y a la disposición de la Corte Constitucional.

En la entrada anterior expuse la importancia del tercio de varas, así como el que, de no ejecutarse bien, la puya puede entrar excesivamente en el cuerpo del animal, tanto en lugares no preceptuados como en el mismo morrillo, pero causando una lesión excesiva. Se desprende de esto que el tercio de varas es indispensable para la corrida de toros, y así mismo puede ser una suerte de enorme belleza y complejidad, aunque bien pudiera estudiarse su modificación, cuando menos en dos sentidos. En ambos comprende el repensar la estructura misma de la puya.

Puya en forma de limoncillo
(Tomado de: Los toros en España, t. I, p. 383)
Una opción estaría en la adopción de la puya en forma de limoncillo (ver figura). Esta idea ha sido defendida por varios estudiosos del tema, así como refutada por algunos profesionales del toreo. Los primeros afirman que la forma de la puya implicaría la detención del castigo y el asegurarse que no se le infringiera un excesivo castigo al animal. Los otros dicen que dicha forma de la puya no permite la mejor ejecución de la suerte puesto que en muchos casos impide penetrar en las carnes del animal, sobre todo si se tiene en cuenta que, en condiciones ideales, dicha acción debe realizarse cuando el toro viene hacia el caballo y no cuando ya está empujando el peto protector.

Propuesta de modificación de la puya actual (línea roja)
(Imagen intervenida, tomada de: Los toros en España, t. I, p.  391)
Mi opinión es que debería bajarse la cruceta de la puya actual, con el fin de que el encordelado no entre en las carnes del toro (ver figura intervenida). Esto disminuiría el castigo en cada puya, y tal vez volveríamos a ver más de una puya en este tercio pues, como expuse en la entrada anterior, es en varas donde mejor puede medirse la bravura del toro.

Adicionalmente, el que la cruceta de la puya esté casi al inicio del encordelado permitiría refrescar la suerte y cumpliría parcialmente con la decisión de la Corte Constitucional. Porque una cosa es cierta: la fiesta de los toros (en este caso, la colombiana) debe acatar en un plazo prudencial las disposiciones legales tendientes a su modificación. No hacerlo no sólo sería ilegal, sino que serviría de acicate para los detractores del espectáculo.

Cada vez vamos, aunque lentamente, acercándonos más a la discusión fundamental: la de la aparente crueldad de unos hombres con un animal, en presencia de público.

Paciencia.

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