sábado, 5 de mayo de 2012

Octava entrega: La plasticidad del tercio de banderillas


Nota inicial: Para ilustrar lo expuesto, así como lo presentado en las anteriores entregas de estas explicaciones, invito a los lectores a ver el video de la corrida en Sevilla del pasado 20 de abril, que registra la corrida completa. El lector, evidentemente, puede ver lo que desee.


Cuando algún conocido no aficionado me dice: “Y eso de los toros, ¿qué es?”, yo lo invito a la plaza. De aceptar la invitación, casi siempre se le encrespan las pestañas con el paseíllo. El gentío en los tendidos; aquel retumbar de cobres y tambores de la banda; los alguacilillos, con sus atuendos detenidos en el tiempo; la salida de los toreros, su elegancia y ensimismamiento;  las cuadrillas pensativas; los picadores mastodónticos; los areneros humildes; las mulillas.

Ahora, el invitado atónito presencia al toro en la plaza, y mucho más si su localidad es cercana al ruedo. Oye los resoplidos imponentes del animal; sus remates férreos contra los burladeros; su galope majestuoso sobre la arena.

Acto seguido, se levanta de su asiento con los lances de capa, al ver cómo esa media tonelada corpulenta y empitonada se adormece al arrullo del capote que mueven las muñecas lentas y bajas del torero.

Luego, su emoción será paradójica: con plasticidad, el toro es llevado al caballo y, al acometer aquel, recibe la puya que lo sangra. Si el invitado es impresionable, la sangre del toro lo molesta y, en ocasiones, lo perturba; si no lo es, digiere con estoicismo el impacto insospechado.

Se retiran caballos y picadores. Entonces, casi unánimemente, el invitado se emociona hasta el vello erizado con el tercio de banderillas, el segundo de la lidia.

"Les Banderilles", Pablo Picasso
¿Por qué conmueve tanto, a propios y a extraños, la suerte de banderillas?

Creería que es porque el hombre va a cuerpo limpio y está solo en el ruedo, una vez el toro ha quedado cuadrado para la suerte. Sólo lo defienden dos palos decorados con papelillo, que tienen un arponcillo de 4 cm de largo por 1,6 cm de ancho cada uno (véase ley 916 de 2004, “Reglamento Nacional Taurino”, artículo 50).

Mueve el hombre, a veces, todo su cuerpo; a veces, sólo los brazos; en ocasiones, la pierna de salida, por la que habrá de citar al animal. Y se arranca el toro al galope, decidido a embestir aquello que lo llama. Esa pluma al viento. El toro va dispuesto a partirla en dos. Pero la pluma baila, como las plumas al viento, y de repente ya no está donde el toro creía que estaba. Se ha movido en una fracción de segundo.

Levanta los brazos la pluma; los pies van al aire. Se “asoma al balcón” de los cuernos del toro que quiere partirlo en dos, y sin embargo es él quien clava las banderillas en el morrillo del toro, para salir por piernas hacia su resguardo, si es que el toro persigue.
La escena –atlética, artística, majestuosa- se repite tres veces. Cuando es el matador quien banderilla, hay música y más expectación. Cuando no, se lucen los toreros subalternos en medio de aplausos y saludos; si no lo hacen, hay silencio y, en ocasiones, abucheos.

Las banderillas, otra arma defensiva en el toreo, se utilizan para reanimar al toro en dos sentidos: el primero, para que retome la alerta que pareciera haber perdido en el tercio de varas y el segundo, en mi opinión, para darle una oportunidad clara de “encontrar bulto”, es decir, cornear. A veces ocurre la tragedia de la cornada, como la recientemente ocurrida al torero Juan José Padilla (ver video).

Sin embargo, sobre todo se ponen banderillas para que el matador pueda percatarse de las condiciones de embestida del animal luego de la suerte de varas.

Ilustración de la suerte de cuartear
(Tomado de: J.M. de Cossío, Los toros, t. I, p. 954)
La suerte de banderillas tiene varias formas de ejecutarse, y han sido muchas más en el pasado. La técnica más común hoy es la del cuarteo, dándole al toro sus terrenos, es decir los de tablas, y citando el torero en los medios (ver figura, que puede ampliarse).

Los peones de brega ubican al toro paralelo a las tablas. El banderillero llama la atención del toro y cuando este se fija en aquel, el hombre lo cita e inicia una carrera plástica que dibuja un semicírculo en el ruedo. El toro galopa para enganchar el bulto y, al momento del encuentro, el torero levanta los palos, yergue la figura y clava las banderillas en un momento de danza electrizante.

Ilustración de la suerte de quebrar
(Tomado de: J.M. de Cossío, Los toros, t. I, p. 950)
Otra manera de ejecutar la suerte de banderillas es al quiebro (ver figura, que puede ampliarse). Esta suerte se realiza con toros boyantes o, dicho en términos sencillos, con ganas de embestir. El banderillero cita al toro de frente, desde el lugar opuesto al que ocupa el animal en el ruedo. El toro galopa hacia él con ganas, invade sus terrenos y, al momento en que cree que logrará su cometido de cornearlo, el torero quiebra su figura (por lo general con un movimiento de pie y de cadera). El toro acude allí, pero ya el cuerpo humano ha regresado a su sitio original, y entonces se clavan los palos.

Como todo en el toreo, las suertes dependen de la condición del toro. Es decir, esta no es una actividad en donde el ser humano hace lo que se le viene en gana con un animal. Es el toro el que indica lo que debe hacerse con él.

Por eso, también es común ver en el tercio de banderillas los pares llamados al sesgo. Esta técnica se utiliza con toros parados y aquerenciados en tablas, o sea los animales que se van contra las tablas y no se mueven de allí. El torero, entonces, se arranca hacia el toro y hace todo el ejercicio, pues el animal está literalmente parado. Llega el hombre a la cara del animal, se expone y luego clava los palos, cuando el toro baja la cabeza.

Luego de los tres pares de banderillas, vuelven a sonar clarines y timbales. Viene el tercer tercio. El tercio de muleta y de muerte del toro, en la mayoría de los casos. Este será el tema de nuestra próxima entrada.

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