viernes, 15 de junio de 2012

La soberbia "petrolucionaria" en Bogotá I

Debí suspender las ‘Explicaciones de un aficionado a los toros’ por el exceso de trabajo que implica el fin del año escolar, y me arrepiento de ello, puesto que en estos dos meses el alcalde y la Corporación Taurina de Bogotá intentaron ponerse de acuerdo sobre el futuro de la fiesta en la capital colombiana. Fracasaron.
Como lo anticipé en una entrada anterior (“Alcalde de Bogotá reaviva la polémica”, publicada el 13 de enero), el alcalde Petro planteó la discusión en torno de la muerte del toro en la plaza. 
A su turno, la Corporación Taurina, respetando el sentir del aficionado y las disposiciones de la Corte Constitucional (sentencia C-666 de 2010), propuso reducir a dos los intentos de entrar a matar como un paso tendiente a la morigeración de “conductas especialmente crueles” con los animales. No podía aceptar la supresión de la suerte de matar puesto que ella, por razones que se explicarán en otra entrada, constituye un pilar fundamental de la tauromaquia.
Desde ayer, la alcaldía bogotana preparó el terreno para la revocación del contrato 411 de 1999 que tiene con la Corporación Taurina para utilizar la plaza de toros “por seis fechas durante los meses de enero, febrero y marzo hasta el año 2015” (véase www.eltiempo.com, “Distrito revoca contrato para prestar la plaza a Corporación Taurina”)
Demagógicamente, Petro anunció su decisión con el “argumento” de que la plaza de toros, en vez de prestarse para eventos taurinos seis domingos del año, se convertirá en el ágora de nuestra deliciosa Atenas suramericana para que los estudiantes de los colegios públicos reciban clases de literatura dictadas por reconocidos escritores locales. 
Voy primero al diccionario y leo que la demagogia es el ejercicio de la democracia “consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”. 
Luego, me pregunto en soledad: ¿Debo caer en la tentación de comentar este “argumento” del alcalde Petro, según mi condición de profesor de lenguaje y literatura de secundaria, aunque sea de un colegio privado? (¡Ay! ¿Seré descalificado, a priori, por ser profesor de un colegio privado?)
Y me respondo: “Sí. Quiero comentar sólo un poquito, un poquito no más”. 
Señor alcalde Petro: ¿Para qué hacer clases de literatura en una plaza de toros? ¿En qué pupitres apoyarán los niños sus cuadernos para anotar las valiosas enseñanzas del conferencista de turno? Si usted fuera adolescente, ¿no se aburriría hasta la calva en semejante circunstancia? 
Ahora bien: ¿Se atrevería usted –o alguien de su cuadrilla- a hacer el paseíllo frente a 14,000 niños para que alguien les hable de García Lorca, de Hemingway o de Vargas Llosa? ¿Y qué tal si algún desadaptado mental preguntara por qué esos escritores amaban tanto la fiesta de los toros? ¿Qué respondería el conferencista, qué respondería usted, sus banderilleros, picadores, puntilleros y monosabios? ¿O se le dirá al conferencista sobre qué tipo de escritores debe hablar? Porque usted, en tanto político, dice ser experto en los tres tercios de la lidia, pero en realidad se sale siempre de la suerte. En eso funda su soberbia “petrolucionaria”. 
Señor alcalde Petro: de aceptar esta hipotética invitación, tenga la plena seguridad de que no habrán pasado más de cinco minutos para que le fuera imperioso parar al estudiante mediante lances de capa (es decir, el diálogo, la concertación). Sepa que, en todas las edades, son escasos los interlocutores boyantes y nobles; la mayoría son aquerenciados y con signos de mansedumbre. Pero cuando usted los motiva, los incita (venga una vara en todo lo alto o un par reunido en el morrillo), alguno de esos jóvenes se crece y da lo mejor de sí. Entonces, usted habrá de templarlo, o sea indicarle el camino a seguir según el ritmo que él requiere; y tal vez tendrá que mandarlo, es decir, forzarlo a poner atención. De tener éxito, el alumno estará listo para pasar a la otra vida, para que su maestro no sea necesario y él pueda hacer las cosas por sí mismo.

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