lunes, 23 de julio de 2012

Alegre y entretenida


Sebastián Vargas da la vuelta al ruedo
(Foto: Diana R. Reina G.)

Fuimos a Sogamoso nuevamente a celebrar la independencia colombiana viendo toros. No es una afirmación irónica. Algunos consideramos importantes ciertas herencias culturales españolas, empezando por el idioma, y por eso intentamos conservarlas, ajustándolas a nuestro medio.
Tanto el cartel (el cucuteño Sebastián Vargas, el mexicano Uriel Moreno  El Zapata y el joven rejoneador Willy Rodríguez, con toros de Santa Bárbara) como la hambruna taurina que ya empieza a vivirse en Bogotá convocaron a una considerable cantidad de aficionados de la capital. Estuvieron presentes las peñas taurinas “La Giralda”, “La Cinco” y la de la Universidad Javeriana, entre las más destacadas, así como gentes que cada enero estaban presentes en la Santamaría bogotana. Con todo, tres cuartos de plaza nada más.
Fue alegre y entretenida la corrida, tanto por el tono general del encierro como por las características de los matadores de a pie. El primero (“Jinete”, de 445K), un castaño cornidelantero, permitió, el lucimiento de los toreros banderilleros. Se destaca un par de Sebastián Vargas, quien partió las banderillas contra las tablas y citó de rodillas para luego levantarse y dejar un par al quiebro. Inteligente con la muleta, citando a media altura (“Jinete” nunca humilló) y con bastante mimo, mató de entera delantera y tendida para recibir una oreja.
Vargas sale de las banderillas "cortas"
(Foto: Diana R. Reina G.)
Su segundo,  “Rabioso” (450K, castaño, bocinero y cornidelantero), fue mucho más que “Jinete”, aunque no recargó en el caballo. Fijo y alegre en su embestida, permitió siete verónicas y una media bastante decorosas, así como una faena interesante, pues Vargas lo aprovechó en las dos primeras tandas por derecha, hasta cuando el toro sacó una punta de mansedumbre y quiso rajarse. Entonces el cucuteño le arrancó cinco naturales y un pase de pecho con pundonor. Mató de delantera y contraria, recibiendo, pues el toro se había vuelto caminador, y mereció una oreja.
Inteligente y con ganas de agradar estuvo El Zapata con su primero (“Traje roto”, de 460K, castaño requemado, capirote y albardado, astigordo), que desde los primeros lances evidenció debilidad en los cuartos delanteros y una notable querencia por las tablas, entre la puerta de cuadrillas y el burladero de matadores. Lo consintió el mexicano con pases a media altura; lo acarició con suavidad en algunos naturales; lo mató de una estocada entera y fulminante. Le negaron una oreja, en mi opinión muy merecida.
El Zapata remata el par (Foto: Diana R. Reina G.)
El quinto de la tarde fue un gran toro del capitán Carlos Barbero. “Caballero” (448K, negro cornidelantero y con pocas carnes) mostró siempre alegría y repetición. El Zapata emocionó a los tendidos con dos pares seguidos al violín, toreando a cuerpo limpio. Con la muleta, aprovechó el generoso recorrido de “Caballero” y compuso una faena larga y balanceada de siete tandas. Hubo temple y mando en ambas manos, de los que destaco dos bellos pases del desprecio. Mató de estocada tendida y recibió dos orejas. El toro fue premiado muy justamente con la vuelta al ruedo y fue emocionante el aplauso respetuoso del público durante el arrastre.
Willy Rodríguez tuvo momentos de elegancia y compostura pero, como dicen los entendidos en esto, “tiene la muerte poco hecha”, y borró al final lo que había construido toda la tarde. Como quien construye por horas en la playa un castillo de arena para luego observar cómo el mar lo devora y lo sepulta en el olvido.
Salimos contentos de “La Pradera”, comentando la corrida. Hubo algunos incluso que torearon por las calles. No teníamos para entonces ni la más mínima idea de lo decepcionante que sería la tarde siguiente.

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