miércoles, 18 de julio de 2012

Décima entrega: El tercer tercio: La muleta y la muerte


En la anterior entrada decía que el toro marca la pauta para la actuación del torero en el ruedo. Si es difícil, optará por lidiarlo, esto es, por mandarlo y dominarlo. De ser bravo y noble, elegirá el temple. Y afirmaba que parar, templar y mandar es la tríada esencial de la tauromaquia.
Pues bien, ¿qué es eso de parar, templar y mandar?
Didácticamente hablando, parar puede entenderse como la quietud del torero al ejecutar las suertes; más importante aún, es la lentitud rítmica de la muleta para frenar el ímpetu del toro. La magia del asunto es que el toro se arranca al galope y, al encontrarse con la muleta, ese galope se hace lento, sin dejar de ser galope. 
Estrechamente vinculado con lo anterior, templar es la adaptación de dos dinámicas: la de la embestida del toro y la de la muleta del torero. Para evaluar el temple digamos que el toro nunca deberá tocar la muleta con los pitones, pese a que estarán a la mínima distancia posible. 
Finalmente, mandar consiste en evitar que el toro se vaya para cualquier parte, defecto de los toros con poca casta o de los toreros con poco oficio. Pero si templa y manda, el torero forzosamente ligará una tanda de pases en un mismo terreno del ruedo. Esto se consigue mediante el movimiento de la pierna contraria a la de la mano que lleva la muleta cuando el toro termina el recorrido de su embestida, mientras la otra pierna actúa como eje. 
Sé que lo descrito es complejo de entender así, con palabras. El toreo es una actividad efímera, hecha de tiempo y espacio, pero sobre todo de tiempo. Lo mejor es verlo. Por eso invito a los interesados a ver el enlace de la faena de José María Manzanares al toro “Arrojado”, único toro indultado en la Real Maestranza de Sevilla. Dejo también enlazado el vídeo que registra el retorno del toro a su ganadería.
En el toreo premoderno, la mano derecha se reservaba casi que exclusivamente para entrar a matar. En el toreo moderno y contemporáneo se torea con la mano izquierda y también con la derecha. Si es con esta última, la muleta se armará con ayuda de la espada o con un simulador de aluminio, con lo que su tamaño alcanzará a ser de un metro, poco más o menos. 
Si se torea con la mano izquierda, la espada o el ayudado se lleva en la mano derecha, que descansará casi siempre en la cadera correspondiente, por lo que el tamaño de la muleta será el dado por la longitud del palo (o estaquillador) en el que se monta la muleta, que es de poco menos que 70 cm.
Insisto en que las acciones humanas en una corrida dependen de las condiciones particulares del toro. Así, toda faena tiene mérito si se ajusta a las necesidades específicas del animal. Ya decíamos en otra entrada que el toreo es una actividad arquetípica. Sus participantes (el ganadero con su toro, los toreros y los tendidos de aficionados) persiguen el ideal, aunque cada uno según su perspectiva.
Un buen toro —bien hecho, bravo y noble, con recorrido y fijeza, que “mete” la cara al embestir con repetición y codicia—, permitirá una buena faena con ambas manos, para observar la calidad de su embestida por ambos pitones.
El matador dará los pases con la mano baja, adelantando la muleta hacia el toro, mandándolo y templándolo, acompañándolo en su recorrido cuanto le sea posible, lo que se logra mediante el quiebre y el giro de la cintura, así como con el alargamiento del brazo, corriéndolo con lentitud hasta el límite que permita su cuerpo. Esto conllevará, necesariamente, la recomposición de la figura y el ligue del siguiente pase, lo que se aprecia con relativa facilidad en la faena de Manzanares que sirve de ilustración. 
Cada tanda suele rematarse con el pase de pecho en el que, en lugar de girar su cuerpo moviendo la pierna contraria para quedar de nuevo frente al toro, el torero adelanta dicha pierna y cita al toro con el envés de la muleta para rematar por arriba hasta llevar la muleta casi hasta el hombro contrario al de la mano que torea.
Además de agobiante para el lector, sería imposible describir cada uno de los pases que se realizan con la muleta. Puede consultarse http://www.antena2.com.co/abctoros/, una muy loable iniciativa de la cadena radial RCN por ilustrar en vídeo las principales suertes que constituyen la tauromaquia.
Cuando el torero juzga que el toro ha dado lo mejor de sí, decide entrar a matar. A lo largo de la historia han existido varias suertes para hacerlo, que se sintetizan en las ilustraciones. Nos concentraremos en la suerte dominante hoy, la del volapié. 
En la suerte del volapié, el torero cuadra al toro a corta distancia, con las patas delanteras igualadas. Adelanta entonces la muleta hacia la cara del toro a la par que se arranca en línea recta hacia los pitones del animal, con la espada “engatillada” a la altura del pecho. Inmediatamente, vacía la embestida del toro con un movimiento rápido y bajo del brazo izquierdo (en el que lleva la muleta) hacia su costado derecho, mientras extiende el brazo para clavar la espada en el morrillo. Sale finalmente por el costillar del toro sin romper la reunión. Para ilustrar esto, véase el tercer enlace en vídeo, una estocada casi perfecta de Salvador Vega, en Zaragoza, en junio de 2008.
El ideal del torero (y, por ahí derecho, el del ganadero y el de los tendidos) es dar muerte al toro de manera digna, o sea rápida y efectiva, según criterios estrictos. Por lo general dejará una estocada entera (criterio de envase); en la cruz, es decir, “en el centro superior de las agujas y médula espinal y sobre los brazuelos” (criterio de colocación); y bien dirigida, esto es, formando un ángulo de entre 45 y 50 grados en relación con el espinazo del animal (criterio de dirección). 
Como se ve en el tercer enlace de vídeo, al ser bien ejecutada la suerte de matar, el toro se derrumbará en no menos de un minuto.
Sin embargo, lo cierto es que la dificultad de la tarea conlleva que haya veces en las que el toro no muere rápida ni efectivamente. Su agonía, hay que aceptar, se prolonga debido a estocadas defectuosas. Esto no complace ni al torero ni al público en los tendidos, ni tampoco, por supuesto, al ganadero, pues un toro bravo siempre debe morir dignamente, es decir, peleando en público por su vida.


Referencias
Acebal, Edmundo. "El tercer tercio". En: Los toros en España, tomo 1, Barcelona, Orel, ps. 327-355.
De Cossío, José María. Los toros, tomo 1, Madrid, Espasa-Calpe, ps. 961-1002.
Domecq S., Juan Pedro. Del toreo a la bravura, Madrid, Alianza, 2009.
Romero E., José María. "Heridas y lesiones que sufre el toro durante su lidia". En: Los toros en España, tomo 1, Barcelona, Orel, ps. 381-408.

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