martes, 24 de julio de 2012

Entre el mal genio y la frustración


Monumento al maestro Pepe Cáceres,
herido de muerte en la plaza "La Pradera",
de Sogamoso, en julio de 1987.
(Foto: Diana R. Reina G.)

La tarde era de ilusión. La corrida de la víspera había sido entretenida y había buenos augurios para hoy. Pero todo comenzó mal y terminó peor.
Ya se acostumbra uno a que en Sogamoso las corridas no empiecen a la hora anunciada. La del 20 de julio empezó media hora tarde. Pero este sábado sólo a las 4:20 p.m. el presidente sacó el pañuelo blanco que indica el inicio del festejo. 
Sonó el himno nacional, luego el departamental y la media plaza presente estuvo atenta a que se abriera la puerta de cuadrillas para que iniciara el paseíllo. 
La puerta de cuadrillas no se abrió.
Mi vecino de barrera, un bogotano rondando los 60 años de edad, comentó con sorna: “Aquí viene el minuto de silencio, que puede ser la hora de silencio, o la tarde de silencio”. Mi ingenuidad me impulsó a pensar que se trataba de una broma. Pero la puerta de cuadrillas siguió cerrada.
Los periodistas entraban al patio de cuadrillas y al rato salían con noticias frescas: “No hay con qué pagar a los toreros”. “Sólo a las dos el empresario reunió el dinero del encierro, así que los toros estuvieron en el camión hasta esa hora”. Minutos más tarde, la preocupación aumentaba. “Faltan diez millones”, informaba uno. “Solanilla no torea”, anotaba otro. “Están lejos de ponerse de acuerdo”, decía uno más. Los movimientos en el callejón eran de velorio.
El público aguantó con una paciencia insospechada y digna de reconocimiento. Hacia la mitad de la espera sucedió lo increíble: el presidente de la corrida y su asesor decidieron abandonar el palco y bajar por el tendido de sombra. Alguien con un sentido del humor a prueba de irrespetos gritó desde sol: “¡Cójanlos! ¡Cójanlos!” Las dos “autoridades” regresaron a sus puestos.
Entre tanto, mi mal genio crecía a la par con una profunda frustración. Sobran las protestas antitaurinas, los alcaldes autoritarios y los proyectos prohibicionistas. Basta con dejar esto en manos de empresarios irresponsables que, aun sabiendo que no tienen respaldo económico, convocan a ganadero, a toreros y a aficionados en una plaza de toros, más aún en una coyuntura política tan difícil, con la fe puesta en que ocurriera quién sabe qué milagro que les permitiera salir bien librados de semejante desfachatez.
Pero vea usted que, casi una hora después los informantes salieron sonrientes. Milagrosamente, el dinero se había reunido. El pulgar en alto significaba “Hay corrida”.
Y sin embargo corrida, lo que se dice corrida, no hubo. Uno a uno fueron saliendo al ruedo seis mansos de Peñalisa, a los que se enfrentaron, con mayor o menor decoro, el bogotano Juan Solanilla, el español Juan Manuel Mas y el rejoneador manizaleño José Miguel González. El primero, buenas maneras, poca suerte y algo de enfado. El segundo, verde cual su traje, como lo anotara ácidamente otro vecino de tendido. Y el tercero, que dejó buena impresión, hizo las cosas tan rápido que casi no pueden recordarse.
¿Quiénes de los que vinieron hoy volverán el próximo año a “La Pradera”? Apuesto a que menos de la mitad, y creo que perderé por optimismo. Lo dije arriba. Señores antitaurinos: basta alejar al público de los tendidos encargando la empresa a gente con poca afición y mínima vergüenza para asistir al funeral de la fiesta brava en Colombia. Sin público en los tendidos, la tauromaquia carece de sentido. Así de sencillo. 
De ser así, “nos vemos en el infierno”, como respondiera con sarcasmo mi vecino sesentón al trato displicente que recibió de la “figura” española que debimos soportar hoy en Sogamoso.

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