lunes, 24 de diciembre de 2012

Entrega doce: La muerte como sacrificio


Despedida de César Rincón en Bogotá, 2008.




Es innegable que hoy la discusión sobre las corridas de toros es la muerte ante un público de un animal. Pero no se trata de cualquier animal, sino de uno criado para ese propósito. En un segundo renglón está el debate sobre el tratamiento que recibe ese animal durante la lidia, que se tilda de cruel, salvaje y bárbaro. Finalmente, hay quienes descalifican las corridas de toros por elitistas, para la mórbida diversión gratuita de las clases pudientes.
Valga un paréntesis. Creo que este último aspecto prima, disfrazado de los primeros, en la decisión del alcalde Petro de no facilitar la plaza Santamaría para celebrar corridas en Bogotá. No es la defensa de la vida, ni el rechazo a la violencia; es, monda y lironda, una venganza de clase.
Como se dijo en su momento (ver la entrada “Las tres Tes del toreo”, 31 de enero de 2012), el animal sacrificado, con el aval de su propietario, es un toro bravo. No es un gato, una tortuga, un tiburón o un tigre. Es un toro. Y no cualquier toro, sino uno bravo: un toro de lidia. Quizás haya ocasión de explicar por qué es este animal el objeto de esta ceremonia ritual. Pero el tema que ahora nos ocupa es distinto.
El tendido espera la salida del toro. Foto: C. Arango
Decía que lo crucial de esta discusión es la muerte pública, y no la muerte en sí. Los detractores de las corridas no soportan la publicidad; toleran, en cambio, la muerte privada. Así ocurre en Portugal y recientemente en Ecuador, y así se ha propuesto que ocurra en ciertas ciudades colombianas (Bogotá y Medellín).
Como se planteó en la entrega anterior, la conclusión dominante desde la antropología es que las corridas de toros son una ceremonia ritual de culto y sacrificio. En este sentido, Antonio Fernández Tresguerres (1993) concluye desapasionadamente que las corridas de toros, allí donde se celebran, constan de cuatro dimensiones.
Una primera es su carácter contextual. Ocurren en un lugar específico (la plaza de toros); en una temporada delimitada (vinculada con festividades colectivas de orden religioso); en un momento particular del día (en la tarde y ojalá al contacto del sol, aunque crece la tendencia, al menos en Colombia, de celebrar corridas nocturnas y, como van las cosas, pronto serán además en recintos techados, por aquello de los escenarios multipropósito).
La segunda dimensión es la variacional. Por un lado, se trata de una actividad reglamentada y protocolizada. Lo que se hace con un toro en una corrida está sujeto a normas y debe seguir un orden estricto. Contrario a lo que imaginan los antitaurinos, no todo vale en una corrida. Al contrario: lo que se hace mal o a destiempo se penaliza, ya sea por el reglamento o por el público.
Esa misma actividad reglamentada, curiosamente, está sujeta a variaciones (de allí el nombre de esta dimensión). Lo que ocurre en la lidia, que es siempre lo mismo, es también siempre distinto, pues un toro no es igual que otro, así como no son iguales los temperamentos y las sensibilidades de un matador o de otro.
Ya dijimos que no es cualquier animal el que se sacrifica en la plaza, sino que es un toro bravo. Pero hay que agregar que no se trata de cualquier toro bravo, sino de uno que cumpla con condiciones puntuales de edad y presencia (en las plazas colombianas de primera categoría, deberán tener 4 años cumplidos y mínimo 440 kilos de peso). Y si alguien duda de esta dimensión, que Fernández llama distintiva, lo invito a leer la ley 916 de 2004, el “Reglamento Nacional Taurino”.

Chicuelina de Luis Bolívar. Foto: C. Arango
La dimensión constitutiva es la de la muerte pública del toro en la plaza. No se trata de cualquier muerte, sino de una ceremonial, que hunde sus raíces en un culto ritual de contacto con el toro, desde siempre asociado a la fecundidad, la fertilidad y la sexualidad.
Los matadores entran a la plaza, dice el antropólogo J. Pitt-Rivers (2012), en actitud eclesiástica. Su traje de luces lo confirma, pero sobre todo su capote de paseo, ricamente bordado, a manera de casulla. En los preparativos para el primer tercio, el torero asume una condición femenina, aplacando con el capote —que dibuja vuelos seductores, como los de la falda— las embestidas indómitas de su contraparte masculina, el toro.
El primer tercio, la pica, se interpreta bajo esta óptica como la prueba de las cualidades morales de la víctima, esenciales para que su sacrificio tenga sentido, pues dichas cualidades habrán de transferirse a la humanidad. Esta prueba marca al toro en el morrillo, cuya evidencia es la sangre.
En el tercio de banderillas, el enfrentamiento se equilibra: un hombre solo, provisto de astas (las banderillas), contra un animal con astas. Adicionalmente, se trata de adornar el objeto del sacrificio, pues dicho ornamento hace que la víctima trascienda la vida profana. Y ese ornamento debe realizarse lo más cerca posible de la marca sangrienta que ha hecho el picador.
Estocada de Julián López, "El Juli". Foto: C. Arango
Ya en el tercer tercio, y siempre siguiendo a J. Pitt-Rivers, el torero ha asumido plenamente su masculinidad. Al entrar a matar, según las normas, debe “hacer la cruz” (expresión con profundas implicaciones religiosas): el brazo izquierdo que lleva la muleta se mueve a la derecha, para que el toro “descubra la cruz” (nuevamente la connotación religiosa), es decir el lugar por donde penetrará la espada.
El verbo latino mactare, de donde proviene la palabra matador, significa originalmente inmolar. De allí que, si no se mata bien al toro, y bien quiere decir siguiendo unas reglas específicas, todo lo anterior que se ha hecho no vale de nada ante el público.
Esto y todo lo antes expuesto confirman las implicaciones sacrificiales y rituales de la corrida de toros moderna. 

Referencias
A. Fernández Tresguerres (1993. Los dioses olvidados. Caza, toros y filosofía de la religión. Oviedo, Pentalfa.
J. Pitt-Rivers (2012). "El sacrifcio del toro". En: Ritos y símbolos de la tauromaquia. En torno a la antropología de Julian Pitt-Rivers. Bellaterra, Barcelona.

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