jueves, 20 de diciembre de 2012

Entrega once: La polémica muerte pública


A comienzos de este 2012 que agoniza, el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, sustentó su decisión de no prestar la plaza de toros de Santamaría para realizar corridas de toros con el planteamiento de que su administración no avalaría “espectáculos alrededor de la muerte”.
Luego, a raíz de una decisión de la Corte Constitucional (C-889/12) que descarta que los alcaldes municipales puedan prohibir la realización de eventos taurinos, el gobierno local aclaró que su único propósito era cumplir con otra sentencia constitucional (C-666/10) que permite las corridas de toros y otros eventos con animales, con un llamado a que se morigeren o supriman en el futuro los tratos especialmente crueles hacia ellos.
La expresión reduccionista del alcalde Petro es claramente peyorativa puesto que tiene la velada intención de descalificar las corridas de toros en tanto asociadas con la muerte, como si la muerte en sí misma fuera algo abominable, para luego convertir en ciudadanos de segunda categoría a sus protagonistas, esto es, a quienes denominé en su momento “las tres Tes del toreo”: toros (y sus “representantes” humanos, los ganaderos), toreros y tendidos, o sea, el público.
El alcalde hace esto porque sabe que sus palabras tienen impacto en la opinión pública, pues es evidente que el antitaurinismo —desde el radical hasta el ingenuo, desde el acérrimo defensor de la vida por la vida misma hasta el ingenuo y prejuicioso— concibe o imagina la corrida de toros como una sangría gratuita en la que todo vale con tal de hacer sufrir al toro hasta verlo morir, mientras la concurrencia se rasgan las vestiduras en un éxtasis orgiástico de sangre y sufrimiento, y los toreros protagonistas se solazan en su barbarie.
Ahora me interesa explicar, parcialmente, al menos, lo que han encontrado algunas de las teorías antropológicas que se han ocupado del asunto, gracias a sus investigaciones sobre las corridas de toros. ¿Qué hay detrás, en realidad, de esos “espectáculos alrededor de la muerte”?
Julian Pitt-Rivers
El reconocido antropólogo inglés Julian Pitt-Rivers (1919-2011) intervino en 1993 ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo en defensa de la fiesta de los toros. Su conferencia se tituló “The Spanish Bull-Fight and Kindred Activities”. Aquí seguiré la traducción de P. Martínez de Vicente, publicada bajo el título “Tauromaquia y religión: la defensa de la fiesta de toros en el Parlamento Europeo” (Martínez de Vicente, P. (coord.) Ritos y símbolos en la tauromaquia. En torno a la antropología de Julian Pitt-Rivers. Bellaterra, Barcelona, 2012).
Dice Pitt-Rivers: “La corrida de toros (…) no es realmente una contienda en pleno sentido de la palabra; el toro no puede ganar pues, aunque mate o hiera al matador, éste (…) deberá ser sustituido por otro (…) que remata el rito. En cualquier caso, si a la res no la mata un torero y es devuelta al corral, lo hará (…) esa misma tarde un matarife…”. (p. 94)
Aparecen aquí dos puntos de enorme importancia en esta discusión. El primero es que el problema central no es la muerte del animal, pues aunque el matador no pueda cumplir su cometido, el toro igual morirá esa tarde, a manos de un matarife. 
Todo parecería indicar que lo que realmente irrita es que dicha muerte sea pública. De hecho, una de las propuestas de la alcaldía bogotana es que se modifique el reglamento taurino para que el toro muera lejos de los tendidos, en la oscuridad de los chiqueros de la plaza. Y, yendo más allá, otro gobierno municipal, el de Medellín, propuso hace poco que continuaran las corridas pero sin la suerte de varas, sin las banderillas y sin la suerte de matar.

El libro Ritos y símbolos en la tauromaquia
El segundo punto es la sutil distinción que se establece entre los términos matador y matarife. Ya sabemos que el lenguaje plasma la cultura, y el hecho de que se distinga entre matador y matarife implica que dichos oficios tienen diferencias específicas. En otras palabras: no es lo mismo ser matador que ser matarife, así el alcalde bogotano prefiera el segundo término que el primero. Volveremos a ello en otra entrada.
Continúa Pitt-Rivers: “[…] la corrida de toros no es un combate (aunque es una clase de duelo de valor); no es ningún deporte competitivo (aquí no hay competencia); no es un juego […]. No es un espectáculo, ni tampoco una pieza teatral (aunque una corrida sea espectacular, o terriblemente dramática), pues no representa la realidad, sino que es la realidad misma. Los que mueren en el ruedo no regresan a los cinco minutos, sonriendo, para reaparecer en escena después de bajar el telón”. (pp. 94-95)
Según Pitt-Rivers y otros estudiosos del asunto que presentaré en otras entradas, la realidad de una corrida de toros es la de una ceremonia ritual de culto y de sacrificio. En ella, hombres y toro establecen una relación de inteligencias y de fuerzas, profundamente vinculada con la religión, pero también y sobre todo con cargas simbólicas que tienen que ver con la fecundidad y la fertilidad; en suma, con la sexualidad.
Para terminar esta breve glosa sobre la conferencia de J. Pitt-Rivers, cito sus palabras que, en el contexto colombiano, me parecen de especial importancia: “Como saben todos los científicos sociales, o deberían saberlo, (...) la variedad cultural que caracteriza a un grupo humano de otro es la única defensa contra el anonimato y la pérdida de identidad que la homogeneización económica anhela, muy erróneamente, conseguir. ¡Europa será multicultural o reventará!” (p. 109).
Esa exclamación final de Julian Pitt-Rivers es la que mueve, en esencia, estas explicaciones de quien aspira a convertirse algún día en un aficionado a los toros, en un contexto político que parece amar la homogeneidad y la uniformidad.

No hay comentarios: