viernes, 25 de enero de 2013

"El gato montés" en mi casa



En Bogotá, pasadas las 3:30 de la tarde, tras los himnos nacional y local correspondientes, la plaza de Santamaría se abre al compás de “El gato montés”, ese pasodoble de letra y música de Manuel Penella (1880-1939), que debe su nombre a la ópera homónima de la cual es parte y que fue estrenada en 1917. Esta es la música (por lo menos la versión más parecida) que suena en Bogotá un domingo de enero o de febrero, cuando hay corrida, interpretada por la banda de música de la Cruz Roja de Valencia (España).

A mí, “El gato montés” me sabe a infancia: a esperas interminables en el auto, escuchando los preliminares de la transmisión radial. A eso de las 10 am, mi padre se había refundido en los pasillos del hospital, “entrada por salida”, para volver, cuando había suerte, a las 2 pm; muchas veces a las 3:00. Insisto. Las corridas de toros en Bogotá inician a las 3:30 en punto de la tarde.
Serio y afanado, abría la puerta y encendía el auto. Cuando íbamos saliendo del estacionamiento, yo preguntaba por las entradas para la corrida. Casi nunca las tenía. Pero siempre las consiguió. A callejón, a barrera, a quinta fila, a fila 18, a balcón.
No obstante, así entráramos de últimos, jamás me perdí “El gato montés”. Mi padre solía desdeñar las citas, menos aquella que tuvo siempre con “El gato montés”.
Por eso, a mí “El gato montés” me huele a papá, a colonia, a prisa. Tiene un gusto a boñiga y a tabaco, a sudor de caballo y sangre de toro, a miedo y vino tinto, a lágrimas entre sonrisas. “El gato montés” me sabe a arena y a silla de montar, a emoción y a brillo de sedas y alamares. Me sabe a ceremonia.
Eso es. Para mí, “El gato montés” inicia una ceremonia que se celebra en mi casa, en Bogotá. Sus notas electrizantes indican el comienzo del paseíllo, esa procesión majestuosa para despejar la plaza y prepararse para el ritual ceremonial más hermoso que existe.

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