lunes, 21 de enero de 2013

"Hay que empezar siendo toro"


Portada del libro

Hoy terminé de leer …O llevarás luto por mí (Barcelona, Círculo de Lectores, 1968), de Dominique Lapierre y Larry Collins. Estuvo desde siempre entre los libros de mi padre y confieso que, por esos prejuicios tontos, jamás me había llamado la atención leerlo, por aquello de que sus autores eran un francés y un norteamericano, respectivamente. Siempre pensé que esto los convertía en voces poco autorizadas para hablar de toros. ¡Qué bruto!
Este libro, que algunos catalogan como novela, es una rigurosa investigación periodística sobre la vida de Manuel Benítez El Cordobés y también sobre la vida en España durante la Guerra Civil (1936-1939) y las décadas siguientes de posguerra. Los autores y sus colaboradores (tres investigadores y cerca de diez asesores y asistentes) invirtieron quince meses en recopilar los testimonios que serían la base de la obra.
O llevarás luto por mí aprovecha la coincidencia entre el nacimiento de Manuel Benítez el 4 de mayo de 1936 y el estallido de la guerra civil en julio de ese año. La narración intercala la actuación de El Cordobés ante su primer toro, “Impulsivo”, en la corrida de confirmación de alternativa celebrada en Las Ventas de Madrid el 20 de mayo de 1964 con los terribles acontecimientos de la guerra civil en el pueblo natal de Benítez, Palma del Río, y la azarosa vida de la familia durante aquellos años y los primeros de la posguerra.
La prosa de Lapierre y Collins es minuciosa y detallada, quizás en exceso. Pero no por eso deja de ser apasionante. La miseria de la infancia de Benítez se hace sentir al correr de las páginas; se siente en ellas la obstinación de aquel joven que, en menos de una década, pasó de ser un paria, un ladronzuelo de poca monta, un albañil sin futuro, a la más importante figura de la sociedad española. Algo así como el Beatle del toreo.
Los pases heterodoxos de EL Cordobés
Y, con el sufrimiento de la juventud de El Cordobés, el lector siente sobre sus hombros los ecos del peso que llevaron sobre los suyos los españoles de la posguerra: “Usted no puede comprenderlo, si nunca ha pasado hambre. Incluso ahora me echo a llorar cuando pienso en el hambre que pasamos después de la guerra. Entonces, era también lo único que podíamos hacer: llorar. Llorábamos al acostarnos, porque no habíamos comido, y llorábamos porque nos dolía el estómago hasta el punto de no poder sostenernos en pie. Llorábamos y llorábamos, porque no podíamos hacer otra cosa y, menos que nada, comer. En aquellos tiempos, la gente se caía al suelo y se moría en las calles de Palma. […] Los ricos lo compraban todo, como habían hecho siempre, y nada quedaba para nosotros. Recorríamos los campos de las márgenes del río, cogíamos hierba y la comíamos”. (“Relato de Angelita Benítez”, pgs. 147-148)
La decisión y el valor desmesurados de El Cordobés lo catapultaron, en menos de una década, desde su condición de paria e hijo de soldado republicano hasta la de ser invitado a una celebración de año nuevo en la casa de los condes de Argillo, junto al generalísimo Francisco Franco. Y es el valor decidido de El Cordobés el que le queda a este lector como lección definitiva. Se resume en el diálogo con su hermana Angelita, cuando iba a torear, como novillero desconocido, en su pueblo natal de Palma del Río: “Me rodeó con sus brazos y juntos nos dirigimos a la puerta. Todo el pueblo estaba allí esperando que saliera, gritando y zarandeándose. Pensé que iba a desmayarme.
“-Por favor, por favor, Manolo- supliqué, -¡no vayas!
“Él se inclinó y me besó de nuevo, esta vez en los ojos.
“-No llores, Angelita- me dijo.
“Después se acarició el traje con la mano y añadió:
“-Esta noche te compraré una casa… o llevarás luto por mí.
“Después, mi hermano pequeño, vestido con el traje de luces, se encaminó, escoltado por todo el pueblo, a su cita con los toros.” (“Relato de Angelita Benítez”, pg. 323)
No estoy seguro de haber visto torear a El Cordobés. De seguro, mis padres sí lo vieron. Recuerdo que mi madre lo amaba. Por buenmozo, por valiente, por torero (en ese orden). Recuerdo que mi padre no gustaba de su toreo, porque lo consideraba vulgar y poco ortodoxo. Pero lo admiraba por su valor y por lo que le dio en aquellos años a la tauromaquia: popularidad.
Al terminar …O llevarás luto por mí se me ocurre que lo que necesita la tauromaquia del siglo XXI es un nuevo El Cordobés. No por su miseria convertida en opulencia; no por su decisión a toda prueba; no por su sed reivindicatoria, sino también, y sobre todo, porque la fiesta brava necesita a alguien que diga que “Para llegar a ser torero hay que empezar siendo toro”. (Pg. 188)

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