jueves, 28 de marzo de 2013

Entrega trece: ¿Por qué voy a los toros?


Ante esta andanada moralizante del antitaurinismo, sería interesante formular una pregunta genérica y conseguir una respuesta de la misma índole: ¿Por qué hay quienes gustan de ir a las corridas de toros? Los epítetos de “elitismo”, “sadismo”, “salvajismo” pululan entre los detractores. Habrá algunos que encajen en la primera categoría y prácticamente ninguno, diría yo, en las otras dos. En fin. Ya habrá quien intente semejante ejercicio. A mí no me interesa. En cambio, me interesa responder por mí.
"Toro", Fernando Botero, 1984
¿Por qué me apasiona ir a los toros? En primer lugar, por el toro: un animal altivo y misterioso. Nunca se sabe cómo va a ser un toro en el ruedo, independientemente de la reata (o familia) de la que provenga. Voy a los toros para verlos adueñarse del ruedo y cambiar durante la lidia. Y cuando sale un toro verdaderamente bravo a la plaza, la emoción es incomparable. Se respira el respeto hacia él, de los propios toreros y de los tendidos admirados.
Para mí, no hay nada más emocionante que un toro bravo en el ruedo; su poderosa nobleza. Porque un toro bravo es una fiera, pero no es un asesino, así como el matador de toros no es un matarife. Nadie que haya ido a los toros y que le corresponda un toro verdaderamente bravo negará que es el animal más admirable del mundo, sobre todo al momento de su muerte, que siempre será solemne.
Voy a los toros porque me conmueve hondamente el ceremonial de los trajes de luces, las etapas rigurosas en que se divide una corrida, las decisiones instantáneas de los toreros para acoplarse con el animal, respetando los terrenos de cada quien para crear una faena armónica. Porque el toreo podría resumirse en una palabra: plasticidad. Esa plasticidad está en la conjunción mágica entre la musculatura poderosa del toro y la suavidad garbosa de la mano, la muñeca, el brazo y finalmente todo el cuerpo del torero. Es una escultura, sólida durante fracciones de segundo, que luego se pierde para siempre en el tiempo.
Voy a los toros por el peligro, qué duda cabe, y no me ruborizo al decirlo. Ese peligro radica, por supuesto, en el hecho elemental de que los protagonistas se están jugando, literalmente, la vida. Por lo general la pierde el toro, pero los toreros también han puesto la suya a merced del animal y ante los ojos del público. Por eso decía el matador colombiano José Eslava Cáceres, Pepe Cáceres, muerto a raíz de una cornada que le propinara un toro en la plaza de Sogamoso hace ya casi 26 años, que no hay soledad comparable a la de un torero en el ruedo, pese a que haya miles de personas observándolo.
"Derechazo", Fernando Botero, 1985

Algunos toreros se sumen en una especie de trance, fruto de ese coito simbólico que ocurre en el encuentro de un torero y un toro en la plaza. Uno de ellos, José Antonio Morante de La Puebla, comentaba en un vídeo que revisé hace pocos días: “Me gustaba la expresión de la cara. Tenía mucha confianza en el toro”. Porque el toreo plástico al que me he referido arriba es también la comunicación de dos temperamentos animales en un combate amoroso.
Ese trance, en una escala reducida, es la que me ocurre en tanto aprendiz de aficionado a los toros. En un día de toros, el espíritu y el cuerpo son distintos. La concentración de la mente y la acción del cuerpo giran en torno de la corrida. A un concierto o a una obra de teatro, voy; a un partido de fútbol o de cualquier otro deporte, voy. A una corrida de toros, asisto, estoy presente y agradezco cada minuto, así me ponga de mal humor o llore de alegría. En tanto aprendiz de aficionado, me gustaría considerarme un colaborador de los oficiantes. Por eso me encanta el remoquete que usó ese gran torero de plata llamado Hernando Arias, oriundo de Manizales, y que este año se despide de los ruedos: El Monaguillo. Mi afición por los toros es la del monaguillo de la iglesia. Asisto al oficio por gusto, por afición, por amor.
"El tendido", Fernando Botero, 1984
Voy a los toros porque me complace un evento en el que el público está compuesto, más allá de los matices, de personas decentes. Desde Choachí hasta Manizales; de Ubaté a Medellín; en Sogamoso o en Cali; en la Santamaría o en Villapinzón, los espectadores de una corrida de toros “son gente”, como dicen los burgueses bogotanos. Fíjese usted la paradoja: un “espectáculo alrededor de la muerte”, como lo llama el alcalde de la capital colombiana, jamás ha producido, que yo sepa, incidentes violentos. Puede haber “broncas” (como se conoce en el medio la censura mayoritaria del público ante la actuación de un torero); habrá desacuerdos y uno que otro encontronazo, casi siempre producto de la libación y pronto superado por la presión social. Pero jamás he visto agresiones violentas entre los espectadores de una corrida de toros.
Voy a los toros, sobre todo, para aprender. Apreciar el toreo es una cuestión dificilísima, por lo efímero del evento y por la cantidad de variables que intervienen en una sola suerte. He descubierto, con los años, que no hay nada que me guste más que aprender, pero sobre todo, aprender de toros. Por eso mis textos “periodísticos” llevan por título Crónicas de un aprendiz. Jamás dejaré de serlo.

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