miércoles, 26 de junio de 2013

Michel Leiris, literatura y tauromaquia: la hora de la verdad

Portada del libro
Hace un año largo compré a precio de escándalo Edad de hombre (Pamplona, Laetoli, 2005), de Michel Leiris. Quería tener el texto que hace las veces de prefacio en esta edición y que lleva por título “La literatura considerada como una tauromaquia”. Lo había leído muchos años atrás, pero aquel libro se refundió en manos amigas.
Mi interés concreto se concentraba en esas escasas diez páginas, pero el golpe a mi bolsillo fue tan contundente que me prometí leer completo el libro de Leiris (1901-1990), a quien no conocía. Supe por la contratapa que el francés, además de escritor surrealista, compañero de Georges Bataille y amigo de Picasso y Francis Bacon, fue antropólogo y etnógrafo.
Su libro es de difícil clasificación. Son imágenes autobiográficas en las que el escritor se desnuda ante el lector, revelando los más oscuros abismos de su alma. La suya es una prosa deliberadamente escueta y fría, de la frialdad de los espejos. Pienso de inmediato en el “Arte poética” de Borges: “El arte debe ser como ese espejo/que nos refleja nuestra propia cara”.
Es por esta condición de la obra de Leiris que en su texto inicial aborda el tema de la tauromaquia: “[…] soñaba con el cuerno de un toro. No podía resignarme a ser sólo un literato. El matador que aprovecha el peligro que corre para ser más brillante que nunca y muestra toda la calidad de su estilo en el momento en que está más amenazado: eso es lo que me maravillaba, eso es lo que quería ser” (p. 12).
La escritura autobiográfica de Leiris asume el tinte doloroso y trascendente de la confesión. Sus únicas pretensiones estéticas son las que se desprenden de la plasmación de la verdad propia. Leiris reconoce que en ningún caso el artista se enfrentará a un peligro real de muerte, que es en cambio constante para el torero. Sin embargo, sus intenciones son equivalentes a las de la tauromaquia: “¿Puede el hecho de escribir acarrear, para el que hace de ello una profesión, un peligro que, sin ser mortal, sea al menos verdadero?” (p. 13).
En Edad de hombre, Leiris se hunde en sí mismo para extrañarse en el papel sin florituras. Plasma sus sueños recurrentes, sus recuerdos de infancia, sus gustos y disgustos, sus recónditas obsesiones y sus inconfesables aficiones y terrores, confesados allí en lo que merecería el nombre de una literatura  “comprometida” única y exclusivamente con su verdad individual.
El reto de Leiris es el de una escritura auténtica, así como es auténtica la tauromaquia pues exige seguir una regla, en especial al entrar a matar. No es gratuito pues, en este contexto, que el último tercio sea también conocido como “la hora de la verdad”. Edad de hombre acata la regla fundamental de decir toda la verdad y así se convierte en una literatura arriesgada, de la misma forma en que la regla de la tauromaquia implica, ante todo, riesgo: “dar la estocada en las condiciones requeridas implica […] que [el matador] pone su cuerpo, durante un tiempo considerable, al alcance de los cuernos; existe, pues, allí una estrecha relación entre la obediencia a la regla y el peligro corrido” (ps. 16-17).
Al sentir de Leiris, la literatura es una forma de tauromaquia cuando nos enfrentamos a nosotros mismos y al mundo en busca de una verdad, armados con el estoque de las palabras.

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