jueves, 18 de julio de 2013

Acerca de Tauroética (II): De Petro a Savater

Hace poco conocí, gracias a dos de mis estudiantes, un vídeo del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, que me impactó por su grandilocuencia y sus falacias argumentativas. Dejo el vínculo aquí, a manera de ilustración. (http://www.youtube.com/watch?v=m1n-VNd08DM).
Caricatura de Germán Robayo tomada de eltiempo.com
(Galería de fotos Bogota 4) 
En la primera parte de su intervención, se oyen palabras como “masacres”, “fosas comunes” y “descuartizamientos”. Más adelante, tilda a los asistentes a la plaza de toros bogotana de auspiciadores del narcotráfico y, además, de sádicos e inmorales: “Y unas personas que disfrutaban de eso, no solamente de la muerte del animal, de la tortura, sino de ese tipo de dineros que financiaban la destrucción no solamente de toros sino de seres humanos, de este Auschwitz...”
Ante la pregunta del periodista, el orgulloso alcalde dice que cerrar la plaza de Santamaría para festejos taurinos equivale al “final del Auschwitz colombiano”. Y equipara su decisión a la toma de la Bastilla: “Aquí abrimos otro siglo de las luces: el siglo del siglo XXI” (sic).
Recordé el vídeo de Petro cuando preparaba algunas anotaciones sobre la segunda parte del libro Tauroética (Bogotá, Ariel Planeta, 2013), de Fernando Savater.
Uno tiene que ser muy romo mental o muy malintencionado para poner al mismo nivel los acontecimientos de una plaza de toros y los de un campo de concentración. Obviamente, lo de Petro es mala intención, cuyo objetivo es ganar popularidad. Como afirma Savater, sólo los extremistas radicales equiparan la muerte de un ser humano con la de un toro. Esto sí es una barbarie, como la de quienes se alegran por el percance grave o la cornada tremenda.
En su apartado “Pregón taurino”, Savater indica que la palabra crueldad proviene de la raíz latina cruor, que de una parte significa el fluir público de sangre, pero que también da origen al término crudo. Quienes vamos a los toros aceptaríamos que desde cierta óptica pueda considerarse un acto cruel, pero creeríamos que se acerca más a la crudeza de una realidad de combate entre un hombre y un animal, no en igualdad, pero sí en equivalencia de condiciones.
Nadie va a una plaza de toros para ver sufrir al toro. Va para ver una lucha, un combate regido por códigos de honor y normativas estrictas que lo convierten en celebración simbólica. Por eso concluye Savater en su apartado “Rebelión en la granja” que: “Reconocemos que en los mataderos […] los bichos no la pasan nada bien, pero se arguye que en tales lugares no se venden entradas para el espectáculo. Sin embargo, el argumento se vuelve contra lo que intenta demostrar, pues si fuera verdad que los espectadores disfrutan con el sufrimiento animal frecuentarían esos dignos establecimientos en lugar de las plazas de toros” (p. 81) (este y los demás resaltados son míos).

Portada de la edición española de Tauroética tomada de mitaurored.com
Es casi imposible conciliar antagonismos como el de quien ama la fiesta de los toros y el que la aborrece. Pero que los detractores, más aún si ejercen poder, crean que su sensibilidad debe ser obligatoria es una imposición petulante, por decir lo menos. Así lo afirma Savater al cierre de su apartado “Toro o nada”: “La asistencia a las corridas de todos es voluntaria y el aprecio que merecen, optativo [...]. Comprendo perfectamente que haya quienes sientan rechazo o disgusto ante ellas, […]. Pero que eso faculte a las autoridades de ningún sitio para decidir desde la prepotencia moral institucionalizada si son compatibles o no con nuestra ciudadanía resulta un abuso arrogante” (p. 75-76).                       
Esta es, en mi opinión, la contribución más importante del libro de Savater: rechazar la visión antitaurina de declarar la tauromaquia irreversiblemente inmoral desde un punto de vista cívico. Según esta lógica, quienes desaprueban las corridas de toros son verdaderos ciudadanos, gente moralmente aceptable, mientras que quienes las consideramos parte de nuestra identidad somos ciudadanos de segundo orden, despreciables, espectadores de un Auschwitz, como nos llama Petro.
Continúa Savater: “El rechazo de festejos como las corridas de toros es la opción moral respetable de una sensibilidad personal ante una demostración simbólica de raigambre atávica y desmesurada según los parámetros racionalistas comúnmente vigentes. Pero no puede fundar a mi juicio una moral única, institucionalmente obligatoria para todos” (p. 54).
Poco más adelante el autor español hace un planteamiento que bien podría enviársele al alcalde bogotano, en el remotísimo caso de que quisiera oír consideraciones distintas de las suyas, tan políticamente correctas: “No cabe reprochar a los antitaurinos su actitud personal, pero sí el exceso de buena conciencia que les lleva a pedir prohibiciones absolutas: yo les aconsejaría menos arrogancia y más sustancia, porque sus argumentaciones estrictamente morales dejan bastante que desear” (p. 56).

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