lunes, 1 de julio de 2013

Michel Leiris y los toros

Edad de hombre de Michel Leiris (1901-1990), cuya primera edición de Gallimard se publicó en 1939, es un collage de imágenes autobiográficas que gira alrededor de dos historias, plasmadas en sendas obras del alemán Lucas Cranach “El Viejo” (1472-1553).
The Suicide of Lucretia
www.lucascranach.org
La primera es la de la Lucrecia, célebre por propiciar la caída de los Tarquinios tras la violación que sufre por Sexto Tarquinio, la delación de tal vejamen y su posterior suicidio. La segunda es la de Judith quien, tras conocer del interés hacia ella del invasor general babilonio Holofernes, acepta sus galanteos, accede a su tienda, lo embriaga y, finalmente, lo decapita, ocasionando con ello la victoria de Israel. Para el lector desprevenido, el libro de Leiris es un conflicto pues el autor desnuda allí su alma, revelando sus pasiones y sus más oscuras obsesiones.
Además de su ya comentado texto “De la literatura considerada como una tauromaquia”, en Edad de hombre Leiris dedica unas pocas páginas a hablar de tauromaquia. Dice (p. 67) que hasta entonces (1935) sólo había asistido a seis corridas. La valoración que hace de ellas no es muy favorable, lo cual parecería concederle el título de aficionado, pues quienes así se autodenominan son en exceso críticos, aplastantes.   
Judith and Holofernes
www.jahsonic.tumblr.com
Sinceramente no creo que Leiris fuera un aficionado a los toros; en cambio, en sus páginas se respira la fascinación que le produce la tauromaquia. La suya es una interpretación desde la óptica del drama erótico, lo cual no es nuevo: se remonta a los tiempos del toro nupcial (véase, p. e., “La carne del toro I”, en el interesante blog www.losmitosdeltoro.com) y va hasta, por lo menos, la película “Matador” (1986), de Pedro Almodóvar.
Como ya vimos, una lectura antropológica de las corridas de toros como la del inglés J. Pitt-Rivers (2012) indica que en una faena hombre y toro intercambian roles sexuales. En el capote, el hombre asume la función femenina de seducción y el toro la de agente masculino, indómito; en cambio, en la muleta el torero asume su masculinidad, dominante y penetradora en la suerte de entrar a matar. Así, “Los momentos en que se hace presente lo divino […] son aquéllos en los que el torero llega a jugar con la muerte, a no escapar de ella sino de milagro, a seducirla” (p. 64) (el subrayado es mío).
El componente dramático lo describe así: “[…] mucho más que en el teatro […], tengo la impresión de asistir a algo real: una muerte, un sacrificio, más válido que cualquier otro propiamente religioso, porque en este caso el oficiante está constantemente amenazado de muerte, y de una muerte material, no de una muerte mágica, es decir, ficticia […]” (p. 64).
Leiris ve la corrida como un drama mítico cuyo tema es el de la bestia domada y luego matada por el héroe en quien se encarna el público de los tendidos para, gracias a la mediación heroica, alcanzar una inmortalidad que pende del hilo de la seducción (p. 64).
La muerte de la bestia, según unas reglas particulares, es un evento trascendente basado “[…] en el hecho de que entre el matador y su toro (el animal envuelto en el capote que le engaña, el hombre envuelto en el toro, que da vueltas a su alrededor) hay unión al mismo tiempo que combate, lo mismo que en el amor o en las ceremonias de sacrificio, en las que existe un contacto estrecho con la víctima, fusión de oficiantes y asistentes alrededor de ese animal que será el embajador de todos ante las potencias del más allá, y —con mucha frecuencia— absorción incluso de su sustancia mediante el consumo de la carne muerta” (p. 65) (el subrayado es mío).
De allí la contundencia de la conclusión de Leiris en relación con las corridas de toros: “Lo esencial no es el espectáculo sino el elemento de sacrificio, los gestos estrictos llevados a cabo a dos dedos de la muerte y para dar muerte” (p. 69).

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