lunes, 18 de noviembre de 2013

"La ruta del toro" aviva mi afición

Otra vez, gracias a la labor del exbanderillero Juan Carlos González  El Topo y su quijotesco proyecto “La ruta del toro”, una treintena de aficionados disfrutamos de un día taurino en la ganadería Garzón Hermanos, en las goteras de Ubaté, Cundinamarca.
Recordatorio del debut de Garzón Hermanos en Bogotá
Foto: Diana R. Reina G
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Tras poco más de una hora desde la aporreada plaza de Santamaría (¡qué tristeza!), llegamos a una de las fincas de los hermanos Garzón, a eso de las 10 a.m. La bienvenida del mayoral nos indicaba que el recorrido por los potreros empezaría pronto. Y así fue.
Visitamos primero una punta de vacas con sus crías y su correspondiente semental, casi todas en la línea Núñez. Juan, el mayoral, fue explicándonos por qué una ganadería que había empezado en 1974 con el encaste Santa Coloma poco a poco fue cambiando de sangre. El Santa Coloma exige mucho de los toreros. Cuando se le hacen las cosas con poco criterio, estos toros suelen cobrar un precio alto. En cambio, los de procedencia Núñez son más nobles y considerados. Por lo tanto, son altamente apreciados por el torero de hoy, más pinturero y “artista” que el de antaño, más lidiador.
El semental de la primera punta de vacas
Foto: Diana R. Reina G.
Los hermanos Garzón tienen en esta finca los sementales, las vacas y las crías menores. Los machos son trasladados a la hacienda principal cuando son añojos (un año de edad), para el destete definitivo y su etapa de juventud. Luego de un par de años, regresan a estos terrenos para su preparación física y alimenticia final, previa a la compra de los encierros para plazas de segunda y tercera categorías.
Al momento de visitar los doce toretes de entre 3 años y 3 años y medio (8 en el primer lote, tres castaños y cinco negros, y otros cuatro negros en el segundo lote) se nos sumaron los matadores de toros Germán Páez, Juanito Ortiz y Manuel Libardo.  Los tres, muy cordiales y atentos a nuestras preguntas. Los dos primeros, y el mayoral, nos explicaron el cuidado que necesitan estas reses, así como las características del comportamiento de estos toros y el manejo que requieren antes de la lidia. Algo que me llamó la atención fue el uso de toros mansos “campaneros” en cada uno de los lotes, encargados de conducir a los bravos cuando hay que cambiarlos de potrero, por ejemplo.
El primer lote de ocho toros con su "campanero"
Foto: Diana R. Reina G
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Al almuerzo se nos unió don Jorge Garzón, uno de los ganaderos. Muy amablemente accedió a participar en un improvisado conversatorio con los participantes, que se llevó a cabo en el corral de herraje de las reses. El tema giró en torno de cómo deberíamos actuar los aficionados ante el embate antitaurino. La conclusión que me quedó a mí fue que los aficionados taurinos debemos dejar de sentir vergüenza por nuestra afición y debemos divulgar por qué somos aficionados a los toros (lo cual implica informarnos bien). Sólo con la divulgación y la invitación a asistir a este tipo de eventos desconstruiremos la enorme cantidad de prejuicios que existen entre las personas indiferentes ante el mundo del toro bravo y también, por qué no, ante quienes la rechazan, sin conocerla. Quedó la propuesta de comprometernos para que en la próxima visita que planee “La ruta del toro”, quienes asistimos hoy invitemos por lo menos a una persona, ojalá indiferente o contraria a la fiesta, para que nos acompañe.
Perdiendo el miedo alalimón con Juanito Ortiz
Foto: Diana R. Reina G.
Hacia las 2:30 p.m., bajo un sol sabanero de corte traicionero, comenzó un taller didáctico a cargo de los tres matadores. Primero, con cuatro vaquillas tentadas hace poco, con las que los aficionados prácticos, gracias al apoyo de los matadores, pudieron ir ubicándose en el ruedo y canalizar el miedo “adrenalínico” e ir ganando confianza para afianzarse cada vez más.
Para el remate, gracias a la deferencia de don Jorge, se apartaron dos vaquillas “limpias”, es decir, sin haberse toreado jamás, que fueron recibidas por los tres matadores presentes y luego, bajo su cuidadosa labor didáctica, ser probadas por quienes se arriesgaron a la tarea.
Aprendiendo bajo la mirada de Manuel Libardo
Foto: Diana R. Reina G.
Nos emocionamos, quienes estuvieron en el ruedo, sobre todo, pero también quienes no nos atrevimos a estarlo. Vimos las condiciones de las reses, las apreciamos y aplaudimos a los valientes aficionados prácticos que se aporrearon (algunos), que se apartaron (otros) y que confirmaron que vale la pena ponerse delante de una vaquilla. La próxima vez que vayan a una plaza de toros, serán mucho más comprensivos, estoy seguro.
La mayoría del grupo visitante
Foto: Diana R. Reina G.
Hacia las 4:30 p.m., cuando se devolvió la última vaquilla limpia, empezaron a caer goterones. Refrescantes, la verdad, luego de semejante sol fueguino. Nos despedimos. La mayoría volvimos en el bus de “La ruta del toro”. Uno, muy emocionado, decía: “Estoy feliz. Le di doce pases a una vaquilla”. Está planeando comprar sus trastos de torero. Enhorabuena.
Yo, que no me metí a intentar torear, también estoy feliz. “La ruta del toro” aviva mi afición.

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