domingo, 29 de diciembre de 2013

Lo demás languidece

José María Manzanares en Cali (Fotos: Diana R. Reina G.)
Todo lo demás languidece: la seria faena de David Fandila a “Balsero” (486 K), que debió valerle una oreja y que luego le concedieron en el cuarto; la rápida actuación de Luis Bolívar con su lote; los dos derechazos planchados de Manzanares a “Encimismado” (sic) (478 K), un toro sin tranco ni recorrido.
Todo lo demás va a esconderse en un rincón de la memoria: el lleno en Cañaveralejo y la seriedad que ha ganado su público; la fuerte bronca a la presidencia por negarle la oreja
Verónica de Manzanares
a El Fandi en su primero; el frío refrescante del jerez durante la tarde en la fila 3 del tendido 8; la poca fuerza del encierro de Las Ventas del Espíritu Santo.
Todo lo demás languidece, incluso la certidumbre de las palabras, pues esos quince minutos del toreo deslumbrante de José María Manzanares al buen quinto de la tarde se entronizan en la mente. Se posesionan, dictadores, en el recuerdo. Lo invaden todo de lentitud y señorío. Ese toreo de compás, sin florituras ni aspavientos, hizo ver muy bien a “Pamplonica” (No. 911, de 468 K, negro veleto), que se enamoró como todos desde el inicio de la faena, en esas dos verónicas sin enmendar, despaciosas y serias. Luego, se fue creciendo de emoción, como todos, en esos cuatro derechazos indispensables, plagados de despaciosidad y de hermosura y en aquellos seis naturales de lujo.
Natural de José María Manzanares
La emoción en los tendidos era liviana, como la faena misma, llena de silencio y de viento, con sólo las miradas brillantes entre unos y otros, asombradas de belleza por ese toreo vertical, pletórico de seriedad y de lentitud que terminó de cuajar en dos redondos invertidos y ese cambio de mano mandón.
Cuadró el toro Manzanares y lo mató como merecen los toros bravos: de un estoconazo con todas las de la ley, limpio y cierto como una dura verdad. “Pamplonica” se derrumbó en el tercio. Y le cortaron las dos orejas. Y le dieron una vuelta al ruedo para que su bravura recibiera los aplausos. Y Manzanares dio la suya tranquilo, seguro de sí mismo, cuajado de torería.

El toro se derrumba 
Mientras tanto, todo lo demás languidecía, y se hacía viento y humo y nada.

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