lunes, 12 de enero de 2015

Julián López y El Juli

El paseíllo de una tarde para el recuerdo (Fotos: Diana R. Reina G.)
En el pasillo del avión que salió de Pereira rumbo a Bogotá a las 10:15 p.m. el domingo 11 de enero de 2015, era ya un ser humano común y corriente. De complexión menuda en sus 1,70 m. de estatura; pelo rubio en fase castaña; el rostro treintañero, cansado pero tranquilo, cordial con los aficionados, sus peticiones y enhorabuenas; el espíritu sereno y algo tímido; camisa rosa, chaqueta verde de dril, jeans y zapatos de cuero marrón. Alcanzó a dormir un poco durante el vuelo.
Cuatro horas antes, a las 6:15 p.m., en la plaza de toros de Manizales, ese hombre daba la segunda vuelta al ruedo, en hombros de un monosabio que bailó en el centro del ruedo al son de las notas de “Feria de Manizales”, feliz como el artista que llevaba encima, ante un público radiante que aplaudía hasta el entumecimiento de las manos.
Durante los treinta minutos que duró la faena, ese hombre del pasillo del avión fue otro, aunque con el mismo nombre: un ser en éxtasis que levitaba diez centímetros de la arena, ebrio de torería y de arte. Julián López, El Juli.
Hermoso de Mendoza montando a "Disparate"
Su alternante, Pablo Hermoso de Mendoza, estuvo delante de sus tres toros de este buen encierro de Ernesto Gutiérrez. Se fue en blanco. Su lote fue incierto, sí; pero su actuación no llegó a los tendidos. Se destaca “Disparate”, un caballo potente, puro desafío y aguante en las suertes, con brío y temple en los tercios.
El toro humilla en los vuelos del capote
El Juli fue creciendo con la tarde, hasta hacerse inmenso, inconmensurable. Con “Micolembo” (474K) tuvo momentos profundos, pero falló con la espada. Saludó desde el tercio. Vino “Pajarito” (448K, negro cornidelantero, bizco del pitón izquierdo), de comportamiento altisonante. A veces tuvo codicia, recorrido y repetición; otras lució aburrido; luego volvió a alegrarse, quizás por ese toreo de pie inmóvil y brazo largo de El Juli, que mató de entera trasera y desprendida. Le dieron las dos orejas y “Pajarito” oyó los aplausos del público desde la dignidad de su muerte.
En sexto lugar salió “Escritor” (446K). Prometía ser un gran toro bravo, pero se malogró la mano izquierda luego del tercio de banderillas. El Juli indicó a la presidencia que regalaba un séptimo. Habló el presidente del festejo, quien gusta del micrófono. Dijo unas cuantas cosas sin sentido, contradictorias; tontainas politiqueras de balcón.
Entonces, apareció en el ruedo el último de la temporada: “Flamenco” (No. 391, de 488K, negro meano y bragado, acapachado de cuerna). Pronto mostró muy poca fuerza y por eso El Juli se dedicó a consentirlo. Tan solo dos verónicas de recibo; una vara que apenas partió el cuero; la brega mimosa y un avaro segundo tercio; brindis al presidente de la empresa. Después, todo fue belleza.
Uno de los hondos naturales
No los anoté todos. Me fue imposible. Pero consigné en mi libreta 77 pases. ¡Setenta y siete! Todos en los medios. Digamos que se me escaparon 20 o 25. Así que esta faena, guardada ya en el cofre más preciado del recuerdo, debió sobrepasar el centenar de pases.
Aquellas dos primeras tandas de derechazos planchados, con la pierna derecha que era la aguja de ese compás que dibujó geometría pura en el centro de la plaza. Un forzado de pecho que sacó al toro por el hombro correspondiente, lento y firme como un buque de gran calado. Esas dos tandas de naturales que desde la preparación ya eran profundidad sin fin. Todo sin esos exagerados quiebres de cintura que habían caracterizado su toreo El Juli en otras temporadas. Aquí, el cuerpo vertical y elástico que traza otros seis derechazos perezosos de largura y esa tanda de nueve naturales (otros contaron once), ligados y serios y exquisitos.
Sonó el pasodoble “Feria de Manizales” y los tendidos se pusieron en pie para aclamar lo inolvidable. “Flamenco” no se cansaba de demostrar su embestida pronta, repetida y larga; la cabeza baja y noble al tomar el engaño. Estaba feliz de que lo torearan tan bien.
Crecía la petición de indulto cuando el toro hizo un primer gesto negativo: quiso irse hacia las tablas. El Juli lo empujó a los medios y le dio no sé cuántos pases más. Y otra vez el toro pidió las tablas. Y de nuevo el brazo mandón que le decía “No te vayas, ‘Flamenco’. Mira que vamos a triunfar”.
Torero y ganaderos en la vuelta al ruedo triunfal
Vinieron los redondos invertidos; los cambios de mano que fueron un deleite en su composición; los trincherazos tan elegantes que habrían podido asistir a un banquete. Entonces, como Pedro, “Flamenco” quiso negar por tercera vez su bravura. Pero El Juli volvió a taparle el defecto con más pases por ambos pitones, hasta que la presidencia cedió al clamor del público.
El Juli siguió toreando a “Flamenco” y “Flamenco” siguió embistiendo hasta la boca de toriles, cuando el túnel lo absorbió de vuelta a los chiqueros. El matador se elevaba, empujado por los aires de su torería, mientras en el tendido la gente brindaba, se abrazaba y se besaba, erizada de emoción.
Habíamos asistido a una ceremonia efímera, eterna en la memoria. La ofició ese ser en éxtasis que levitó diez centímetros de la arena por cerca de treinta minutos al caer la tarde del domingo 11 de enero de 2015 en Manizales. Ese mismo hombre común y corriente, entrando en sus treinta, tímido y sereno, que tomó el avión de Avianca desde Pereira a las 10:15 p.m. rumbo a Bogotá.
Sentado en la silla 23D, abrochó su cinturón y dejó que lo elevaran por los aires durante media hora. Cuatro horas antes, habíamos asistido a su toreo y su arte, hechos de viento y de vuelo, gracias al toro “Flamenco”. Ese hombre común y corriente, Julián López, había sido El Juli, un ser en éxtasis de arte y torería.



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